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le rompió el tractor: alguna vez tenía que pasar.
Fracasó la cosecha: el tiempo no ayudó.
Pero cuando la desgracia atacó la vaca, y el ternero nació
muerto, Antonio lo tuvo claro: los vecinos le habían echado el mal
de ojo.
Mal de ojo simple, no podía ser. Demasiada eficiencia. Antonio
llegó a la conclusión de que sus enemigos emitían el maleficio desde
un aparato electrónico, que parecía televisor pero no era. Buscó el
ojo tecnológico en todo el pueblo de Ambia, estudiando las antenas
casa por casa. No lo encontró.
No tuvo más remedio que mudarse a una casa metida en el monte,
donde no había electricidad.
Rodeó su fortaleza con hojas de acebo, dientes de ajo, botellas
rellenas de pan y un gran collar de sal todo alrededor; y la tapizó,
por dentro, con cruces de todos los tamaños y fotos de los más
famosos jugadores de fútbol de Galicia.
Y en la puerta clavó el cuchillo de cortar envidias.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo”
(Ediciones del
Chanchito, año 2004)