scuchando
o leyendo los cuentos de Monteiro Lobato, los niños
del Brasil habían aprendido a ser brasileños y magos. Cuando el
escritor murió, ellos fueron sus huérfanos.
Pero los niños no acudieron al cementerio. Dos oradores, adultos,
dijeron adiós a Monteiro Lobato. Y cada uno lo reivindicó como
militante de su partido: Rossini Camargo Guarnieri despidió al
camarada comunista, y Phebus Gicovate habló en homenaje al camarada
trotskista.
Apenas terminaron sus discursos fúnebres, los dos se trenzaron en
áspero debate. Discutían en plural, como corresponde a los asuntos
de la revolución mundial:
-¡Renegados!
-¡Divisionistas!
-¡Burócratas¡
-¡Provocadores¡
-¡Usurpadores!
-¡Traidores¡
-¡Asesinos!
Los argumentos iban y venían. El combate ideológico fue subiendo
de tono, hasta que los polemistas pasaron a los puños y golpeándose
cayeron en la fosa abierta.
Doña Purezinha, la viuda, alzaba los brazos implorando respeto al
difunto.
Seguramente ella no sabía que Monteiro Lobato estaba muriéndose
de risa. Era él quien dirigía la trifulca.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo”
(Ediciones del
Chanchito, año 2004)