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la ayuda de sus bastones blancos y unos cuantos tragos, ellos
se abrían paso, mal que bien, por las callecitas de tlaquepaque.
Parecía que estaban a punto de caerse, pero no: cuando tropezaba
ella, la sostenía él: cuando él se bamboleaba, lo enderezaba ella. A
dúo andaban, y a dúo cantaban.
Se detenían siempre en el mismo lugar, a la sombra de los
portales, y cantaban viejos corridos mexicanos del amor y de la
guerra. Algún instrumentos usaban, quizás una guitarra, no recuerdo,
ayudando al desafine; y entre canción y canción, hacían sonar el
cacharro donde recogían las monedas del respetable público. Después,
se iban. Precedidos por sus bastones, atravesaban el gentío bajo el
sol y allá lejos se perdían, destartalados, rotosos, bien
agarraditos el uno al otro.
EL MÁS VIEJO DEL MUNDO
Era verano, era el tiempo de la subienda de los peces, y hacía
una incontable cantidad de veranos que don Francisco Barriosnuevo
estaba allí.
-Él es un comeaños- dijo la vecina-. Más viejo que las tortugas.
La vecina raspaba a cuchillo las escamas de un pescado, las
moscas se restregaban las patas ante el banquete y don Francisco
bebía un jugo de guayaba. Gustavo Tatis, que había venido de lejos,
le hacía preguntas al oído.
Mundo quieto, aire quieto. En el pueblo de Majagual, un caserío
perdido en los pantanos, todos los demás estaban durmiendo la
siesta.
Gustavo le preguntó por su primer amor. Tuvo que repetir la
pregunta varias veces, primer amor, PRIMER AMOR. El matusalén se
empujaba la oreja con la mano:
-¿Cómo?¿cómo dice?
Y por fin:
-Ah, sí.
Balanceándose en la mecedora, frunció las cejas, cerró los ojos:
-Mi primer amor...
Gustavo esperó. Esperó mientras viajaba la memoria, y la memoria
tropezaba, se hundía, se perdía. Era una navegación de mucho más de
un siglo, y en las aguas de la memoria había mucha niebla. Don
Francisco iba en busca de su primera vez, la cara contraída,
estrujada por mil surcos; y Gustavo miró para otro lado y esperó.
Y por fin don Francisco murmuró, casi en secreto: Isabel.
Y clavó en la tierra su bastón de cañabrava, y apoyado en el
bastón se alzó de su asiento, se irguió como gallo y aulló:
-¡Isabeeeeeeeel!
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)