Eduardo Galeano Eduardo Galeano - rodelu.net
15 de marzo de 2006

La Nación de Chile - 15 de marzo de 2006

Envenado:

Unicuerpo

Eduardo Galeano
Con la ayuda de sus bastones blancos y unos cuantos tragos, ellos se abrían paso, mal que bien, por las callecitas de tlaquepaque. Parecía que estaban a punto de caerse, pero no: cuando tropezaba ella, la sostenía él: cuando él se bamboleaba, lo enderezaba ella. A dúo andaban, y a dúo cantaban.

Se detenían siempre en el mismo lugar, a la sombra de los portales, y cantaban viejos corridos mexicanos del amor y de la guerra. Algún instrumentos usaban, quizás una guitarra, no recuerdo, ayudando al desafine; y entre canción y canción, hacían sonar el cacharro donde recogían las monedas del respetable público. Después, se iban. Precedidos por sus bastones, atravesaban el gentío bajo el sol y allá lejos se perdían, destartalados, rotosos, bien agarraditos el uno al otro.


EL MÁS VIEJO DEL MUNDO

Era verano, era el tiempo de la subienda de los peces, y hacía una incontable cantidad de veranos que don Francisco Barriosnuevo estaba allí.

-Él es un comeaños- dijo la vecina-. Más viejo que las tortugas.

La vecina raspaba a cuchillo las escamas de un pescado, las moscas se restregaban las patas ante el banquete y don Francisco bebía un jugo de guayaba. Gustavo Tatis, que había venido de lejos, le hacía preguntas al oído.

Mundo quieto, aire quieto. En el pueblo de Majagual, un caserío perdido en los pantanos, todos los demás estaban durmiendo la siesta.

Gustavo le preguntó por su primer amor. Tuvo que repetir la pregunta varias veces, primer amor, PRIMER AMOR. El matusalén se empujaba la oreja con la mano:

-¿Cómo?¿cómo dice?

Y por fin:

-Ah, sí.

Balanceándose en la mecedora, frunció las cejas, cerró los ojos:

-Mi primer amor...

Gustavo esperó. Esperó mientras viajaba la memoria, y la memoria tropezaba, se hundía, se perdía. Era una navegación de mucho más de un siglo, y en las aguas de la memoria había mucha niebla. Don Francisco iba en busca de su primera vez, la cara contraída, estrujada por mil surcos; y Gustavo miró para otro lado y esperó.

Y por fin don Francisco murmuró, casi en secreto: Isabel.

Y clavó en la tierra su bastón de cañabrava, y apoyado en el bastón se alzó de su asiento, se irguió como gallo y aulló:

-¡Isabeeeeeeeel!


Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)

 
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