Eduardo Galeano Eduardo Galeano - rodelu.net
25 de enero de 2006

La Nación de Chile - 25 de enero de 2006

Envenado:

Lluviazón

Eduardo Galeano
El cielo se partió, se abrió de un tajo, y volcó toda el agua que tenía. Llovió como si el cielo quisiera vaciarse para siempre; y toda la lluvia cayó sobre la mar.

A través de las aguas que se extendían, alborotadas, de horizonte a horizonte, navegaba un buque de guerra. Tumbado en cubierta, con las manos bajo la nuca, un joven soldado se dejaba empapar. Y se hacía preguntas.

Aunque estaba cumpliendo el servicio militar, lo suyo era la ciencia. Él nunca había visto llover en alta mar, y estaba buscando explicación para semejante disparate.

Como buen científico, ese soldadito creía, o quería creer que a veces la naturaleza se hace la loca, simula demencia, pero ella siempre sabe lo que hace.

Isaac Asimov pasó horas y horas allí tendido, acribillado por la fusilería del cielo, y no encontró ninguna respuesta. ¿Por qué la naturaleza echa agua a la mar, que tiene agua de sobra, habiendo en el mundo tantas tierras muertas de sed, que a las nubes imploran un favorcito?


La maldición

Nació llamándose Langland. Era una nave de tres palos y casco de hierro, que llevaba a Europa salitre de Chile y guano de Perú.

Cuando cumplió veinte años, pasó a llamarse María Madre; y ahí empezó la mala suerte. Ella siguió cumpliendo sus travesías de la mar, pero la desgracia la perseguía y andaba de mal en peor.

A principios de siglo, ya dolida de muchas averías, la nave quedó atrapada en el puerto de Paysandú, y allí estuvo prisionera, durante cuarenta años, por no sé qué enmarañado pleito por algún contrato no cumplido.

En 1942, fue reflotada. Y nuevamente cambió de nombre. Llamándose Clara, volvió a la mar. Zarpó con un cargamento de mil toneladas de sal.

A poco andar, cuando Clara estaba saliendo del río de la Plata, una nube gigante, en forma de cigarro, se elevó desde el horizonte. Mala señal: el viento pampero embistió la nave, la rompió en mil pedazos y arrojó a tierra sus despojos.

Clara cayó muerta en la playa Las Delicias, a los pies de una casa. Ésa era la casa de veraneo de Lorenzo Marcenaro, el hombre que la había bautizado por tercera vez, allá en el dique de Paysandú.

Desde entonces, ninguna nave se atreve a cambiar de nombre en esta agua del sur. La mar es libre; pero sus hijas no.


Otro castigo

No sólo por pena de exilio pierden sus mares los pueblos marineros.

Un día sí, y otro también, la marea negra, pegajosa y mortal, ataca las aguas y sus orillas. A fines del año 2002, un buque petrolero, partido por la mitad, vomitó su veneno sobre Galicia y más allá.

Las costas, negras de petróleo, se llenaron de cruces. Los peces muertos y las aves muertas flotaban en la podredumbre de las aguas.

¿El estado? Ciego. ¿El gobierno? Sordo.

Pero los pescadores, barcas ancladas, redes enrolladas, no estaban solos.

Miles y miles de voluntarios enfrentaron, con ellos, la invasión enemiga. Armados de palas y tachos y lo que pudieron encontrar, fueron desnudando trabajosamente, día tras día, semana tras semana, las arenas y las rocas que el petróleo había vestido de luto.

Esas muchas manos, ¿estaban mudas? Ellas no pronunciaban discursos de teatro. Haciendo decían, en gallego: Nunca máis.


Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)

 
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