Eduardo Galeano - rodelu.net |
14 de julio de 2006
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Brecha de Uruguay - 14 de julio de 2006
El Mundial de Zidane
En el escenario de la cordura, un ataque de locura
Eduardo
Galeano
En el escenario de la
cordura, un ataque de locura. En un templo consagrado a la
adoración del fútbol y al respeto de sus reglas, donde la
Coca-Cola regala felicidad, Master Card otorga prosperidad y
Hyundai brinda velocidad, se disputan los últimos minutos del
último partido del campeonato mundial. Éste es, también, el
último partido del mejor jugador, el más admirado, el más
querido, que está diciendo adiós al fútbol. Los ojos del mundo
están puestos en él. Y súbitamente este rey de la fiesta se
convierte en un toro furioso y embiste a un rival y lo voltea,
de un cabezazo en el pecho, y se va. Se va echado por el
árbitro y despedido por la rechifla del público, que iba a ser
una ovación. Y no sale por la puerta grande, sino por el
triste túnel que conduce a los vestuarios. En el camino,
pasa junto a la copa de oro reservada al equipo campeón. Él ni
la mira.
* * *
Cuando este Mundial empezó, los expertos
dijeron que Zinedine Zidane estaba viejo. Mariano Pernía,
el argentino que juega en la selección española,
comentó: —Viejo es el viento, y sigue soplando. Y
Francia derrotó a España y Zidane fue, en ese partido y en los
partidos siguientes, el más joven de todos. Después, al fin
del campeonato, cuando ocurrió lo que ocurrió, fue fácil
atacar al malo de la película. Pero era, y sigue siendo,
difícil comprenderlo. ¿Será verdad? ¿No será una pesadilla, un
sueño equivocado? ¿Cómo pudo abandonar a los suyos cuando más
lo necesitaban? Horacio Elizondo, el árbitro, le sacó la roja
con toda razón, pero ¿por qué Zidane hizo lo que
hizo? Según parece, el zaguero italiano Marco Materazzi le
ofreció algunos de esos insultos racistas que los energúmenos
suelen chillar desde las tribunas de los estadios. Zidane,
musulmán, hijo de argelinos, había aprendido a defenderse,
allá en la infancia, cuando recibía ataques así en los
suburbios pobres de Marsella. Conoce bien esos insultos, pero
le duelen como la primera vez; y sus enemigos saben que la
provocación funciona. Más de una vez le han hecho perder los
estribos de esta sucia manera, y Materazzi no es, que digamos,
famoso por su limpieza. Este Mundial estuvo signado por las
consignas que las selecciones enarbolaron, al comienzo de los
partidos, contra la peste universal del racismo, y Zidane fue
uno de los jugadores que lo hizo posible. El tema arde. En
vísperas del torneo, el dirigente político Jean-Marie Le Pen
proclamó que Francia no se reconocía en sus jugadores, porque
eran casi todos negros y porque su capitán, el árabe éste, no
cantaba el himno. Algún tiempo antes, el entrenador de la
selección española, Luis Aragonés, había llamado “negro de
mierda” al jugador francés Thierry Henry, y el presidente
perpetuo del fútbol sudamericano, Nicolás Leoz, presentó su
autobiografía diciendo que él había nacido “en un pueblo donde
vivían quinientas personas y tres mil indios”.
* * *
Pero, se puede reducir a un insulto, o a varios insultos, esta
tragedia del ganador que elige ser perdedor, el astro que
renuncia a la gloria cuando la está rozando con la
mano? Quizás, quién sabe, esa loca embestida fue, aunque
Zidane no lo quisiera ni lo supiera, un rugido de
impotencia. Quizás fue un rugido de impotencia contra los
insultos, los codazos, las escupidas, las pataditas arteras,
las simulaciones de los expertos en revolcones, maestros del
ay de mí, y contra las artes de teatro de los farsantes que te
matan y ponen cara de yo no fui. O quizás fue un rugido de
impotencia contra el éxito arrollador del fútbol feo, contra
la mezquindad, la cobardía y la avaricia del fútbol que la
globalización, enemiga de la diversidad, nos está imponiendo.
Al fin y al cabo, a medida que el campeonato avanzaba, se iba
haciendo cada vez más claro que Zidane no era de este circo. Y
sus artes de magia, su señorío, su melancólica elegancia,
merecían el fracaso, así como el mundo de nuestro tiempo, que
fabrica en serie los modelos del éxito, merecía este mediocre
campeonato mundial.
* * *
Y de alguna manera también se
puede decir que Italia merecía la copa, porque todas las
selecciones, quien más, quien menos, jugaron a la italiana y
con el mismo esquema de juego, línea de cuatro atrás, defensa
cerrada y goles robados por contraataque. Se impuso Italia,
como tenía que ser. Al fin y al cabo, el cerrojo, el
catenaccio, le ha dado muchos bostezos, pero también le ha
dado cuatro trofeos mundiales. Y a lo largo de esta cuarta
victoria sólo recibió dos goles, uno en contra y otro de
penal, y en la retaguardia, no en la vanguardia, tuvo sus
mejores jugadores: Buffon, arquero, y Cannavaro,
zaguero. Ocho jugadores de la Juventus llegaron a la final
en Berlín: cinco jugando por Italia y tres por Francia. Y se
dio la casualidad de que la Juventus era la escuadra más
comprometida en los chanchullos que se destaparon poco antes
del Mundial. De las “manos limpias” a los “pies limpios”: la
justicia italiana parecía decidida a mandar al exilio, a la
serie B y a la serie C, a los clubes más poderosos, incluyendo
a la Lazio, a la Florentina y al Milan del virtuoso Silvio
Berlusconi, que practicó el fraude y la impunidad en el
fútbol, en los negocios y en el gobierno. Los jueces
comprobaron toda una colección de trapisondas, compra de
árbitros, compra de periodistas, falsificación de contratos,
adulteración de balances, reparto de posiciones en la liga
italiana, manipulación de los programas de la tele… Un
ministro del gobierno anunció la amnistía si Italia ganaba el
Mundial. Italia ganó. ¿Quedará todo en la nada, una vez más y
como siempre? A Zidane el juez lo echó por mucho menos.
* * *
Alguien, no sé quién, supo resumir así esta copa
2006: —Los jugadores tienen una conducta ejemplar. No
beben, no fuman, no juegan. Los que de vez en cuando
embocaban al arco, no jugaban lindo, y los que jugaban lindo
nunca embocaban al arco. Toda África quedó afuera, desde
temprano, y al rato nomás también marchó al exilio toda
América Latina. El campeonato mundial se convirtió en una
eurocopa. Los resultados recompensaban esto que ahora
llaman sentido práctico: altos muros defensivos y adelante
algún goleador, un Llanero Solitario, implorando un favorcito
de Dios. Como suele ocurrir en el fútbol y en la vida, pierde
el que mejor juega y gana el que juega a no perder. Los
penales ayudaron a la injusticia. Hasta 1968, los partidos
difíciles se definían al vuelo de una moneda. De alguna
manera, así sigue siendo. Concluido el alargue, los penales se
parecen demasiado al capricho del azar. Argentina fue más que
Alemania y Francia más que Italia, pero unos pocos segundos
pudieron más que dos horas de juego y Argentina tuvo que
volverse a casa y Francia perdió la copa.
* * *
Poca fantasía se vio. Los artistas dejaron lugar a los levantadores
de pesas y a los corredores olímpicos, que al pasar pateaban
una pelota o un rival. Tan aburrido resultó el Mundial que
los dueños del negocio no han tenido más remedio que ponerse a
imaginar proyectos para inyectar entusiasmo al decaído
espectáculo. Una de las ideas nacidas en el seno de la fifa
propone castigar el empate con cero punto. Otra sugiere
agrandar los arcos para aumentar los goles. Y otra, si no te
gusta la sopa, dos platos, proyectan una copa cada dos
años. Pero el fútbol profesional, espejo del mundo, juega
por ganar, no por disfrutar, y el cálculo de costos se burla
de estas inútiles piruetas imaginarias de los burócratas que
comandan el fútbol mundial. Menos mal que el fútbol
profesional no es todo el fútbol. Basta con asomarse a las
calles, a las playas, a los campitos, para comprobar que
todavía la pelota puede rodar con alegría. En el fútbol
profesional, el que sale en la tele, poca alegría se ve.
Parecemos condenados a la nostalgia del viejo tiempo åde los
cinco forwards, y a la triste comprobación de que ahora nos
queda uno sólo, y al paso que vamos ni uno quedará: todos
atrás, nadie adelante. Como ha comprobado el zoólogo
Roberto Fontanarrosa, el delantero y el oso panda son especies
en extinción.(En Uruguay exclusivo para BRECHA.)
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