Eduardo Galeano - rodelu.net |
21 de abril de 2006
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Brecha de Uruguay - 21 de abril de 2006
Muros
El muro de Berlín era la noticia de cada día.
De la mañana a la noche leíamos, veíamos, escuchábamos: el Muro de
la Vergüenza, el Muro de la Infamia, la Cortina de Hierro…
Eduardo
Galeano
Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero otros muros han
brotado, siguen brotando, en el mundo, y aunque son mucho más
grandes que el de Berlín, de ellos se habla poco o
nada. Poco se habla del muro que Estados Unidos está
alzando en la frontera mexicana, y poco se habla de las
alambradas de Ceuta y Melilla. Casi nada se habla del muro
de Cisjordania, que perpetúa la ocupación israelí de tierras
palestinas y de aquí a poco será quince veces más largo que el
muro de Berlín. Y nada, nada de nada, se habla del muro de
Marruecos, que desde hace veinte años perpetúa la ocupación
marroquí del Sahara occidental. Este muro, minado de punta a
punta y de punta a punta vigilado por miles de soldados, mide
sesenta veces más que el muro de Berlín. ¿Por qué será que
hay muros tan altisonantes y muros tan mudos? ¿Será por los
muros de la incomunicación, que los grandes medios de
comunicación construyen cada día? En julio de 2004 la Corte
Internacional de Justicia de La Haya sentenció que el muro de
Cisjordania violaba el derecho internacional y mandó que se
demoliera. Hasta ahora, Israel no se ha enterado. En
octubre de 1975 la misma Corte había dictaminado: “No se
establece la existencia de vínculo alguno de soberanía entre
el Sahara occidental y Marruecos”. Nos quedamos cortos si
decimos que Marruecos fue sordo. Fue peor: al día siguiente de
esta resolución desató la invasión, la llamada “Marcha verde”,
y poco después se apoderó a sangre y fuego de esas vastas
tierras ajenas y expulsó a la mayoría de la población. Y
ahí sigue. Mil y una resoluciones de las Naciones Unidas
han confirmado el derecho a la autodeterminación del pueblo
saharaui. ¿De qué han servido esas resoluciones? Se iba a
hacer un plebiscito, para que la población decidiera su
destino. Para asegurarse la victoria, el monarca de Marruecos
llenó de marroquíes el territorio invadido. Pero al poco
tiempo, ni siquiera los marroquíes fueron dignos de su
confianza. Y el rey, que había dicho sí, dijo que quién sabe.
Y después dijo no, y ahora su hijo, heredero del trono,
también dice no. La negativa equivale a una confesión. Negando
el derecho de voto, Marruecos confiesa que ha robado un
país. ¿Lo seguiremos aceptando, como si tal cosa?
¿Aceptando que en la democracia universal los súbditos sólo
podemos ejercer el derecho de obediencia? ¿De qué han
servido las mil y una resoluciones de las Naciones Unidas
contra la ocupación israelí de los territorios palestinos? ¿Y
las mil y una resoluciones contra el bloqueo de Cuba? El
viejo proverbio enseña: “La hipocresía es el impuesto que el
vicio paga a la virtud”. El patriotismo es, hoy por hoy, un
privilegio de las naciones dominantes. Cuando lo practican
las naciones dominadas, el patriotismo se hace sospechoso de
populismo o terrorismo, o simplemente no merece la menor
atención. Los patriotas saharauis, que desde hace treinta
años luchan por recuperar su lugar en el mundo, han logrado el
reconocimiento diplomático de ochenta y dos países. Entre
ellos, mi país, Uruguay, que recientemente se ha sumado a la
gran mayoría de los países latinoamericanos y
africanos. Pero Europa no. Ningún país europeo ha
reconocido a la República Saharaui. España tampoco. Éste es un
grave caso de irresponsabilidad, o quizá de amnesia, o al
menos de desamor. Hasta hace treinta años el Sahara era
colonia de España, y España tenía el deber legal y moral de
amparar su independencia. ¿Qué dejó allí el dominio
imperial? Al cabo de un siglo, ¿a cuántos universitarios
formó? En total, tres: un médico, un abogado y un perito
mercantil. Eso dejó. Y dejó una traición. España sirvió en
bandeja esa tierra y esas gentes para que fueran devoradas por
el reino de Marruecos. Desde entonces, el Sahara es la
última colonia de África. Le han usurpado la
independencia. ¿Por qué será que los ojos se niegan a ver
lo que rompe los ojos? ¿Será porque los saharauis han sido
una moneda de cambio, ofrecida por empresas y países que
compran a Marruecos lo que Marruecos vende aunque no sea
suyo? Hace un par de años, Javier Corcuera entrevistó, en
un hospital de Bagdad, a una víctima de los bombardeos contra
Irak. Una bomba le había destrozado un brazo. Y ella, que
tenía 8 años de edad y había sufrido 11 operaciones,
dijo: —Ojalá no tuviéramos petróleo. Quizás el pueblo
del Sahara es culpable porque en sus largas costas reside el
mayor tesoro pesquero del océano Atlántico y porque bajo las
inmensidades de arena, que tan vacías parecen, yace la mayor
reserva mundial de fosfatos y quizá también hay petróleo, gas
y uranio. En el Corán podría estar, aunque no esté, esta
profecía: “Las riquezas naturales serán la maldición de las
gentes”. Los campamentos de refugiados, al sur de Argelia,
están en el más desierto de los desiertos. Es una vastísima
nada, rodeada de nada, donde sólo crecen las piedras. Y sin
embargo, en esas arideces, y en las zonas liberadas, que no
son mucho mejores, los saharauis han sido capaces de crear la
sociedad más abierta, y la menos machista, de todo el mundo
musulmán. Este milagro de los saharauis, que son muy pobres
y muy pocos, no sólo se explica por su porfiada voluntad de
ser libres, que eso sí que sobra en esos lugares donde todo
falta: también se explica, en gran medida, por la solidaridad
internacional. Y la mayor parte de la ayuda proviene de los
pueblos de España. Su energía solidaria, memoria y fuente de
dignidad, es mucho más poderosa que los vaivenes de los
gobiernos y los mezquinos cálculos de las empresas. Digo
solidaridad, no caridad. La caridad humilla. No se equivoca el
proverbio africano que dice: “La mano que recibe está siempre
debajo de la mano que da”. Los saharauis esperan. Están
condenados a pena de angustia perpetua y de perpetua
nostalgia. Los campamentos de refugiados llevan los nombres de
sus ciudades secuestradas, sus perdidos lugares de encuentro,
sus querencias: El Aaiún, Smara… Ellos se llaman “hijos de
las nubes”, porque desde siempre persiguen la lluvia. Desde
hace más de treinta años persiguen, también, la justicia, que
en el mundo de nuestro tiempo parece más esquiva que el agua
en el desierto.
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