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años después, a contramiedo, la izquierda ganó las
elecciones en Chile.
-No podemos permitir... -Advirtió Henry Kissinger.
Al cabo de mil días, un cuartelazo bombardeó el palacio de
gobierno, empujó a la muerte a Salvador Allende, fusiló a muchos más
y salvó a la democracia asesinándola.
En la ciudad de Santiago, el estadio de fútbol fue convertido en
cárcel.
Miles de presos, sentados en la tribunas, esperaban que se
decidiera su destino.
Un encapuchado recorría las gradas. Nadie le veía la cara; él
veía las caras de todos. Esa mirada disparaba balas: el encapuchado,
un socialista arrepentido, caminaba, se detenía y señalaba con el
dedo. Los hombres por él marcados, que habían sido sus compañeros,
marchaban a la tortura o iban al muere.
Los soldados lo llevaban atado, con una soga al cuello.
-Ese encapuchado parece perro- decían los presos.
-Pero no es- decían los perros.