l cielo se partió, se abrió de un tajo, y volcó toda el agua que
tenía. Llovió como si el cielo quisiera vaciarse para siempre; y
toda la lluvia cayó sobre la mar.
A través de las aguas que se extendían, alborotadas, de horizonte
a horizonte, navegaba un buque de guerra. Tumbado en cubierta, con
las manos bajo la nuca, un joven soldado se dejaba empapar. Y se
hacía preguntas.
Aunque estaba cumpliendo el servicio militar, lo suyo era la
ciencia. Él nunca había visto llover en alta mar, y estaba buscando
explicación para semejante disparate.
Como buen científico, ese soldadito creía, o quería creer que a
veces la naturaleza se hace la loca, simula demencia, pero ella
siempre sabe lo que hace.
Isaac Asimov pasó horas y horas allí tendido, acribillado por la
fusilería del cielo, y no encontró ninguna respuesta. ¿Por qué la
naturaleza echa agua a la mar, que tiene agua de sobra, habiendo en
el mundo tantas tierras muertas de sed, que a las nubes imploran un
favorcito?
La maldición
Nació llamándose Langland. Era una nave de tres palos y casco de
hierro, que llevaba a Europa salitre de Chile y guano de Perú.
Cuando cumplió veinte años, pasó a llamarse María Madre; y ahí
empezó la mala suerte. Ella siguió cumpliendo sus travesías de la
mar, pero la desgracia la perseguía y andaba de mal en peor.
A principios de siglo, ya dolida de muchas averías, la nave quedó
atrapada en el puerto de Paysandú, y allí estuvo prisionera, durante
cuarenta años, por no sé qué enmarañado pleito por algún contrato no
cumplido.
En 1942, fue reflotada. Y nuevamente cambió de nombre. Llamándose
Clara, volvió a la mar. Zarpó con un cargamento de mil toneladas de
sal.
A poco andar, cuando Clara estaba saliendo del río de la Plata,
una nube gigante, en forma de cigarro, se elevó desde el horizonte.
Mala señal: el viento pampero embistió la nave, la rompió en mil
pedazos y arrojó a tierra sus despojos.
Clara cayó muerta en la playa Las Delicias, a los pies de una
casa. Ésa era la casa de veraneo de Lorenzo Marcenaro, el hombre que
la había bautizado por tercera vez, allá en el dique de Paysandú.
Desde entonces, ninguna nave se atreve a cambiar de nombre en
esta agua del sur. La mar es libre; pero sus hijas no.
Otro castigo
No sólo por pena de exilio pierden sus mares los pueblos
marineros.
Un día sí, y otro también, la marea negra, pegajosa y mortal,
ataca las aguas y sus orillas. A fines del año 2002, un buque
petrolero, partido por la mitad, vomitó su veneno sobre Galicia y
más allá.
Las costas, negras de petróleo, se llenaron de cruces. Los peces
muertos y las aves muertas flotaban en la podredumbre de las aguas.
¿El estado? Ciego. ¿El gobierno? Sordo.
Pero los pescadores, barcas ancladas, redes enrolladas, no
estaban solos.
Miles y miles de voluntarios enfrentaron, con ellos, la invasión
enemiga. Armados de palas y tachos y lo que pudieron encontrar,
fueron desnudando trabajosamente, día tras día, semana tras semana,
las arenas y las rocas que el petróleo había vestido de luto.
Esas muchas manos, ¿estaban mudas? Ellas no pronunciaban
discursos de teatro. Haciendo decían, en gallego: Nunca máis.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)