uando el mundo estaba empezando a ser mundo, Tunupa, la montaña,
perdió a su hijo, y ella vengó su muerte regando sobre la tierra la
leche agria de sus pechos. La estepa andina, inundada, se convirtió
en un infinito desierto de sal.
El Salar de Uyuni, nacido de aquel rencor, traga a los
caminantes; pero Román Morales se lanzó a atravesarlo, desde las
orillas donde las llamas y las vicuñas detienen su paso.
A poco andar perdió de vista las últimas señales del mundo.
Pasaron las horas, los días, las noches, mientras crujían los
cristales de sal bajo sus botas.
Quería volver, pero no sabía cómo, y quería seguir, pero no sabía
adónde. Por mucho que se restregara los ojos, no conseguía encontrar
ningún horizonte. Ciego de luz blanca, nada del fulgor de la sal.
Cada paso dolía.
Román había perdido la cuenta del tiempo.
Varias veces se desplomó. Y varias veces fue despertando a
patadas por el hielo de la noche o por el fuego del día, y se alzó y
siguió caminado, con piernas que no eran sus piernas.
Cuando lo encontraron, tumbado cerca de la aldea de Altucha,
hacía rato que la sal había devorado sus botas a mordiscones y no
quedaba ni una gota de agua en las cantimploras.
Resucitó de a poco. Y cuando se convenció de que no estaba en el
cielo, ni en el infierno, Román se preguntó:
¿Quién habrá cruzado ese desierto?
EL GINKGO
Es el más antiguo de los árboles. Está en el mundo desde la época
de los dinosaurios.
Dicen que sus hojas evitan el asma, calman el dolor de cabeza y
alivian los achaques de la vejez.
También dicen que el gikgo es el mejor remedio para la mala
memoria. Eso sí que está probado. Cuando la bomba atómica convirtió
a la ciudad de Hiroshima en un desierto de negrura, un viejo gikgo
cayó fulminado cerca del centro de la explosión. El árbol quedó tan
calcinado como el templo budista que el árbol protegía. Tres años
después, alguien descubrió que una lucecita verde asomaba en el
carbón. El tronco muerto había dado un brote. El árbol renació,
abrió sus brazos, floreció.
Ese sobreviviente de la matanza sigue estando ahí.
Para que se sepa.
MANOSANTA
El doctor no tenía secretaria, y creo que ni teléfono tenía. El
consultorio, sin música funcional, ni alfombra, ni reproducciones de
Gauguin en las paredes, no tenía más que una camilla, dos sillas,
una mesa y un diploma de la Facultad de Medicina.
Él supo ser el sanador más milagroso del barrio de la Boca. Este
científico curaba sin pastillas, ni hierbas, ni nada. Vestido de
entrecasa, empezaba por preguntar:
-Y usted, ¿qué enfermedad quiere tener?
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)