o lloraba evocando su infancia desvalida, no besaba a los niños,
no firmaba autógrafos ni se fotografiaba junto a los inválidos. No
prometía nada. No infligía interminables discursos a los electores.
No tenía ideas de izquierda, ni de derecha, pero tampoco de centro.
Era insobornable, despreciaba el dinero, aunque se relamía
notoriamente ante los ramos de flores.
En las elecciones de 1996, encabezaba las encuestas. Era el
candidato favorito a la alcaldía del pueblo de Pilar, y su fama
creía en todo el nordeste del Brasil. La gente, harta de los
políticos que mienten hasta cuando dicen la verdad, confiaba en este
joven bóvido artiodáctilo, vulgarmente llamado chivo, de color
blanco y barba al tono. En sus actos públicos, Federico bailaba,
erguido en dos patas, y hacía convincentes cabriolas al ritmo de la
banda que lo acompañaba por los barrios.
En vísperas de su victoria, amaneció muerto. Tenía la sangre roja
de sangre seca. Había sido envenenado.
EL VOTO Y EL VETO
Corría el año 1916, año de las elecciones en la Argentina.
En el pueblo de Campana, se votaba en la trastienda del almacén
de ramos generales.
José Gelman, de profesión carpintero, fue el primero en llegar.
Iba a votar por primera vez en la vida, y el deber cívico le
hinchaba el pecho. Aquella mañana iba a ingresar en la democracia
este inmigrante venido del otro lado del mundo, que no había
conocido nada más que el despotismo militar de la lejana Ucrania.
Cuando José estaba metiendo su voto en la urna, voto por el
Partido Radical, una voz ronca le paralizó la mano:
-Te estás equivocando de montón- advirtió la voz.
Por entre las rejas de la ventana, asomó el caño de una escopeta.
El caño apuntó al montón correcto, donde estaban las listas del
Partido Conservador.
LA CARGA DEL HOMBRE BLANCO
El capitán León Rom coleccionaba mariposas y cabezas humanas. A
las mariposas las clavaba en la pared. Las cabezas decoraban su
jardín. Otro oficial de la tropa colonial, Guillaume Van Kerckhoven,
competía con él y decía ser el mayor experto en decapitaciones.
El Congo, cien veces mayor que Bélgica, era propiedad personal
del rey Leopoldo: una fuente prodigiosa de caucho y marfil, un
inmenso paisaje de esclavos encadenados, azotados, mutilados,
asesinados.
En el año 1900, el diplomático inglés Roger Casement fue invitado
a comer en el Palacio Real de Bruselas. Entre plato y plato, el rey
Leopoldo habló de las dificultades tremendas que su misión
civilizadora encontraba a cada paso. Era una hazaña imponer la
disciplina laboral a una raza inferior, que ignoraba la cultura del
trabajo, bajo aquel sol africano que derretía las piedras.
El rey reconoció que a veces sus hombres, hombres de buena
voluntad, cometían abusos. Era culpa del clima:
-El calor, intolerable, los enloquece.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)