Eduardo Galeano - rodelu.net
14 de diciembre de 2005

La Nación de Chile - 14 de diciembre de 2005

Envenado:

El desierto

Eduardo Galeano
Cuando el mundo estaba empezando a ser mundo, Tunupa, la montaña, perdió a su hijo, y ella vengó su muerte regando sobre la tierra la leche agria de sus pechos. La estepa andina, inundada, se convirtió en un infinito desierto de sal.

El Salar de Uyuni, nacido de aquel rencor, traga a los caminantes; pero Román Morales se lanzó a atravesarlo, desde las orillas donde las llamas y las vicuñas detienen su paso.

A poco andar perdió de vista las últimas señales del mundo.

Pasaron las horas, los días, las noches, mientras crujían los cristales de sal bajo sus botas.

Quería volver, pero no sabía cómo, y quería seguir, pero no sabía adónde. Por mucho que se restregara los ojos, no conseguía encontrar ningún horizonte. Ciego de luz blanca, nada del fulgor de la sal.

Cada paso dolía.

Román había perdido la cuenta del tiempo.

Varias veces se desplomó. Y varias veces fue despertando a patadas por el hielo de la noche o por el fuego del día, y se alzó y siguió caminado, con piernas que no eran sus piernas.

Cuando lo encontraron, tumbado cerca de la aldea de Altucha, hacía rato que la sal había devorado sus botas a mordiscones y no quedaba ni una gota de agua en las cantimploras.

Resucitó de a poco. Y cuando se convenció de que no estaba en el cielo, ni en el infierno, Román se preguntó:

¿Quién habrá cruzado ese desierto?


EL GINKGO

Es el más antiguo de los árboles. Está en el mundo desde la época de los dinosaurios.

Dicen que sus hojas evitan el asma, calman el dolor de cabeza y alivian los achaques de la vejez.

También dicen que el gikgo es el mejor remedio para la mala memoria. Eso sí que está probado. Cuando la bomba atómica convirtió a la ciudad de Hiroshima en un desierto de negrura, un viejo gikgo cayó fulminado cerca del centro de la explosión. El árbol quedó tan calcinado como el templo budista que el árbol protegía. Tres años después, alguien descubrió que una lucecita verde asomaba en el carbón. El tronco muerto había dado un brote. El árbol renació, abrió sus brazos, floreció.

Ese sobreviviente de la matanza sigue estando ahí.

Para que se sepa.


MANOSANTA

El doctor no tenía secretaria, y creo que ni teléfono tenía. El consultorio, sin música funcional, ni alfombra, ni reproducciones de Gauguin en las paredes, no tenía más que una camilla, dos sillas, una mesa y un diploma de la Facultad de Medicina.

Él supo ser el sanador más milagroso del barrio de la Boca. Este científico curaba sin pastillas, ni hierbas, ni nada. Vestido de entrecasa, empezaba por preguntar:

-Y usted, ¿qué enfermedad quiere tener?

Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)

 
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