eleó,
fue herido, cayó preso.
Ya lo habían dejado bastante muerto en las cámaras de tortura,
cuando un tribunal militar lo condenó a morir del todo.
Supo que estaba solo. Lo que quedaba de él había sido olvidado
por sus compañeros.
Dejado de todos, esperaba que la muerte concluyera su trabajo.
En la soledad del calabozo, hablaba con la pared.
Pero antes que la muerte llegó el fin de la guerra; y fue
liberado.
Y en las calles de la ciudad de San Salvador siguió conversando
con las paredes, y les pegaba puñetazos y cabezazos porque no le
contestaban.
Fue a parar al manicomio. Allí lo tenían atado a la cama.
Ya ni con las paredes hablaba.
Norma, que años atrás había sido su amiga, fue a visitarlo. Lo
desataron. Ella le dio una manzana. Sin decir palabra, él se quedó
mirando la manzana entre sus manos, ese mundo rojo y luminoso, y al
rato despedazó la manzana con los dientes y se levantó y repartió
los trocitos, cama por cama, entre todos los demás.
LA PUERTA
Carlos Fasano había pasado seis años conversando con un ratón y
con la puerta de la celda número 282.
El ratón no era muy consecuente, se escabullía y volvía cuando
quería.
Después, la cárcel se convirtió en un shopping center de
Montevideo. El centro de reclusión pasó a ser un centro de consumo y
ya sus prisiones no encerraban gente, sino trajes de Arman, perfumes
de Dior y videos de Panasonic.
Las puertas de las celdas fueron a parar a la barraca que las
compró.
Allí, Carlos encontró su puerta. No tenía número, pero la
reconoció en seguida. Esos eran los tajos que había cavado con la
cuchara. Esas eran las manchas, las viejas manchas de la madera, los
mapas de los países secretos adonde él había viajado a lo largo de
cada día de encierro.
EL SUSTO
Casi la traga el río.
Eufrosina Martinez estaba lavando ropa, cuando la atrapó la
correntada y la arrastró. Ella salvó la vida, después de mucho
manotear entre las rocas; pero perdió el alma. El susto se la llevó:
el alma, muerta de miedo, se fue en el agua.
Desde entonces, el cuerpo desalmado de Eufrosina ya no pudo
moverse, dejó de comer, no consiguió dormir, y ya no supo distinguir
la noche del día.
La sanó un curandero de la sierra de Puebla. Cuando el alma
volvió del miedo, y se encontró con su cuerpo, Eufrosina se levantó
y volvió a caminar sobre este mundo que a veces te voltea como un
río furioso bajo los pies.