| La
Vanguardia de España - 7 de Junio de 2004
Eduardo Galeano, escritor
“Hay
que elegir: o indignado o indigno”
Víctor
M. Amela
Tengo 63 años
y nací en Montevideo (Uruguay). Soy escritor, hijo de los contadores
de historias de los cafés de Montevideo. Estoy casado y tengo tres
hijos. ¿Ideas políticas? ¿Creencias religiosas? No
pienso autodefinirme: yo ni tengo auto ni tengo definición. Persiste
la manía de ponerle un alfiler y una etiqueta a cada cosa, y desconfiamos
de una mariposa que vuela libre. Mi mejor día es el día que
todavía no he vivido. Publico el libro “Bocas del tiempo” (Siglo
XXI)
| “Ante Latinoamérica,
o te indignas o eres indigno. Estamos presos de un sistema que nos presta
con una mano lo que nos ha robado con la otra” |
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| “¿Cómo
contar el amor con palabras? Es algo tan inenarrable. Y escribí:
'Ellos son dos por error que la noche corrige'” |
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| “Recurro sólo
a palabras que mejoren el silencio. Es lo que justifica el derecho a existir
de una palabra. A veces, sólo puede decirse algo callando” |
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| “Estamos condenados
a la ayuda mutua. Eso nos hizo posibles como especie. Así, el primer
gesto humano, el de un bebé al nacer, es el del abrazo”
“¡Imaginemos el futuro,
en vez de aceptarlo como una maldición! Cada día me digo
que el mejor día es el día que todavía no he vivido” |
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Siempre quise preguntarle a Eduardo
Galeano (“Las venas abiertas de América Latina”, “Memoria del fuego”...)
cómo le sentó aquel “Manual del perfecto idiota latinoamericano”
en cuyas páginas Álvaro Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza
despellejaban a la izquierda latinoamericana, con especial dedicación
a Galeano. Como le tengo delante, le pregunto.
¿Cómo le sentó?
Empecé a leerlo, pero al ver
que era una colección de insultos de corta categoría, lo
dejé. Había allí mucho rencor por parte de personas
a las que jamás hice nada.
¿No contenía argumentos?
No. Era una operación de desaliento
contra “la izquierda” en pleno, sin distinguir matices. Era un intento
de desprestigiar la indignación.
¿Qué indignación?
Ante la situación en Latinoamérica,
o te indignas o eres indigno. Lo de ese libro era un elogio de la indignidad
y un ataque a los indignados.
Usted está indignado.
¡Cómo no estarlo ante
una tierra en la que se niega a sus hijos el trabajo, la libertad, la realización
plena...!
Son países democráticos.
En vías de democratización.
¡A menos que se crea que una ceremonia de papeletas es ya democracia!
¿Sigue América Latina
con las venas abiertas?
El conde Drácula siente complejo
de inferioridad viendo a las grandes multinacionales operar allí.
Está deprimido y psicoanalizándose.
¿Tan mal está la
cosa?
Cuando escribí “Las venas
abiertas...”, hace 33 años, aún existían organismos
internacionales, cierta coordinación y unidad para defender intereses
comunes de nuestros países, como los precios de nuestros productos...,
¡Hoy no queda nada! (bueno, sólo la OPEP).
Vaya...
Competimos entre nosotros, estamos
presos de un sistema de poder que nos presta con una mano lo que nos ha
robado con la otra.
¿Ve una revolución
pendiente?
Están todos los cambios pendientes.
Falta un cambio profundo.
¿También en Cuba?
Cuba ya ha hecho algunos cambios.
A Cuba se la quiso almorzar un imperio, y por eso tuvo que cerrarse y militarizarse,
lo que limitó su capacidad de desarrollo.
No es un país democrático.
Irá democratizándose
poco a poco, y tienen que hacerlo ellos, sin que vengan otros de fuera
a resolver nada, que ya en Iraq vemos lo que pasa cuando se quiere hacer
eso.
¿Hacia dónde debe
ir Cuba?
Yo no soy partidario del partido
único ni de esa hipertrofia del Estado. Hay puntos intermedios entre
eso y el fundamentalismo del mercado. Yo creo en la solidaridad desde la
libertad de conciencia.
Satisfecha mi curiosidad sobre la
relación entre la idiotez y la izquierda latinoamericana, indago
sobre las raíces de la vocación de escritor de Eduardo Galeano.
¿Cuándo supo usted
que se dedicaría a esto de escribir?
Como todos los uruguayos, yo quise
ser futbolista. Pero sólo era superestrella del fútbol mientras
dormía; de día, era una vergüenza para la patria. Creo
que escribí por eso: para hacer con las manos lo que fui incapaz
de hacer con los pies.
¿Y empezó pronto?
Empecé trabajando en una fábrica
de insecticidas, a los 14 años. Antes, mi infancia fue la libertad:
todo el día en las calles, en los descampados, en los cañaverales,
en bicicleta, en la playa, jugando... Me dan mucha pena hoy los niños
en las ciudades: son los más presos de entre los presos. Son rehenes
del miedo. Del miedo a la violación, a la intemperie, prisioneros
del pánico de la vida moderna.
¿Fue ahí cuando
dejó de ser niño, al ponerse a trabajar?
Creo que dejé de ser niño
el día en que miré de otra manera las piernas de la maestra
caminando entre las filas de pupitres.
¿Y por qué se puso
usted a trabajar tan temprano?
Hubo una crisis en la familia, y
yo quise vivir por mi cuenta, ser libre, independiente. Fui también
taquígrafo, cobrador de recibos, dibujante, cajero de banco...
No tuvo mucho tiempo de formarse,
de estudiar.
Sí lo hice, porque iba a los
cafés de Montevideo. ¡Soy hijo de esos cafés! Sí:
allí escuchaba a veteranos contadores de historias, narradores portentosos.
¿Por qué portentosos?
Esos narradores logran que lo que
ocurrió vuelva a ocurrir mientras ellos lo cuentan. Si en la historia
decían que llovía, ¡tú sentías la lluvia!
Si contaban que hacía calor, ¡tú sudabas! Te hacían
llorar.
¿Existen todavía
contadores de historias así?
Alguno. Pero por entonces había
tiempo para perder tiempo.
De todas las frases que usted
ha escrito, salve una de la quema.
Escribí la historia real de
un cura y una chica del Buenos Aires del siglo XIX, que se enamoraron y
huyeron juntos. Les persiguieron y, al final, fueron fusilados. Por delito
de amor. En un capítulo, yo tenía que explicar su primera
noche de amor juntos, huidos, a solas. Pero contar el amor es como contar
un chiste. ¿Cómo contar el amor con palabras? Es algo tan
inexplicable, tan inenarrable...
No me ha dicho cuál es
la frase.
Espere: escribí y escribí,
y le di a leer el capítulo a un amigo muy querido, y me dijo: “Corta”.
Recorté el texto, y me dijo: “¡Aún hay mucha piedra
en las lentejas!”. Y, al final, dejé sólo una frase para
explicar esa noche de amor. Ésta: “Ellos son dos por error que la
noche corrige”.
Espléndida.
Gracias.
Qué suerte tener ese amigo
implacable, ¿no?
Sí. Mi mujer cumple ahora
esa función. Es mi principal manía: que no haya una palabra
que sobre en un texto, que estén únicamente las palabras
estrictamente necesarias.
Si se excede, llegará al
silencio.
Sí, como le pasó a
aquel pescadero que rotuló sobre la entrada de su tienda: “AQUÍ
SE VENDE PESCADO FRESCO”. Pasó un vecino y le dijo: “Es obvio que
es 'aquí', no hace falta escribirlo”. Y borró el AQUÍ.
Pasó otro vecino y le dijo: “Es innecesario escribir 'se vende',
¿o acaso regala usted el pescado?”.
Y borró el SE VENDE, ¿no?
Y sólo quedó PESCADO FRESCO.
Sí. Y pasó otro vecino
y dijo: “¿Acaso cree que alguien piensa que vende pescado podrido,
que escribe 'fresco'...?”. Y borró FRESCO.
Ya sólo figuraba PESCADO..
Así es... hasta que otro vecino
pasó y le dijo al pescadero: “¿Por qué escribe 'pescado'?
¿Acaso alguien dudaría de que se vende otra cosa que pescado,
con el olor que sale de aquí?”.
¿Esto puede pasarle a usted?
Sí, es mi temor, dada mi manía
de eliminar palabras superfluas de mis textos. Mi norma es recurrir sólo
a palabras que mejoren el silencio.
Muy exigente.
Mejorar el silencio... ¡es
mucho, sí! Pero eso es lo único que justifica el derecho
a la existencia de una palabra. A veces, la única manera de decir
es callando. Hay cosas que no pueden ser “palabreadas”.
¿Sabría contarme
una historia que explique qué es América?
Le sucedió a mi amigo Juan
Bustos, abogado chileno, del equipo de Allende, exiliado en Honduras tras
el golpe de Pinochet. Se sentía culpable por estar vivo. Deprimido,
se internó en el país y llegó a un pueblo, Yoro. Caminaba
su melancolía por las calles, cuando se desató una lluvia
feroz. Algo comenzó a golpearle en la cabeza: peces vivos. ¡Llovía
peces vivos! Pensó que estaba loco. Transtornado, le gritó
a un vecino: “¡Están lloviendo peces!” El vecino, tan tranquilo,
con naturalidad, respondió: “Sí, aquí llueven peces”.
¡Eso es América!
Lo real maravilloso.
La hermosa locura de América.
América te golpea con esa belleza violenta. ¡Yo he tenido
la suerte de nacer allí!
¿Esa anécdota es
real?
Sí, sí. Es un fenómeno
que se da: un tifón absorbe huevas de peces de la superficie del
mar y, desde las alturas, caen crecidos. La realidad golpeó de tal
modo a mi amigo Juan Bustos... que salió de su depresión.
¿Y qué debería
hacer América para mejorar su futuro?
Ser ella misma. Tiene que elegir
entre ser cara o ser caricatura. Si quiere copiar al norte, se convierte
en caricatura, en una grotesca imitación del otro.
O sea, debería recuperar
su identidad.
Eso es: ser. Juntarse sus países,
afirmar su identidad perdida. Lula y Kirchner lo han sabido ver: es de
sentido común. Hay que cooperar, como los patos.
¿Los patos?
Fíjese en cómo vuelan
los patos. Forman un vértice, vuelan en grupo, en forma de punta
de flecha. Eso les permite avanzar, eso hace posible su vuelo. Si no lo
hicieran así, no lo conseguirían. ¡Ellos tienen más
sentido común que nosotros!
Buen símil.
Además, nadie se siente “subpato”
por volar en la parte de atrás, porque luego pasa hacia adelante,
y el de delante, que se cansa más, pasa hacia atrás. Sentido
comunitario: sentido común.
Aboga usted por el grupo, por
la colectividad.
Es que estamos condenados a la ayuda
mutua. ¡Sólo eso nos hizo posibles como especie! Si no, no
hubiéramos durado ni un cuarto de hora. Deje a un bebé humano
solo y no durará mucho. Somos tan frágiles...
Para ilustrar esto que dice, Galeano
me remite al primer texto de su libro “Bocas del tiempo” (un compendio
de breves ¿relatos?, ¿artículos?, ¿historias?,
¿cuentos?... Todo eso son), que empieza así: “Oriol Vall,
que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona,
dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al
mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como
buscando a alguien”.
Entendido. Pero alguien podría
decirle: ¿no es eso una utopía?
Sí, pero utopía es
ese lugar hacia el que caminas sin jamás llegar a él, porque
es como la línea del horizonte: avanzas hacia ella diez pasos, y
ella se corre otros diez pasos.
¿Y para qué sirve
la utopía?
Para caminar.
Pero hemos visto tanta barbarie
en nombre de utopías...
Eso no es culpa de la utopía,
sino de quien la usurpa diciendo que ya ha llegado a ella. Tampoco Dios
tiene culpa de los horrores cometidos en su nombre. A la utopía,
si la apresas, la traicionas.
No es una estación término.
Hay que tener la certeza de que es
inalcanzable. Pero si no sabemos clavar la mirada más allá
de la infamia para adivinar otro mundo... nos paralizamos
Caminemos.
¡Imaginemos el futuro, en vez
de aceptarlo como una maldición!
¿Cuál es su aspiración
personal, eso que un día usted hará?
Cada día me lo pregunto. Y
cada día me digo que el mejor día es el día que todavía
no he vivido. |