abía
sido un viviente flaco, pero fue un globo en la muerte.
Para clavar la tapa del ataúd, toda la parentela tuvo que
sentarse encima. Y hubo diversidad de opiniones sobre ese
engordamiento súbito:
-La muerte hincha.
-Es el gas carbónico.
-Es la mala leche.
-Es el alma- sollozó la viuda-. El alma, que quiere salirse del
traje.
El traje, un tweed inglés, había sido el único lujo en toda la
vida del finado. Él se lo había mandado hacer, de medida, para
vestir su muerte, cuando ya le volaban cerca las lechuzas y vio que
estaba por llegar al finalmente.
Herencia, no dejó. Nada. La familia, que siempre había vivido en
la pobreza, no notó la diferencia.
Muchos años después, Nincola Di Sábato asistió al desentierro de
su tío.
Poco había quedado del difunto: los huesos y el traje en jirones.
El traje estaba todo relleno de dinero.
Los billetes, muchos miles de billetes, ya no valían nada.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo”
(Ediciones del
Chanchito, año 2004)