Eduardo Galeano Eduardo Galeano - rodelu.net
9 de marzo de 2006

La Nación de Chile - 9 de marzo de 2006

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Ladrones de palabras

Eduardo Galeano
Según el diccionario de nuestro tiempo, las buenas acciones ya no son los nobles gestos del corazón, sino las acciones que cotizan bien en la bolsa, y la bolsa es el escenario donde ocurren las crisis de valores.

El mercado ya no es el entrañable lugar donde uno compra frutas y verduras en el barrio. Ahora se llama mercado un temible señor sin rostro, que dice ser eterno y nos vigila y nos castiga.

Comunidad internacional, es el nombre de los grandes banqueros y de los jefes guerreros. Sus planes de ayuda venden salvavidas de plomo a los países que ellos ahogan y sus misiones de paz pacifican a los muertos.


EL NARRADOR

Eran tiempos de exilio. Muy lejos de su tierra, Héctor Tizón andaba con las raíces doliéndole como nervios sin piel. Alguien le había recomendado un sicoanálisis, pero el sicoanalista y él pasaban mudos la eternidad de cada sesión. El paciente, tumbado en el diván, no abría la boca, por ser de naturaleza enroscado y por creer que su biografía carecía de importancia. Sesión tras sesión seguían en blanco, siempre en blanco, las páginas del cuaderno que yacía sobre sus rodillas. Al cabo de 50 minutos, el sicoanalista suspiraba:

-Bueno. Ya es hora.

A Héctor le daba pena el buen hombre, y él mismo se daba pena.

Decidió que las cosas no podían seguir así. Y apenas se echaba en el diván, se montaba en el arco iris y disparaba sus cuentos de montañas embrujadas, ánimas que silbaban en la noche, luces malas que hacían casa en la niebla y sirenas que templaban guitarras a la orilla del río Yala.


LIBROS Y BILLETES

Reina Reyes quería que Felisberto Hernández pudiera dedicarse a escribir sus cuentos prodigiosos y a tocar el piano. La literatura le daba poco lectores y plata ninguna, y la música no era, que digamos, un gran negocio: Felisberto viajaba por el interior del Uruguay y el litoral de Argentina, ofreciendo conciertos, y terminaba siempre escapándose del hotel por la ventana.

Reina era profesora, trabajaba mucho para ganarse la vida. Mientras vivió con ella, Felisberto no escuchó nunca hablar de dinero. El primer día de cada mes, Reina regalaba un libro, de alguno de los narradores o poetas que a él le gustaban.

Dentro del libro, estaba la libertad que lo salvaba del infierno de las oficinas, o de cualquier otro tormento laboral de esos que roban las horas y gastan la vida. Cada pocas páginas, bien planchadito, había un billete.


Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)

 
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