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la noche a la mañana, ocurrió: unos palos con tres ojos
brotaron en las esquinas de la calle principal. Nunca se había visto
nada semejante en el pueblo de Quaraí, ni en toda esa región de la
frontera.
De a caballo, venidos de lejos, acudían los curiosos. Ataban los
caballos en las afueras, por no molestar el tránsito, y se sentaban
a contemplar la novedad. Mate en mano, el termo bajo el brazo,
esperaban la noche, porque en la noche las luces eran más luces y
daba gusto quedarse y mirar, como quien mira las estrellas naciendo
en el cielo. Las luces se encendían y se apagaban siempre al mismo
ritmo, repitiendo siempre sus tres colores, uno tras otro; pero
aquellos hombres de campo, indiferentes al paso de los automóviles y
de la gente, no se aburrían del espectáculo.
-El de aquella esquina es más lindo- aconsejaba uno.
-Éste de aquí demora más- opinaba otro.
Que se sepa, ninguno preguntó nunca para qué servían esos ojos
mágicos, que parpadeaban sin cansarse nunca.
La noche
Allá en la infancia, Helena se hizo la dormida y se escapó de la
cama.
Se vistió de punta en blanco, como si fuera domingo, y con todo
sigilo se deslizó hacía el patio y se sentó a descubrir los
misterios de la noche de Tucumán.
Sus padres dormían, sus hermanas también.
Ella quería ver cómo crecía la noche, y cómo viajaban la luna y
las estrellas. Alguien le había dicho que los astros se mueven, y a
veces se caen, y que el cielo va cambiando de color mientras la
noche anda.
Aquella noche, noche de la revelación de la noche, Helena miraba
sin parpadear. Le dolía el pescuezo, le dolían los ojos, y se
estrujaba los párpados y volvía a mirar. Y miró y miró y siguió
mirando, y el cielo no cambiaba y la luna y las estrellas
continuaban quietas en su sitio.
La despertaron las luces del amanecer. Helena lagrimeó.
Después se consoló pensando que a la noche no le gusta que le
espíen sus secretos.
Gente curiosa
Soledad, de cinco años, hija de Juanita Fernández:
-¿Por qué los perros no comen postre?
Vera, de seis años, hija de Elsa Villagra:
-¿Dónde duerme la noche? ¿Duerme aquí, abajo de la cama?
Luis, de siete años, hijo de Francisca Bermúdez:
-¿Se enojará Dios, si no creo en él? Yo no sé cómo decírselo.
Marcos, de nueve años, hijo de Silvia Awad:
-Si Dios se hizo solo, ¿cómo pudo hacerse la espalda?
Carlitos, de cuarenta años, hijo de María Scaglione:
-Mamá, ¿a qué edad me sacaste la teta? Mi psicóloga quiere saber.