Proverbios
Un viejo proverbio enseña que mejor que dar
pescado es enseñar a pescar.
El obispo Pedro
Casaldáliga, que no nació en América pero la conoce por
dentro, dice que sí, que eso está muy bien, muy buena idea,
pero ¿qué pasa si nos envenenan el río? ¿O si alguien compra
el río, que era de todos, y nos prohíbe pescar? O sea: ¿qué
pasa si pasa lo que está pasando?
La educación no
alcanza.
Armada mía
Juan Antonio Medina estaba sentado
en su casa, viendo televisión.
La publicidad no le había
merecido nunca una opinión muy favorable que digamos; pero
escuchó un anuncio que se abría con una frase que no estaba
nada mal:
—Mujer amada es mujer segura.
Las imágenes que
seguían eran revólveres y pistolas de menudo tamaño, dagas de
resorte, pulverizadores que dejaban al enemigo frito en el
suelo y otros adminículos portátiles, de tamaño adecuado para
la cartera de la dama en tiempos difíciles.
Entonces, Juan
Antonio se dio cuenta de que había escuchado mal. El anuncio
había dicho:
—Mujer armada es mujer segura.
La comunidad internacional
El pollo, el pato, el pavo, el faisán, la
codorniz y la perdiz fueron convocados y viajaron hasta la
cumbre.
El cocinero del rey les dio la bienvenida:
—Os
he llamado –explicó– para que me digáis con qué salsa queréis
ser comidos.
Una de las aves se atrevió a decir:
—Yo no
quiero ser comida de ninguna manera.
Y el cocinero puso las
cosas en su lugar:
—Eso está fuera de la cuestión.
El experto internacional
Escuché esta historia en diversos
lugares, atribuida a diferentes personas, por lo que sospecho
que cualquier parecido con la realidad ha de ser mera
coincidencia.
He aquí la versión que recibí en la
Dominicana.
Piaban los niños y los pollitos alrededor de
doña María de las Mercedes, que cloqueando arrojaba granos de
maíz a sus gallinas. En eso estaba ella, aquel día como todos
los días, cuando un automóvil emergió, resplandeciente, desde
una nube de polvo en el camino que venía de Santo
Domingo.
Un señor de traje y corbata, maletín en mano, le
preguntó:
—Si yo le digo, exactamente, cuántas gallinas
tiene, ¿usted me da una?
Ella hizo una mueca.
Y acto
seguido él encendió su computadora Pentium IV de 1.5 gb,
activó el gps, se conectó por teléfono celular con el sistema
de fotos satelitales y puso en funcionamiento el contador de
pixels:
—Usted tiene ciento treinta y dos gallinas.
Y
atrapó una y la apretó entre los brazos.
Entonces, doña
María de las Mercedes Holmes le preguntó:
—Si yo le digo en
qué trabaja usted, ¿me devuelve la gallina?
Él hizo una
mueca. Y ella dijo:—Usted es un experto de una organización
internacional.
Recuperó su gallina y explicó que era fácil,
cualquiera se daba cuenta:
—Usted vino sin que nadie lo
llamara, se metió en mi gallinero sin pedir permiso, me dijo
algo que yo ya sabía y me cobró por eso.
Costumbres
Un candidato de las fuerzas de izquierda llegó al pueblo de San
Ignacio, en Honduras, durante la campaña electoral de
1997.
El orador trepó a la escalera que hacía las veces de
estrado y ante el escaso público proclamó que la izquierda no
soborna al pueblo, no vende favores a cambio de
votos:
—¡Nosotros no damos comida! ¡No damos empleos! ¡No
damos dinero!
—¿Y qué mierda dan, entonces? –preguntó un
borrachito, recién despertado de su siesta bajo un árbol de la
plaza.
Tradiciones
La palabra y el acto no se habían
encontrado nunca.
Cuando la palabra decía sí, el acto hacía
no.
Cuando la palabra decía no, el acto hacía sí.
Cuando
la palabra decía más o menos, el acto hacía menos o más.
Un
día, la palabra y el acto se cruzaron en la calle.
Como no
se conocían, no se reconocieron.
Como no se reconocieron,
no se saludaron.
Rumbos
Andaba yo perdido en las calles
de Cádiz, por obra y gracia de mi agudo sentido de la
desorientación, cuando un buen hombre me salvó.
Él me
indicó cómo llegar al mercado viejo, y a cualquier otro
destino en los caminos del mundo:
—Tú haz lo que la calle
te diga.