| PATRIA
GRANDE
8 de octubre de 1967
A orillas
del río Ñancahuazú
Diecisiete
hombres caminan hacia la aniquilación
El cardenal Maurer llega a Bolivia
desde Roma. Trae las bendiciones del Papa y la noticia de que Dios apoya
decididamente al general Barrientos contra las guerrillas.
Mientras tanto, acosados por el hambre,
abrumados por la geografía, los guerrilleros dan vueltas por los
matorrales del río Ñancahuazú. Pocos campesinos hay
en estas inmensas soledades; y ni uno, ni uno solo, se ha incorporado a
la pequeña tropa del Che Guevara. Sus fuerzas van disminuyendo de
emboscada en emboscada. El Che no flaquea, no se deja flaquear, aunque
siente que su propio cuerpo es una piedra entre las piedras, pesada piedra
que él arrastra avanzando a la cabeza de todos; y tampoco se deja
tentar por la idea de salvar al grupo abandonando a los heridos. Por orden
del Che, caminan todos al ritmo de los que menos pueden: juntos serán
todos salvados o perdidos.
Perdidos. Mil ochocientos soldados,
dirigidos por los rangers norteamericanos, les pisan la sombra.
El cerco se estrecha más y más. Por fin delatan la ubicación
exacta un par de campesinos soplones y los radares electrónicos
de la National Security Agency, de los Estados Unidos.
Quebrada del Yuro
La
caída del Che
La metralla le rompe las piernas. Sentado,
sigue peleando, hasta que le vuelan el fusil de las manos.
Los soldados disputan a manotazos
el reloj, la cantimplora, el cinturón, la pipa. Varios oficiales
lo interrogan, uno tras otro. El Che calla y mana sangre. El contralmirante
Ugarteche, osado lobo de tierra, jefe de la Marina de un país sin
mar, lo insulta y lo amenaza. El Che le escupe la cara.
Desde La Paz, llega la orden de liquidar
al prisionero. Una ráfaga lo acribilla. El Che muere de bala, muere
a traición, poco antes de cumplir cuarenta años, exactamente
a la misma edad a la que murieron, también de bala, también
a traición, Zapata y Sandino.
En el pueblito de Higueras, el general
Barrientos exhibe su trofeo a los periodistas. El Che yace sobre una pileta
de lavar ropa. Después de las balas, lo acribillan los flashes.
Esta última cara tiene ojos que acusan y una sonrisa melancólica.
Higueras
Campanadas
por él
¿Ha muerto en 1967, en Bolivia,
porque se equivocó de hora y de lugar, de ritmo y de manera? ¿O
ha muerto nunca, en ninguna parte, porque no se equivocó en lo que
de veras vale para todas las horas y lugares y ritmos y maneras?
Creía que hay que defenderse
de las trampas de la codicia, sin bajar jamás la guardia. Cuando
era presidente del Banco Nacional de Cuba, firmaba Che los billetes,
para burlarse del dinero. Por amor a la gente, despreciaba las cosas. Enfermo
está el mundo, creía, donde tener y ser significan lo mismo.
No guardó nunca nada para sí, ni pidió nada nunca.
Vivir es darse, creía; y se
dio. |