currió
en 1950. Contra todo pronóstico, contra toda evidencia,
Brasil fue derrotado por Uruguay y perdió su campeonato mundial de
fútbol.
Después del pitazo final, mientras caía el sol, el público siguió
sentado en las gradas del recién inaugurado estadio de Maracaná. Un
pueblo tallado en piedra, inmenso monumento a la derrota: la mayor
multitud jamás reunida en la historia del fútbol no podía hablar, ni
podía moverse. Allí se quedaron dolientes, hasta bien entrada la
noche.
Y allí estaba Isaías Ambrosio. Le habían regalado una entrada,
por haber sido uno de los albañiles que habían construido aquel
estadio.
Medio siglo después, Isaías seguía estando allí.
Sentado en el mismo lugar, ante las gradas vacías del gigante de
cemento, repetía su inútil ceremonia. Cada atardecer, a la hora
fatal, Isaías transmitía la jugada que había sellado la derrota,
pegada la boca a un micrófono invisible, para la audiencia de una
radio imaginaria. La transmitía paso a paso, sin olvidar ningún
doloroso detalle, y con voz de locutor profesional gritaba el gol, o
más bien lo lloraba, y volvía a llorarlo, como en la tarde anterior
y en la tarde siguiente y en todas las tardes.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)