iento
treinta y cinco años después de su muerte, Abraham Lincoln
andaba por las calles de Baltimore, Anápolis y otras ciudades de
Maryland. Lincoln, entraba en un comercio cualquiera. Tocándose el
ala del sombrero de copa, inclinaba el cuerpo en una leve
reverencia. Estudiaba el panorama con sus inconfundibles ojos
melancólicos, mientras se rascaba la barba grisácea sin bigotes, y
después extraía de la levita negra una pistola Magnun 357. En su
estilo directo, de hombre que va al grano, decía:
-La bolsa o la vida.
Durante el mes de mayo del año 2000, Kevin Gibson asaltó once
tiendas, siempre disfrazado de Abraham Lincoln, hasta que la policía
lo atrapó y lo metió en la cárcel. Gibson está preso desde entonces.
Tiene cárcel para rato. Él se pregunta por qué. Al fin y al cabo,
¿no se disfrazan de Lincoln los políticos más exitosos, para hacer
más o menos lo mismo?
HURTOS Y RAPIÑAS
Las palabras pierden su sentido, mientras pierden su color la mar
verde y el cielo azul, que habían sido pintados por gentileza de las
algas que echaron oxígeno durante tres mil millones de años.
Y la noche pierde sus estrellas. Ya hay carteles de protesta
clavados en las grandes ciudades del mundo: “No nos dejan ver las
estrellas”.
Firmado: la gente.
Y en el firmamento han aparecido ya muchos carteles que claman:
“No nos dejan ver a la gente”.
Firmado: Las estrellas.
ASALTADO ASALTANTE
En América Latina, las dictaduras militares quemaban los libros
subversivos. Ahora, en democracia, se queman los libros de
contabilidad. Las dictaduras militares desaparecían gente. Las
dictaduras financieras desaparecen dinero. Un buen día, los bancos
de la Argentina se negaron a devolver el dinero de los ahorristas.
Norberto Roglich había guardado sus ahorros en el banco, para que
no los comieran los ratones no los robaran los ladrones. Cuando fue
asaltado por el banco, don Norberto estaba muy enfermo, porque los
años no vienen solos, y la jubilación no daba para pagar los
remedios.
De modo que no le quedaba otra: desesperado, penetró en la
fortaleza financiera y sin pedir permiso se abrió paso hasta el
escritorio del gerente. En el puño, apretaba una granada:
-O me dan mi plata o volamos todos.
La granada era de juguete, pero hizo el milagro: el banco le
entregó su dinero.
Después, don Norberto marchó preso. El fiscal pidió ocho a
dieciséis años de
cárcel.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)