agner
Adoum conducía su automóvil con la vista siempre clavada
al frente, sin echar jamás ni una sola ojeada a los carteles que
daban órdenes al borde de las calles de Quito y de las carreteras
del país.
-Yo nunca maté a nadie- decía-. Y si tengo los años que tengo y
sigo vivo, es porque nunca hice el menor caso a los carteles.
Gracias a eso, explicaba, se había salvado de morir por ahogo,
indigestión, hemorragia o asfixia. Él no había bebido un océano de
cocacolas, ni había comido una montaña de hamburguesas, ni se había
cavado un cráter en la panza tragando millones de aspirinas, y había
evitado que las tarjetas de crédito lo hundieran hasta los pelos en
el pantano de las deudas.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo”
(Ediciones del
Chanchito, año 2004)