egún
el diccionario de nuestro tiempo, las buenas acciones ya no
son los nobles gestos del corazón, sino las acciones que cotizan
bien en la bolsa, y la bolsa es el escenario donde ocurren las
crisis de valores.
El mercado ya no es el entrañable lugar donde uno compra frutas y
verduras en el barrio. Ahora se llama mercado un temible señor sin
rostro, que dice ser eterno y nos vigila y nos castiga.
Comunidad internacional, es el nombre de los grandes banqueros y
de los jefes guerreros. Sus planes de ayuda venden salvavidas de
plomo a los países que ellos ahogan y sus misiones de paz pacifican
a los muertos.
EL NARRADOR
Eran tiempos de exilio. Muy lejos de su tierra, Héctor Tizón
andaba con las raíces doliéndole como nervios sin piel. Alguien le
había recomendado un sicoanálisis, pero el sicoanalista y él pasaban
mudos la eternidad de cada sesión. El paciente, tumbado en el diván,
no abría la boca, por ser de naturaleza enroscado y por creer que su
biografía carecía de importancia. Sesión tras sesión seguían en
blanco, siempre en blanco, las páginas del cuaderno que yacía sobre
sus rodillas. Al cabo de 50 minutos, el sicoanalista suspiraba:
-Bueno. Ya es hora.
A Héctor le daba pena el buen hombre, y él mismo se daba pena.
Decidió que las cosas no podían seguir así. Y apenas se echaba en
el diván, se montaba en el arco iris y disparaba sus cuentos de
montañas embrujadas, ánimas que silbaban en la noche, luces malas
que hacían casa en la niebla y sirenas que templaban guitarras a la
orilla del río Yala.
LIBROS Y BILLETES
Reina Reyes quería que Felisberto Hernández pudiera dedicarse a
escribir sus cuentos prodigiosos y a tocar el piano. La literatura
le daba poco lectores y plata ninguna, y la música no era, que
digamos, un gran negocio: Felisberto viajaba por el interior del
Uruguay y el litoral de Argentina, ofreciendo conciertos, y
terminaba siempre escapándose del hotel por la ventana.
Reina era profesora, trabajaba mucho para ganarse la vida.
Mientras vivió con ella, Felisberto no escuchó nunca hablar de
dinero. El primer día de cada mes, Reina regalaba un libro, de
alguno de los narradores o poetas que a él le gustaban.
Dentro del libro, estaba la libertad que lo salvaba del infierno
de las oficinas, o de cualquier otro tormento laboral de esos que
roban las horas y gastan la vida. Cada pocas páginas, bien
planchadito, había un billete.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)