Juan Gelman - rodelu.net |
26 de agosto de 2006
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Página12
de Argentina - 26 de agosto de 2006
Dos vergüenzas
Juan
Gelman
Se
asiste en Israel a un incipiente movimiento de protesta en torno de la
guerra que Tel Aviv desatara contra Hezbolá –y Líbano– en represalia por la
irrupción en su territorio y la captura de dos soldados israelíes que llevó a
cabo la guerrilla libanesa: exige el establecimiento de una comisión que
investigue por qué las Fuerzas de Defensa de Israel no lograron sus objetivos de
destruir a Hezbolá, detener sus ataques con misiles y liberar a los efectivos
capturados. Para el columnista israelí Meron Benvenisti, en esa demanda
confluyen dos pujos contrarios: uno “se opone a la guerra y quiere castigar a
sus ejecutores, con la esperanza de que sacar a luz su fracaso político y moral
frenará a los autores de guerra en el futuro”. El otro “aspira a escrutar los
problemas de la maquinaria bélica y a preparar al ejército para una nueva lid
que borraría la vergüenza del fracaso” (Ha’aretz, 24/8/06). No es el único tipo
de vergüenza que existe en Israel.
Dani Broitman es un argentino de 38 años y hace 18 que vive y trabaja en el
kibutz Magal. Es israelí por elección y no se arrepiente de haberlo decidido.
“Precisamente por eso –dice en una carta estremecedora–, a la par del orgullo de
vivir en un país envidiable en muchos aspectos, llevo la vergüenza encima como
un lastre, siempre. Está ahí, agachada, esperando que la mire cuando recuerdo
cómo tratamos cotidianamente a los palestinos, o emboscándome, cuando veo lo que
hacemos con toda persona que por su origen o religión no pertenezca a la casta
de los privilegiados.” La carta está fechada el 31 de julio, día en que un
bombardeo israelí segó en Qana la vida de 60 civiles libaneses, 37 de ellos
niños: “Hay momentos –agrega–, como en las últimas semanas en las que nos
dedicamos sistemáticamente a destruir un país indefenso (sin importarnos, por
supuesto, el precio que ellos pagan, e importándonos muy poco el que nosotros
mismos pagamos), en que la vergüenza pasa a ser algo cotidiano y palpable, con
la que me levanto y me acuesto todos los días. Y hay días como hoy... en que la
vergüenza me pesa en los hombros y no me deja caminar”.
Dani Broitman se ha negado a servir como reservista en los territorios
palestinos ocupados y eso lo convirtió en “refuznik” y le costó sanciones.
Señala: “Los terroristas palestinos nos obligaron a vivir con temor durante
largos meses, en el punto más álgido de la ola de atentados suicidas. Los
aplastamos brutalmente, reproduciendo todas las condiciones para que una nueva
generación de condenados nos odie tanto como para inmolarse junto a nosotros”.
Recuerda los 18 años de ocupación militar israelí del sur de Líbano y concluye:
“Los milicianos de Hezbolá que combaten hoy a nuestro ejército son los hijos de
quienes la sufrieron”. Su crítica no se detiene: “En nuestra zona, democracia es
el gobierno que le agrada a Israel... Si los palestinos se atreven a elegir al
partido incorrecto, los sometemos a bloqueo y los hambreamos, ya que no
entienden lo que significa la bendita palabra. En Líbano... la población chiíta
no comprende que para ser democrático hay que elegir un representante blanco que
sepa hablar inglés y ame a McDonald’s y Chevron... Por suerte estamos nosotros,
quienes por medio de tanques, aviones, y buena voluntad, tratamos de explicarles
cómo se hace para entrar en el mundo libre”.
La ironía de Dani Broitman roza luego el sarcasmo: “A tres kilómetros de mi
casa hay una base de misiles. A diez kilómetros hay una base de entrenamiento de
reclutas, pegada a Pardes Hana, una ciudad mediana. Al lado de Safed (una de las
ciudades más bombardeadas por Hezbolá) está la base central del comando norte
del ejército. Los cañones del ejército israelí disparan desde posiciones
ubicadas entre poblaciones del norte del país. El estado mayor conjunto está
ubicado en pleno centro de Tel Aviv. Pero son los milicianos de Hezbolá los
únicos cínicos que cobardemente se escudan entre civiles para perpetrar sus
atropellos”. Condena el fanatismo religioso de Hezbolá y Hamas, “movimientos
sociales y políticos contrarios a cualquier valor que se me ocurriría esgrimir”.
Pero apunta que nunca autorizó al liderazgo político-militar de Israel a
“arrasar un país vecino sólo para demostrar nuestra virilidad. Les grito en cada
manifestación contra esta guerra criminal que no lo hagan en mi nombre”.
Dani Broitman termina su carta de manera contundente: “A mis representantes
(el primer ministro Ehud Olmert, el ministro de Defensa Amir Peretz, el jefe de
estado mayor Dan Halutz) tengo que pedirles cuentas. Son ellos los que mantienen
a un millón de ciudadanos israelíes en los refugios durante semanas. Son ellos
los que destrozan al Líbano día a día en una furia macho-militarista sin
límites. Son ellos los que al fin de la guerra van a liberar a miles de
prisioneros en canje por nuestros tres soldados, cuando lo podrían haber hecho
el primer día sin derramar ríos de sangre. Son ellos los que espero, como
ciudadano israelí preocupado por su futuro y por el de sus hijos, que sean
juzgados un día en el tribunal internacional para crímenes de guerra de La
Haya”. “Cuando deje de indignarme –decía André Gide–, comenzará mi
vejez.”
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