Juan Gelman - rodelu.net |
30 de Septiembre de 2006
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Página12
de Argentina - 28 de Septiembre de 2006
Inteligencias
Juan
Gelman
Presionado
por las reacciones que provocó, incluso entre los republicanos, la
noticia que el domingo 24 publicaron el New York Times y el Washington Post
acerca del documento que evalúa negativamente el desarrollo de la “guerra
antiterrorista”, G.W. Bush dio a conocer el martes una parte del informe que en
abril elaboraron los 16 organismos de espionaje de EE.UU. Son cuatro páginas de
30, según los que lo leyeron, y en efecto señala que la actividad terrorista
“aumenta en número y en dispersión geográfica” esencialmente a consecuencia de
la invasión y ocupación de Irak: “El conflicto iraquí se ha convertido en la
cause célèbre de los jihadistas, alimenta un profundo resentimiento contra
EE.UU. en el mundo musulmán y cultiva seguidores del movimiento jihadista
mundial” (i.a.cnn.net/cnn/2006, 26-9-06). La inteligencia del presidente Bush no
acepta lo que dicen sus servicios de inteligencia.
En la conferencia de prensa del martes 26 en que anunció la desclasificación
parcial del documento, volvió a aseverar que “el único modo de proteger este
país es permanecer a la ofensiva” y atribuyó la filtración a funcionarios
interesados en “confundir las mentes del pueblo norteamericano” (New York Times,
27-9-06). El informe es taxativo: “Si esta tendencia (el crecimiento del
terrorismo) continúa, las amenazas a los intereses de EE.UU. tanto en el propio
territorio como en el extranjero se diversificarán y se incrementarán los
ataques en todo el mundo... Crece el sentimiento antiestadounidense y contra la
globalización, y esto incentiva a otras ideologías radicales. Podría empujar a
algunos grupos izquierdistas, nacionalistas o separatistas a adoptar métodos
terroristas para atacar los intereses de EE.UU. El proceso de radicalización se
desenvuelve con más rapidez, amplitud y anonimato en la era del Internet y abre
la posibilidad de ataques por sorpresa de grupos desconocidos cuyos miembros y
cómplices sería difícil identificar”.
Es un golpe inesperado para la Casa Blanca a seis semanas de las elecciones
del 7 de noviembre en que se elegirán nuevos parlamentarios y algunos
gobernadores: descalabra la estrategia electoral de los republicanos, basada en
la consigna de que la guerra antiterrorista acrecentó la seguridad de EE.UU. Los
demócratas no tardaron en llevar estas aguas a su molino: “La guerra de Irak
disminuyó nuestra seguridad”, comentó John D. Rockeller, la figura principal de
ese partido en el Comité de Inteligencia del Senado. El senador Edward Kennedy
asestó: “Abunda la evidencia de que necesitamos un nuevo curso en Irak mediante
el redespliegue estratégico de nuestras tropas para combatir y ganar la
verdadera guerra contra el terrorismo. El pueblo estadounidense lo sabe y
nuestros líderes militares también. Son los dirigentes republicanos, con la
cabeza metida en la arena, los únicos que se niegan tercamente a cambiar el
rumbo y así tornan más difícil la guerra antiterrorista” (AP, 24-9-06). La
oferta es obvia: los demócratas la harían mejor.
Casi los dos tercios de la opinión pública norteamericana estima que la
guerra de Irak va “de algún modo mal” (28 por ciento) o “muy mal” (33 por
ciento), según la encuesta que el New York Times y la cadena CBS realizaron a
principios de mes. Hasta el mismo credo que profesa G.W. Bush, el de la Iglesia
Metodista Unida, se ha unido a la campaña de protesta y desobediencia civil
pacíficas contra la guerra: sus representantes firmaron frente a la Casa Blanca
la declaración de más de 500 organizaciones –casi la mitad, confesionales– que
exige al mandatario la retirada de las tropas. El llamamiento califica la
situación en Irak de “incendio interminable que consume vidas, recursos y las
frágiles posibilidades de paz”. La obispo Susan Morrison señaló en el acto de la
firma: “La demanda de nuestro movimiento es terminar la guerra ya” (Common
Dreams News Center, 25-9-06). Se ignora si la postura de su propia iglesia ha
creado alguna duda a quien se cree ejecutor de una misión que Dios le
encomendó.
La situación del frente militar ennegrece a la Casa Blanca: el número de
bajas definitivas de sus efectivos en Irak se acerca a 2700, además de 20.000
heridos –una estimación modesta–, para no hablar de las decenas de miles de
civiles iraquíes que siguen muriendo día a día. La guerra les viene costando
300.000 millones de dólares hasta ahora y se ha disipado la ilusión de que la
producción petrolera de Irak la financiaría muy pronto. El general Peter J.
Schoomaker, jefe del Estado Mayor del ejército, pide al Pentágono un aumento del
41 por ciento del presupuesto militar, que este año es de apenas 98.200 millones
de dólares, aumento que considera imprescindible para mantener el actual nivel
de combate en el país ocupado (Los Angeles Times, 25-9-06). No es la única
esperanza de preguerra que se licuó en la Casa Blanca.
El jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, aseguraba antes de la invasión de
marzo del 2003 que a fines de ese año sólo quedarían 30.000 soldados
norteamericanos en Irak. Durante todo el 2005 dijo que retiraría 30.000 para
custodiar los comicios de noviembre, pero su número aumentó, llega a 145.000
efectivos y los mandos dicen en privado que la única solución para ganar la
guerra es enviar 60.000 soldados más, en particular reservistas y guardias
nacionales (ABC, 25-9-06). Esto socava las posibilidades electorales del partido
republicano: los unos y los otros tienen casa, familia, trabajo y raíces en sus
comunidades, y probablemente ninguna gana de morir en Irak. Como dijo un francés
anónimo, una guerra no produce 100.000 muertos, sino 100.000 veces una
muerte.
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