n hombre solo, prisionero del deseo, caminaba en la intemperie.
Las suaves colinas del campo, no lejos de Montevideo, se hinchaban
en perturbadoras curvas de pechugas y muslos. Paco miraba a lo alto,
queriendo fugarse de la tentación carnal, pero también el cielo
negaba paz a sus ojos: allá arriba las nubes se movían de a pasitos,
se hamacaban, se ofrecían.
La hermana de Paco, Victoria, dueña de la Chacra, le había
advertido:
-No. Guiso de gallina, no. Las gallinas no se tocan.
Pero Paco Espínola había estudiado a los griegos, y algo sabía de
estas cosas del destino. Sus piernas caminaron hacia el territorio
prohibido y él, obediente a las voces de fatalidad, se dejó llevar.
Largo rato después, Victoria lo vio venir. A paso lento, Paco
traía un bulto que se balanceaba, colgado de una mano. Cuando
Victoria se dio cuenta de que el bulto era una gallina difunta, le
salió al cruce, hecha una furia.
Paco exigió silencio. Y contó la verdad.
Él había entrado al galpón, en busca de sombra, cuando vio una
gallina de plumaje colorado. Le echó un puñado de granos de maíz, y
la gallina se sirvió y dijo: “Muchas gracias”.
Entonces, se acercó una gallina del color de la nieve, que
también era bien educada y comió y agradeció.
-Pero después vino ésta- contó Paco, revoleando a la degollada-.
Yo le ofrecí unos granitos. Ni los tocó. “¿Tú no comes, querida?, le
pregunté. Y ella alzó la cresta y me dijo: “Ándate a la puta madre
que te parió”. ¿Te das cuenta Victoria? ¡Nuestra madre, Victoria,
nuestra madre!
EL LECTOR
En uno de sus cuentos, Soriano imaginó un partido de fútbol en
algún pueblito perdido en la Patagonia. Al equipo local, nunca nadie
le había metido un gol en su cancha.
Semejante agravio estaba prohibido, bajo pena de horca o tremenda
paliza. En el cuento, el equipo visitante evitaba la tentación
durante todo el partido, pero al final el delantero centro quedaba
solo frente al arquero y no tenía más remedio que pasarle la pelota
entre las piernas.
Diez años después, cuando Soriano llegó al aeropuerto de Neuquén,
un desconocido lo estrujó en un abrazo y lo alzó con valija y todo:
-¡Gol, no! ¡Golazo!-gritó-. ¡Te estoy viendo! ¡A lo Pelé
festejaste!- y cayó de rodillas, elevando los brazos al cielo.
Después se cubrió la cabeza:
-¡Qué manera de llover piedras! ¡Qué biaba nos dieron!
Soriano, boquiabierto, escuchaba con la valija en la mano.
-¡Se te vinieron encima!¡Eran un pueblo!- gritó el entusiasta. Y
señalándolo con el pulgar, informó a los curiosos que se iban
acercando:
-A éste, yo le salvé la vida.
Y les contó, con lujo de detalles, la tremenda gresca que se
había armado al fin del partido: ese partido que el autor había
jugado en soledad, una noche lejana, sentado ante una maquina de
escribir, un cenicero lleno de puchos y un par de gatos dormilones.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)