Eduardo Galeano Eduardo Galeano - rodelu.net
18 de enero de 2006

La Nación de Chile - 18 de enero de 2006

Envenado:

Carne de agravio

Eduardo Galeano
Un hombre solo, prisionero del deseo, caminaba en la intemperie. Las suaves colinas del campo, no lejos de Montevideo, se hinchaban en perturbadoras curvas de pechugas y muslos. Paco miraba a lo alto, queriendo fugarse de la tentación carnal, pero también el cielo negaba paz a sus ojos: allá arriba las nubes se movían de a pasitos, se hamacaban, se ofrecían.

La hermana de Paco, Victoria, dueña de la Chacra, le había advertido:

-No. Guiso de gallina, no. Las gallinas no se tocan.

Pero Paco Espínola había estudiado a los griegos, y algo sabía de estas cosas del destino. Sus piernas caminaron hacia el territorio prohibido y él, obediente a las voces de fatalidad, se dejó llevar.

Largo rato después, Victoria lo vio venir. A paso lento, Paco traía un bulto que se balanceaba, colgado de una mano. Cuando Victoria se dio cuenta de que el bulto era una gallina difunta, le salió al cruce, hecha una furia.

Paco exigió silencio. Y contó la verdad.

Él había entrado al galpón, en busca de sombra, cuando vio una gallina de plumaje colorado. Le echó un puñado de granos de maíz, y la gallina se sirvió y dijo: “Muchas gracias”.

Entonces, se acercó una gallina del color de la nieve, que también era bien educada y comió y agradeció.

-Pero después vino ésta- contó Paco, revoleando a la degollada-. Yo le ofrecí unos granitos. Ni los tocó. “¿Tú no comes, querida?, le pregunté. Y ella alzó la cresta y me dijo: “Ándate a la puta madre que te parió”. ¿Te das cuenta Victoria? ¡Nuestra madre, Victoria, nuestra madre!


EL LECTOR

En uno de sus cuentos, Soriano imaginó un partido de fútbol en algún pueblito perdido en la Patagonia. Al equipo local, nunca nadie le había metido un gol en su cancha.

Semejante agravio estaba prohibido, bajo pena de horca o tremenda paliza. En el cuento, el equipo visitante evitaba la tentación durante todo el partido, pero al final el delantero centro quedaba solo frente al arquero y no tenía más remedio que pasarle la pelota entre las piernas.

Diez años después, cuando Soriano llegó al aeropuerto de Neuquén, un desconocido lo estrujó en un abrazo y lo alzó con valija y todo:

-¡Gol, no! ¡Golazo!-gritó-. ¡Te estoy viendo! ¡A lo Pelé festejaste!- y cayó de rodillas, elevando los brazos al cielo.

Después se cubrió la cabeza:

-¡Qué manera de llover piedras! ¡Qué biaba nos dieron!

Soriano, boquiabierto, escuchaba con la valija en la mano.

-¡Se te vinieron encima!¡Eran un pueblo!- gritó el entusiasta. Y señalándolo con el pulgar, informó a los curiosos que se iban acercando:

-A éste, yo le salvé la vida.

Y les contó, con lujo de detalles, la tremenda gresca que se había armado al fin del partido: ese partido que el autor había jugado en soledad, una noche lejana, sentado ante una maquina de escribir, un cenicero lleno de puchos y un par de gatos dormilones.


Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)

 
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