Eduardo Galeano Eduardo Galeano - rodelu.net
22 de febrero de 2006

La Nación de Chile - 22 de febrero de 2006

Envenado:

Entierro de pobre

Eduardo Galeano
Según dicen los que saben, Malverde fue llamado así porque entre lo verde se escondía y se disfrazaba de árbol para despistar a la policía mexicana.

Hay quienes dicen que nunca existió este ladrón que repartía lo que robaba; pero nadie niega que existe. Aunque no es santo de Vaticano, tiene capilla propia en Culiacán. A unos pasos del palacio donde gobierna el gobierno. El gobierno promete milagros. Malverde los hace.

Desde la sierra y desde la mar, acuden los peregrinos, que en la capilla deja a sus gratitudes: las hojas del primer maíz de mi cosecha, mi primer camarón pescado en la temporada. En el altar, hay una hilera de limones. Cada creyente se lleva uno. Comidos solos, los limones se limpian la boca. Comidos con fe, limpian el alma y dan buena suerte.

La capilla se alza en el lugar donde Malverde quedó tirado, cuando lo acribillaron a balazos. Eso fue hace muchos años. Prohibieron el entierro; y ahí empezó la pedrea. De todas partes venía gente a tirar piedras. Feliz estaba la autoridad, viendo cómo la ciudadanía apedreaba al bandido.


MUERTE DE LUJO

Jorge Aguilar, piloto de avión, ocupa un panteón de tres pisos. Los vidrios polarizados lucen una decoración de alas de águila, que rinde homenaje al oficio y al nombre de este mártir de la libertad de comercio.

El doctor Antonio Fonseca, acribillado en las calles de Guadalajara junto con su esposa y toda su escolta, yace en una enorme cripta fosforescente, rodeado por grandes fotos de sus seres queridos y un retrato, a todo color, de Jesucristo en actitud pensativa.

Está lleno de luz, de ángeles de mármol y de juguetes de plástico, el sepulcro de los hijitos del Güero Palma, que fueron arrojados al vacío, desde gran altura, en injusto acto de venganza. Los narcotraficantes y sus familiares habitan un barrio de lujo, los jardines de Humaya, en el cementerio de Culiacán. Sus monumentos funerarios tienen teléfono por si resucitan.

Los cumpleaños de los finados se celebran a lo largo de varios días y las bandas de música tocan sin parar. Son fiestas pacíficas. Solamente una vez sonaron balazos, pero fue porque uno de los músicos, alegando cansancio, se negó a seguir.

-Desde entonces, no hay filarmónico que se raje- explica Ernesto Beltrán, cuidador y sepulturero, mientras recoge las botellas vacías.


Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)

 
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