olden
Caulfield estaba escuchando los reproches de su profesor
del curso de Historia. Para escapar de tan atroz letanía, pensaba en
los patos del Central Park de Nueva York. ¿Adonde se iban los patos
en invierno, cuando el lago se cubría de hielo? El asunto le
interesaba mucho más que los egipcios y sus momias.
Lo había contado Salinger, en una famosa novela.
Unos cuantos años después, Adolfo Gilly, paseando sin rumbo,
llegó al lago del Central Park. No había hielo. Era un mediodía de
otoño, y un profesor estaba leyendo esas páginas de Salinger, en voz
alta, a sus alumnos.
Los muchachos escuchaban, sentados en rueda.
Entonces, una escuadra de patos se acercó nadando a toda
velocidad. Los patos se quedaron allí, pegados a la orilla, mientras
el profesor leía las palabras que hablaban de ellos.
Después, el profesor se fue, seguido por sus alumnos. Y se
fueron, también, los patos.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo”
(Ediciones del
Chanchito, año 2004)