Eduardo Galeano - rodelu.net
7 de enero de 2006

La Nación de Chile - 4 de enero de 2006

Envenado:

La televisión

Eduardo Galeano
A fines del año 1999, el Presidente del Uruguay inauguró una escuela en la zona de Pinar Norte.

Por tratarse de un barrio de gente pobre y trabajadora, el Primer Mandatario quiso enaltecer con su presencia este acto cívico.

El Presidente llegó desde el cielo. Vino en helicóptero, acompañado por las cámaras de televisión.

En su discurso, rindió homenaje a los niños de la patria, que constituyen nuestro capital más valioso, y exaltó la importancia de la educación, que es la más rentable inversión en este mundo tan competitivo. A continuación, se entonó el himno nacional y se lanzaron al aire globos de colores.

Entonces, en el momento culminante de la ceremonia, el Presidente regaló un juguete a cada uno de los alumnos.

La televisión transmitió en directo.

Cuando las cámaras terminaron su trabajo, el Presidente regresó al cielo. Y las autoridades de la escuela procedieron a recuperar los juguetes repartidos. No fue fácil arrancarlos de las manos de los niños.


INSTRUCCIONES PARA LEER EL DIARIO

El general mexicano Francisco Serrano fumaba y leía, hundido en un sillón del casino militar de Sonora.

El general leía el diario. El diario estaba cabeza abajo.

El Presidente, Álvaro Obregón, quiso saber:

-¿Usted siempre lee el diario al revés?

El general asintió.

-¿Y se puede saber por qué?

-Por experiencia, Presidente, por experiencia.


EL PRECIO DEL ARTE

Europa había tenido la gentileza de civilizar el África negra. Le había roto el mapa y se había tragado sus pedazos; le había robado el oro, el marfil y los diamantes; le había arrancado a sus hijos más fuertes y los había vendido en los mercados de esclavos.

Para completar la educación de los negros, Europa les obsequió numerosas invasiones militares de castigo y escarmiento.

A fines del siglo XIX, los soldados británicos llevaron a cabo, en el Reino de Benín, una de esas operaciones pedagógicas. Después de la carnicería, y antes del incendio, se llevaron el botín. Era la mayor colección de arte africano jamás reunida: una enorme cantidad de máscaras, esculturas y tallas arrancadas de los santuarios que les daban vida y amparo.

Esas obras venían de mil años de historia. Su perturbadora belleza despertó, en Londres, alguna curiosidad y ninguna admiración. Los frutos del zoológico africano sólo interesaban a los coleccionistas excéntricos y a los museos dedicados a las costumbres primitivas. Pero cuando la Reina Victoria mandó el botín a remate, el dinero alcanzó para pagar todos los gastos de su expedición militar.

El arte de Benín financió, así, la devastación del reino donde ese arte había nacido y sido.


Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)

 
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