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20 de abril de 2006
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Patria Grande de Uruguay
17 de abril de 1961
Bahía de Cochinos
Eduardo
Galeano
A contraviento,
a contrapelo, siempre de ida, nunca de vuelta, la revolución cubana continúa
escandalosamente viva a no mas de ocho minutos de vuelo de Miami.
Para acabar con la insolencia, la CIA lanza una invasión desde Estados
Unidos, Guatemala y Nicaragua. Somoza II despide en el muelle a los
expedicionarios. El Ejército Cubano de Liberación, que la CIA ha fabricado y
puesto en funcionamiento, está formado por militares y policías de la dictadura
de Batista y por los desalojados herederos de las plantaciones de azúcar, los
bancos, los diarios, los garitos, los burdeles y los partidos políticos.
—¡Tráiganme un par de pelos de la barba de Castro!— les encarga
Somoza.
Aviones de los Estados Unidos entran en el cielo de Cuba. Están camuflados.
Llevan pintada la estrella de la Fuerza Aérea Cubana. Los aviones ametrallan,
volando bajo, al pueblo que los saluda, y descargan bombas sobre las ciudades.
Tras el bombardeo, que prepara el terreno, los invasores desembarcan en los
pantanos de la Bahía de Cochinos. Mientras tanto, el presidente Kennedy juega
golf en Virginia.
Kennedy ha dado la orden, pero había sido Eisenhower quien había puesto en
marcha el plan de la invasión. Eisenhower había dado su visto bueno a la
invasión de Cuba en el mismo escritorio donde antes había aprobado la invasión
de Guatemala. El jefe de la CIA, Allen Dulles, le aseguró que acabaría con Fidel
Castro como había acabado con Arbenz. Sería cosa de un par de semanas, día más,
día menos, y el mismo equipo de la CIA se haría cargo del asunto: los mismos
hombres, desde las mismas bases. El desembarco de los libertadores
desencadenaría la insurrección popular en la isla sometida a la tiranía roja.
Los espías norteamericanos sabían que el pueblo de Cuba, harto de hacer colas,
no esperaba más que la señal de alzarse.
Playa Girón
La segunda derrota militar de los Estados Unidos en América Latina
En tres días acaba Cuba con los invasores. Entre los muertos hay cuatro
pilotos norteamericanos. Los siete buques, escoltados por la Marina de Guerra de
los Estados Unidos, huyen o se hunden en la bahía de los Cochinos.
El presidente Kennedy asume la total responsabilidad por este fiasco de la
CIA.
La CIA creyó, como siempre, en los informes de sus pícaros espías locales,
que cobran por decir lo que gusta escuchar; y, como siempre, confundió la
geografía con un mapa militar ajeno a la gente y a la historia. Las ciénagas que
la CIA eligió para el desembarco habían sido el lugar más miserable de toda
Cuba, un reino de cocodrilos y mosquitos, hasta que la revolución llegó.
Entonces el entusiasmo humano transformó estos lodazales, fundando en ellos
escuelas, hospitales y caminos. La gente de aquí fue la primera en poner el
pecho a las balas, contra los invasores que venían a salvarla.
La Habana
Retrato del pasado
Los invasores, parásitos y verdugos, jóvenes millonarios, veteranos de mil
crímenes, responden a las preguntas de los periodistas. Nadie asume la
responsabilidad de Playa Girón ni de nada; todos eran cocineros en la
expedición.
Ramón Calviño, célebre torturador de los tiempos de Batista, sufre amnesia
total ante las mujeres por él golpeadas y pateadas y violadas, que lo reconocen
y lo increpan. El padre Ismael de Lugo, capellán de la brigada de asalto, busca
amparo bajo el manto de la Virgen. El había peleado del lado de Franco en la
guerra española, por consejo de la Virgen, y ahora ha invadido Cuba para que la
Virgen no sufra más contemplando tanto comunismo. El padre Lugo invoca una
Virgen empresaria, dueña de algún banco o plantación nacionalizada, que piensa y
siente como los otros mil doscientos prisioneros: el derecho es el derecho de
propiedad y de herencia; la libertad, libertad de empresa. La sociedad modelo,
una sociedad anónima. La democracia ejemplar, una asamblea de accionistas.
Todos los invasores han sido educados en la ética de la impunidad. Nadie
reconoce haber matado a nadie. Y al fin y al cabo, tampoco la miseria firma sus
crímenes. Algunos periodistas les preguntan sobre las injusticias sociales, pero
ellos se lavan las manos, el sistema se lava las manos: los niños que en Cuba y
en toda América Latina mueren a poco de nacer, mueren de gastroenteritis, no de
capitalismo.
Washington
¿Quién invadió Cuba? Un diálogo en el Senado de los EE UU
Senador Capehart — ¿Cuántos aviones teníamos?
Allen Dulles (director de la CIA) — ¿Cuántos tenían los cubanos?
Senador Sparkman — No, los americanos, ¿Cuántos?
Dulles — Bueno, se trata de cubanos.
Sparkman — Los rebeldes.
Dulles — Nosotros no los llamamos rebeldes.
Capehart — Quiero decir: las fuerzas revolucionarias.
Sparkman — Cuando él preguntó cuántos aviones teníamos, se refería a eso,
a las fuerzas anti-Castro.
Richard M. Bissell (sub-director de la CIA) — Empezamos, señor, con
dieciséis B-26...
De Memoria del fuego (1986)
un libro con infinitas lecturas que se presta, de manera especial, para
el hipertexto. Estas páginas recogen fragmentos del libro ordenados
en forma cronológica y enriquecidos, en algunos casos, con fotografías,
audio y textos adicionales tomados de las fuentes originales.
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