Eduardo Galeano - rodelu.net |
6 de octubre de 2007
|
www.nodo50.org - Octubre de 2002
La pasión revolucionaria del Che
Vibraba en aquella flor de la piel en Latinomérica
"Traidor", le dije. "Usted es un traidor".
Le mostré el recorte de un diario cubano: él aparecía vestido de
"pitcher", jugando al béisbol. Recuerdo que se rió, nos reímos; si me
contestó no sé. La conversación saltaba como una pelotita de pimpón, de un tema
al otro, de un país a otro, de uno a otro recuerdo, añoranzas de su lejana
comarca y experiencias de su vida muy vivida. Saludó a Frondizi y Frondizi cayó.
Saludó a Janio Quadros y Janio Quadros cayó. "Suerte que no tengo de dónde
caer", comentaba yo, poniendo cara de preocupado, y él se reía, fruncía el
ceño, se sentaba, se paraba, caminaba por la sala, dejaba caer la ceniza de su
"Havana Cazador" y me apuntaba con él al pecho.
Eduardo Galeano
Con ánimo discutidor, no magistral, recurría a veces a un pizarrón para
explicar una idea compleja, y a golpes de tiza dibujaba la polémica en torno del
cálculo y de la vigencia de la ley del valor en la sociedad socialista, o con
signos y numeritos bosquejaba el sistema de retribución por normas de
producción. Era cáustico como buen argentino, fervoroso como buen cubano:
generoso como su verdad, pero en guardia, dispuesto a mostrar los dientes por
ella. Una fuerza profunda y hermosa le nacía, sin cesar, de adentro. Se
delataba, como todos, por los ojos. Tenía, recuerdo, la mirada limpia, como
recién amanecida: esa manera de mirar de los hombres que creen. Creía, sí, en la
revolución de la América Latina, en su doloroso proceso, en su destino, y tenía
fe en una nueva condición humana, nacida de una sociedad centrada en la
solidaridad y no en la codicia.
Han pasado casi 33 años de aquella entrevista en Cuba y más de 35 desde que
él fue atrapado vivo y asesinado en Bolivia; y no viene mal recordar ahora su
mensaje esencial: ahora que la moda venera los espejismos de la tecnocracia y
los desencantos de los intelectuales, ahora que la buena educación manda
identificar la libertad de los negocios con la libertad de las personas y algún
prestigioso novelista confunde a los usureros con ángeles custodios de la
democracia. No viene mal recordar, digo, que el Che Guevara fue presidente de un
banco, el Banco Central de Cuba, no dedicado a la especulación sino al
socialismo, y que en tal carácter firmaba los billetes: no los firmaba Ernesto
Guevara, sino "Che", así "nomás", para burlarse. Porque él no
creía que el desarrollo económico fuera un fin en sí: el desarrollo de la
sociedad tiene un sentido si sirve para transformar al hombre, si le multiplica
la capacidad creadora, si lo lanza más allá del egoísmo. El tránsito desde el
reino de la necesidad hasta el reino de la libertad es un viaje alucinante del
yo al nosotros. Y este viaje no puede realizarlo el capitalismo, porque
sacrifica al derecho de propiedad los demás derechos y organiza la vida como una
carrera de lobos.
Contra el veneno de la codicia, el más mortal, el que mata por dentro, el
"Che" dijo cuanto dijo y escribió cuanto escribió, y vivió como vivió y
murió como murió. Y éste es el sapo vivo que la civilización del consumo no
puede tragarse, aunque ella reduzca la historia latinoamericana a un
"western" de colores y convierta a este héroe de nuestro tiempo en un
mero "tiratiros" de gatillo alegre, cuya imagen puede venderse
impunemente en los supermercados.
Entre cubanos y uruguayosEra agosto de 1.964 y estábamos con Reina
Reyes y Julio Villegas en su despacho del Ministerio de Industria. El Che
hablaba y uno tenía la impresión de que le subía la temperatura de la sangre,
pero manejaba a rienda corta su entusiasmo no bien yo me ponía a tomar
anotaciones de lo que decía. Entonces, los ojos fijos en la lapicera que bailaba
sobre el papel, prefería el comentario pícaro y cortante, que dejaba escapar
después de echar, sonriendo, dos o tres densas bocanadas de humo entre los
espesos bigotes y la barba raleada.
Ser periodista era una lástima: no porque uno se hubiera puesto a trabajar
después de tantos días y noche de vértigo sin sueño ni razón ni por lo nervioso
que eso lo ponía a uno, sino porque la fluida comunicación que espontáneamente
nacía se cortaba a cada rato por culpa de mi oficio. "Estamos conversando
entre cubanos y uruguayos", mentía entonces el "Che" para eludir
alguna pregunta indiscreta. Todo hacía evidente, sin embargo, que aquella pasión
que en él vibraba tan a flor de piel había roto las fronteras que otros habían
inventado para América Latina. Escuchándolo, no podía uno olvidar que aquel
hombre había llegado a Cuba después de una larga peregrinación latinoamericana:
que había estado, y no como turista, en el torbellino de la naciente revolución
boliviana y en la convulsiva agonía de la revolución guatemalteca; que había
cargado bananas en Centroamérica y que había sacado fotos y vendido estampitas
en las plazas de México para ganarse la vida, y que, para jugársela, se había
lanzado a la aventura del "Granma".
Celia de la Serna me dijo hace años, en Montevideo, que su hijo había vivido
siempre demostrándose a sí mismo que podía hacer todo lo que no podía hacer, y
que así había ido puliendo su asombrosa voluntad. Los continuos ataques de asma
le habían interrumpido la escuela en cuarto año, pero siguió dando exámenes por
su cuenta y luego fue brillante estudiante de medicina. A los 17 años se ganaba
la vida trabajando, escribía poemas (bastante malos) y practicaba, a su manera,
el álgebra y la arqueología. Entonces empezó a redactar un diccionario
filosófico. A los 18 años, el ejército argentino lo declaró absolutamente inepto
para la vida militar. Celia, que tanto se le parecía, le tomaba el pelo por
intolerante y fanático. Ella me dijo que él actuaba movido por una tremenda
necesidad de totalidad y pureza. Así se convirtió en el más puritano de los
revolucionarios occidentales. En Cuba era el jacobino de la revolución.
"Cuidado, que viene el Che", advertían los cubanos, bromeando pero en
serio.
Creador de RevolucionesTodo o nada: agotadoras batallas ha de haber
librado este refinado intelectual contra su propia conciencia tentada por la
duda: con rigor de monje o de guerrero iba conquistando certidumbres de hierro.
Con la capacidad de sacrificio de un cristiano de las catacumbas, el
"Che" había elegido un puesto en la primera línea de fuego, y lo había
elegido para siempre, sin concederse a sí mismo el beneficio de la duda ni el
derecho al cansancio.
Este es el insólito caso de un hombre que abandona una revolución ya hecha
por él y un puñado de locos para lanzarse, con otro puñado de locos, a empezar
otra. Porque no vivió para el triunfo sino para la pelea; la pelea de nunca
acabar contra la indignidad y el hambre; y ni siquiera se hizo el obsequio de
volver la cabeza hacia atrás para mirar el hermoso fuego que levantaban sus
propias naves quemadas. El "Che" no era hombre de escritorio: era un
creador de revoluciones, y se le notaba; no era, o era a pesar suyo, un
administrador. Tenía que estallar de alguna manera aquella tensión de león
enjaulado que su calma aparente delataba.
Le faltaba la sierra. Y con eso no quiero decir que no se haya entregado
entero, en cuerpo y alma y sombrero, a las tareas de alta responsabilidad que
cumplió en el Gobierno de Cuba. Se sospechaba que no dormía nunca, y los
domingos cortaba caña como un obrero voluntario. Nadie sabe de dónde sacaba
tiempo para leer, escribir, polemizar. Y para pelear con su asma implacable, que
ya había llevado a cuestas en los tiempos de la guerrilla. El propio Ernesto, me
contó, que "la orden de partida llegó de golpe, y todos tuvimos que salir de
México tal y como estábamos, en grupos de a dos o tres. Teníamos un traidor
entre nosotros, y Fidel había ordenado la salida súbita para evitar que el
traidor avisara a la policía. Aquel traidor todavía no sabemos quién era. Y así
fue que me tuve que ir sin el inhalador, y durante la travesía me vino un ataque
de asma tan espantoso que no sé cómo hice para llegar". El Che hacía lo que
decía; decía lo que pensaba y pensaba como vivía. Todos los cubanos lo sabían,
todos lo veían.
Candela, el chófer que nos acompañó a todo lo largo de Cuba, al volante de un
lujoso Cádillac, recién expropiado, solía llamarlo caballo. Este supremo elogio
a la cubana, sólo se aplicaba en su boca a tres personas: Fidel, el "Che"
y Shakespeare. La divulgación popular del teatro estaba dando frutos de esta
manera más bien imprevista: cada dos por tres, Candela entraba en trance y se
ponía a hablar torrencialmente del dramaturgo isabelino (Se pronunciaba de
varias maneras; los yanquis le dicen Chéspir) y de sus obras que bien conocía:
¡Qué va! Ése sí que era un caballo muy didáctico, sí señó.
El Che tenía varias obsesiones, y una obsesión en el centro de todas las
demás, era la mística del socialismo en marcha, la fe del pueblo en el mundo
nuevo que nace, debe ser el motor del desarrollo. Él desconfiaba de estímulos
materiales, y en la entrevista me dijo así, con todas las palabras:
-"Hay sistemas de retribución que pueden darle a cada cual la esperanza de
llegar a ser Rockefeller".
También, renegó del sistema de cálculo económico y negó la vigencia de la ley
del valor en el tránsito al socialismo. Me dijo:
-"Éste es un periodo de decisión para Cuba. Y no podemos, no debemos
olvidar que existe un peligro de retorno al capitalismo. Otros casos lo
demuestran".
Este tema lo indignaba. Durante nuestra conversación no llamó
"compañeros", sino "señores", a quienes querían llevar adelante
una línea opuesta a la suya en el proceso económico de la revolución.
Con el mismo estilo, filoso, peleón, atacaba a sus propios errores:
-"Fue un disparate apurarse tanto con la industrialización. Quisimos
sustituir todas las importaciones de golpe, por la vía de la fabricación de
productos terminados. Queríamos acabar de una vez con la dictadura del azúcar. Y
así, es verdad que el monocultivo es subdesarrollo, pero no vimos las
complicaciones enormes que trae la importación de los productos
intermedios".
Sobre la "Coca Cola", fabricada en Cuba, me repitió lo que poco antes
había dicho por la televisión:
-"Sabe a jarabe de pecho".
La irreverencia del "Che" no perdonaba a nadie. A los dirigentes
comunistas que acudían a Cuba, en incesante peregrinación, solía recordales que
"las revoluciones se hacen y no se dicen, que la misión de los partidos
comunistas es estar a la vanguardia de la revolución, pero que lamentablemente
ocurre, en casi toda América Latina, que están a la retaguardia".
Pero, quizá por nostalgia, por defenderse de los tirones del terruño perdido,
mitad venganza, mitad homenaje, los argentinos eran el blanco predilecto de sus
más ácidos comentarios. Suya era la "malvada" iniciativa de financiar la
revolución latinoamericana comprando a ciertos argentinos de Buenos Aires por lo
que valen y vendiéndolos por lo que creen que valen.
-"El destino de Cuba parece íntimamente ligado al destino de la revolución
latinoamericana -le comenté-. Cuba no puede ser coagulada dentro de
fronteras. Funciona como motor de la revolución continental ¿O no?
-"Podría haber -me dijo- posibilidades de que no. Pero nosotros hemos
eliminado esas posibilidades. La posibilidad de que los movimientos
revolucionarios latinoamericanos no estuvieran directamente ligados a Cuba
hubiera podido concretarse si Cuba accediera a dejar de ser ejemplo para la
revolución latinoamericana. Por el solo y simple hecho de estar viva, no es
ejemplo. ¿De qué modo es ejemplo? Del modo como la revolución cubana encara las
relaciones con los Estados Unidos, y de la lucha contra el imperialismo. Cuba se
podría limitar a ser un ejemplo puramente económico, digamos".
Cuba, automóvil; EE UU, tren
-"Una especie de vitrina al socialismo..."
-"Una vitrina. Esa sería una fórmula que, hasta cierto punto, garantizaría a
Cuba, pero que la divorciaría de la revolución latinoamericana. No somos
vitrina".
-"En el supuesto caso de que nuevas revoluciones estallaran en América
Latina, ¿no se produciría un cambio de calidad en las relaciones entre Cuba y
Estados Unidos? Se habla de que existe una posibilidad de un acuerdo de
coexistencia sobre determinadas bases. Pero, si el incendio se propaga y el
imperialismo se ve obligado a echar agua al fuego ¿cuál sería entonces la
situación de Cuba, es decir, de la chispa?
-"Nosotros definimos la relación entre Cuba y los Estados Unidos en la época
actual como un automóvil y un tren que van corriendo más o menos a la misma
velocidad, y el automóvil tiene que cruzar el paso a nivel. A medida que se
acerca al paso a nivel, se acerca la posibilidad de confrontación y de choque.
Si el automóvil -que sería Cuba- cruza antes que el tren, es decir, si la
revolución latinoamericana adquiere cierto grado de profundización, ya se ha
pasado al otro lado, ya se ha atravesado el paso a nivel: ya Cuba no tiene
significación. Porque a Cuba no se le ataca por despecho del imperialismo, sino
que se le ataca por la significación que tiene. Nosotros vamos agravando
nuestras confrontaciones con Estados Unidos día a día, objetiva y fatalmente, a
medida que se agrava la situación en América Latina -y lo mejor que tiene, es lo
mal que está-. Y si la situación se agrava tan convulsivamente que obliga al
imperialismo a emplearse en gran escala, ya el problema fundamental deja de ser
Cuba como catalizadora, porque se ha producido la reacción química. La incógnita
es: si cruzaremos, o no, antes que el tren. Podríamos frenar. Es difícil que
frenemos".
-"Pero, entonces, ¿hasta qué punto es posible la coexistencia?
-"No se trata de Cuba, sino de Estados Unidos. No interesa Cuba a Estados
Unidos si la revolución no cuaja en América Latina. Si Estados Unidos dominara
la situación, qué le importaría Cuba".
-"Y en el supuesto caso de que la revolución no estallara ¿es posible que
Cuba siga adelante?"
-"Claro que es posible".
-"¿A largo plazo?".
-"A largo plazo. Ya pasó el periodo peor del bloqueo".
-"Quiero decir si el aislamiento de Cuba de sus fuentes nutricias
latinoamericanas no podría producir deformaciones internas, rigidez ideológica y
lazos de dependencia cada vez más agobiantes".
-"Me parece un poco idealista la cosa. Uno no puede hablar de fuentes
nutricias. Las fuentes nutricias son la realidad cubana, cualquiera que ella
sea, y la aplicación correcta del marxismo-leninismo a las condiciones de este
país y al modo de ser del pueblo cubano.
El aislamiento puede provocar muchas cosas. Por ejemplo, que nos equivoquemos
en la forma de apreciar la situación política en Brasil. Pero distorsiones en la
marcha de la revolución, no". Ya era entrada la noche cuando alguien, un
enemigo, irrumpió en la habitación para recordar al "Che", que su rival
le aguardaba, desde hacía media hora, ante el tablero de ajedrez, en el piso de
abajo.
"Lo siento -me dijo el Che-, pero el deber me llama".
"Él había elegido un puesto en la primera línea de fuego, sin concederse
ningún derecho al cansancio humano legítimo"
|