Eduardo Galeano Eduardo Galeano - rodelu.net
1 de marzo de 2006

La Nación de Chile - 1 de marzo de 2006

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Uniforme de trabajo

Eduardo Galeano
Ciento treinta y cinco años después de su muerte, Abraham Lincoln andaba por las calles de Baltimore, Anápolis y otras ciudades de Maryland. Lincoln, entraba en un comercio cualquiera. Tocándose el ala del sombrero de copa, inclinaba el cuerpo en una leve reverencia. Estudiaba el panorama con sus inconfundibles ojos melancólicos, mientras se rascaba la barba grisácea sin bigotes, y después extraía de la levita negra una pistola Magnun 357. En su estilo directo, de hombre que va al grano, decía:

-La bolsa o la vida.

Durante el mes de mayo del año 2000, Kevin Gibson asaltó once tiendas, siempre disfrazado de Abraham Lincoln, hasta que la policía lo atrapó y lo metió en la cárcel. Gibson está preso desde entonces. Tiene cárcel para rato. Él se pregunta por qué. Al fin y al cabo, ¿no se disfrazan de Lincoln los políticos más exitosos, para hacer más o menos lo mismo?


HURTOS Y RAPIÑAS

Las palabras pierden su sentido, mientras pierden su color la mar verde y el cielo azul, que habían sido pintados por gentileza de las algas que echaron oxígeno durante tres mil millones de años.

Y la noche pierde sus estrellas. Ya hay carteles de protesta clavados en las grandes ciudades del mundo: “No nos dejan ver las estrellas”.

Firmado: la gente.

Y en el firmamento han aparecido ya muchos carteles que claman:

“No nos dejan ver a la gente”.

Firmado: Las estrellas.


ASALTADO ASALTANTE

En América Latina, las dictaduras militares quemaban los libros subversivos. Ahora, en democracia, se queman los libros de contabilidad. Las dictaduras militares desaparecían gente. Las dictaduras financieras desaparecen dinero. Un buen día, los bancos de la Argentina se negaron a devolver el dinero de los ahorristas.

Norberto Roglich había guardado sus ahorros en el banco, para que no los comieran los ratones no los robaran los ladrones. Cuando fue asaltado por el banco, don Norberto estaba muy enfermo, porque los años no vienen solos, y la jubilación no daba para pagar los remedios.

De modo que no le quedaba otra: desesperado, penetró en la fortaleza financiera y sin pedir permiso se abrió paso hasta el escritorio del gerente. En el puño, apretaba una granada:

-O me dan mi plata o volamos todos.

La granada era de juguete, pero hizo el milagro: el banco le entregó su dinero.

Después, don Norberto marchó preso. El fiscal pidió ocho a dieciséis años de cárcel.


Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)

 
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