egún
dicen los que saben, Malverde fue llamado así porque entre
lo verde se escondía y se disfrazaba de árbol para despistar a la
policía mexicana.
Hay quienes dicen que nunca existió este ladrón que repartía lo
que robaba; pero nadie niega que existe. Aunque no es santo de
Vaticano, tiene capilla propia en Culiacán. A unos pasos del palacio
donde gobierna el gobierno. El gobierno promete milagros. Malverde
los hace.
Desde la sierra y desde la mar, acuden los peregrinos, que en la
capilla deja a sus gratitudes: las hojas del primer maíz de mi
cosecha, mi primer camarón pescado en la temporada. En el altar, hay
una hilera de limones. Cada creyente se lleva uno. Comidos solos,
los limones se limpian la boca. Comidos con fe, limpian el alma y
dan buena suerte.
La capilla se alza en el lugar donde Malverde quedó tirado,
cuando lo acribillaron a balazos. Eso fue hace muchos años.
Prohibieron el entierro; y ahí empezó la pedrea. De todas partes
venía gente a tirar piedras. Feliz estaba la autoridad, viendo cómo
la ciudadanía apedreaba al bandido.
MUERTE DE LUJO
Jorge Aguilar, piloto de avión, ocupa un panteón de tres pisos.
Los vidrios polarizados lucen una decoración de alas de águila, que
rinde homenaje al oficio y al nombre de este mártir de la libertad
de comercio.
El doctor Antonio Fonseca, acribillado en las calles de
Guadalajara junto con su esposa y toda su escolta, yace en una
enorme cripta fosforescente, rodeado por grandes fotos de sus seres
queridos y un retrato, a todo color, de Jesucristo en actitud
pensativa.
Está lleno de luz, de ángeles de mármol y de juguetes de
plástico, el sepulcro de los hijitos del Güero Palma, que fueron
arrojados al vacío, desde gran altura, en injusto acto de venganza.
Los narcotraficantes y sus familiares habitan un barrio de lujo, los
jardines de Humaya, en el cementerio de Culiacán. Sus monumentos
funerarios tienen teléfono por si resucitan.
Los cumpleaños de los finados se celebran a lo largo de varios
días y las bandas de música tocan sin parar. Son fiestas pacíficas.
Solamente una vez sonaron balazos, pero fue porque uno de los
músicos, alegando cansancio, se negó a seguir.
-Desde entonces, no hay filarmónico que se raje- explica Ernesto
Beltrán, cuidador y sepulturero, mientras recoge las botellas
vacías.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)