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el patio, un ruido de botas con espuelas. Desde lo alto de las
botas, tronó la voz de Alcibíades Britez, jefe de policía del
Paraguay, un servidor de la patria que cobraba los sueldos y recibía
las raciones de los policías difuntos.
Desnudo, tirado boca abajo sobre el charco de su sangre, el
prisionero reconoció la voz. Ésta no era su primera estadía en el
infierno. Lo interrogaban, o sea, lo metían en la máquina de picar
carne humana, cada vez que los estudiantes o los campesinos sin
tierra hacían alboroto y cada vez que aparecía la ciudad de Asunción
llena de panfletos para nada cariñosos con la dictadura militar.
La bota lo pateó, lo hizo rodar. Y la voz del jefe sentenció:
-El profesor Bernal... Vergüenza debía darte. Mira el ejemplo que
les das a los muchachos. Los profesores no están para armar líos.
Los profesores están para formar ciudadanos.
-Eso hago. -Balbuceó Bernal.
Contestó por milagro. Él era un resto de él.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)