fines del año 1999, el Presidente del Uruguay inauguró una
escuela en la zona de Pinar Norte.
Por tratarse de un barrio de gente pobre y trabajadora, el Primer
Mandatario quiso enaltecer con su presencia este acto cívico.
El Presidente llegó desde el cielo. Vino en helicóptero,
acompañado por las cámaras de televisión.
En su discurso, rindió homenaje a los niños de la patria, que
constituyen nuestro capital más valioso, y exaltó la importancia de
la educación, que es la más rentable inversión en este mundo tan
competitivo. A continuación, se entonó el himno nacional y se
lanzaron al aire globos de colores.
Entonces, en el momento culminante de la ceremonia, el Presidente
regaló un juguete a cada uno de los alumnos.
La televisión transmitió en directo.
Cuando las cámaras terminaron su trabajo, el Presidente regresó
al cielo. Y las autoridades de la escuela procedieron a recuperar
los juguetes repartidos. No fue fácil arrancarlos de las manos de
los niños.
INSTRUCCIONES PARA LEER EL DIARIO
El general mexicano Francisco Serrano fumaba y leía, hundido en
un sillón del casino militar de Sonora.
El general leía el diario. El diario estaba cabeza abajo.
El Presidente, Álvaro Obregón, quiso saber:
-¿Usted siempre lee el diario al revés?
El general asintió.
-¿Y se puede saber por qué?
-Por experiencia, Presidente, por experiencia.
EL PRECIO DEL ARTE
Europa había tenido la gentileza de civilizar el África negra. Le
había roto el mapa y se había tragado sus pedazos; le había robado
el oro, el marfil y los diamantes; le había arrancado a sus hijos
más fuertes y los había vendido en los mercados de esclavos.
Para completar la educación de los negros, Europa les obsequió
numerosas invasiones militares de castigo y escarmiento.
A fines del siglo XIX, los soldados británicos llevaron a cabo,
en el Reino de Benín, una de esas operaciones pedagógicas. Después
de la carnicería, y antes del incendio, se llevaron el botín. Era la
mayor colección de arte africano jamás reunida: una enorme cantidad
de máscaras, esculturas y tallas arrancadas de los santuarios que
les daban vida y amparo.
Esas obras venían de mil años de historia. Su perturbadora
belleza despertó, en Londres, alguna curiosidad y ninguna
admiración. Los frutos del zoológico africano sólo interesaban a los
coleccionistas excéntricos y a los museos dedicados a las costumbres
primitivas. Pero cuando la Reina Victoria mandó el botín a remate,
el dinero alcanzó para pagar todos los gastos de su expedición
militar.
El arte de Benín financió, así, la devastación del reino donde
ese arte había nacido y sido.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)