![]() |
PATRIA
GRANDE
Eduardo Galeano 26 de julio
de 1952
El pueblo argentino desnudo de ella |
| ¡Viva el
cáncer!, escribió alguna
mano enemiga en un muro de Buenos Aires. La odiaban, la odian, los biencomidos:
por pobre, por mujer, por insolente. Ella los desafiaba hablando y los
ofendía viviendo. Nacida para sirvienta, o a lo sumo para actriz
de melodramas baratos, Evita se había salido de su lugar.
La querían, la quieren, los malqueridos: por su boca ellos decían y maldecían. Además, Evita era el hada rubia que abrazaba al leproso y al haraposo y daba paz al desesperado, el incesante manantial que prodigaba empleos y colchones, zapatos y máquinas de coser, dentaduras postizas, ajuares de novia. Los míseros recibían estas caridades desde al lado, no desde arriba, aunque Evita luciera joyas despampanantes y en pleno verano ostentara abrigos de visón. No es que le perdonaran el lujo: se lo celebraban. No se sentía el pueblo humillado sino vengado por sus atavíos de reina. Ante el cuerpo de Evita, rodeado de claveles blancos, desfila el pueblo llorando. Día tras día, noche tras noche, la hilera de antorchas: una caravana de dos semanas de largo. Suspiran, aliviados, los usureros, los mercaderes, los señores de la tierra. Muerta Evita, el presidente Perón es un cuchillo sin filo.
De Memoria del fuego (1986)
un libro con infinitas lecturas que se presta, de manera especial, para
el hipertexto. Estas páginas recogen fragmentos del libro ordenados
en forma cronológica y enriquecidos, en algunos casos, con fotografías,
audio y textos adicionales tomados de las fuentes originales.
|