a
historia del fútbol es un triste
viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha
ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.
En este mundo del fin de siglo, el fútbol
profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A
nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato,
jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de
lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y
el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin
juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con
pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo
se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se
organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del
deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha
fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque
sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y
comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al
público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la
prohibida aventura de la libertad.
Encontrado en:
http://www.efdeportes.com/efd10/galeano3.htm
*Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra,
Segunda Edición,
Siglo Veintiuno Editores, México, 1995.
Tomado de:
Sololiteratura.com