arece
orquídea, pero no. Huele a gardenia, pero tampoco. Sus
grandes pétalos, alas blancas, tiemblan queriendo volar, irse de
tallo; y ha de ser por eso que en Cuba la llaman mariposa.
Alessandra Riccio plantó, en tierra de Nápoles, un bulbo de
mariposa, traído desde La Habana. En tierra extraña, la mariposa dio
hojas, pero no floreció. Y pasaron los meses y los años, y seguía
sin dar nada más que hojas cuando unos cubanos amigos de Alessandra
llegaron a Nápoles y se quedaron en su casa durante una semana.
Entonces, en los alrededores de la planta, sonaron y resonaron
las voces de su tierra, el antillano modo de decir cantando: la
planta escuchó esa música durante siete días y siete noches, porque
los cubanos hablan despiertos y dormidos también.
Cuando Alessandra dijo adiós a sus amigos, y regresó del
aeropuerto, encontró en su casa una flor blanca recién nacida.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo”
(Ediciones del
Chanchito, año 2004)