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pueblo de Cerro Chato nunca tuvo ningún cerro, ni chato ni
puntiagudo. Pero Javier Zeballos recuerda que Cerro Chato sí tenía,
en los tiempos de su infancia, tres comisarios, tres jueces y tres
doctores.
Uno de los doctores, que vivía en el centro, era la brújula de
los mandados. La mamá de Javier lo orientaba así:
-De la casa del Doctor Galarza, vas dos cuadras para abajo.
-Esto queda en la esquina del Doctor Galarza.
-Andá a la farmacia que está en la vuelta del Doctor Galarza.
Y allá marchaba Javier. A cualquier hora que pasara por allí, con
sol o con luna, el Doctor Galarza estaba siempre sentado en el
zaguán de su casa, mate en mano, dando cumplida respuesta a los
saludos del vecindario, Buenos días, Doctor; buenas tardes, Doctor;
buenas noches, Doctor.
Ya Javier era hombre crecido, cuando se le ocurrió preguntar por
qué el Doctor Galarza no tenía consultorio médico ni estudio
jurídico. Y entonces se enteró. Doctor no era: se llamaba. Así había
sido anotado en el Registro Civil: Doctor de nombre, Galarza de
apellido.
El papá quería un hijo con diploma, y aquel bebé no le pareció
digno de confianza.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo”
(Ediciones del
Chanchito, año 2004)