Juan Gelman - rodelu.net |
2 de septiembre de 2007
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Página12
de Argentina - 31 de agosto de 2007
De Lady a secreto de Estado
Juan
Gelman
El
31 de agosto de 1997, el Mercedes que transportaba a la
princesa Diana y al millonario egipcio Dodi al Fayed se empotró en un pilar del
túnel que pasa debajo del Puente de Alma en París. Ambos fallecieron, también el
chofer, Henri Paul, y sólo no perdió la vida el guardaespaldas de Dodi, Trevor
Rees-Jones. A casi 10 años del hecho, Lord Stevens presentó finalmente las 800
páginas del informe que se le encargara para echar luz sobre lo acontecido. Sus
conclusiones: se trató de “un trágico accidente”, el automóvil viajaba a
velocidad excesiva, la culpa fue del conductor, que había ingerido demasiado
alcohol, y no de los paparazzi que perseguían el vehículo. Esta es la tesis
oficial de los gobiernos británico y francés y a ella se atienen no pocos
documentales o películas de casi ficción como La muerte de Lady Di, que el
Discovery Channel proyectó el domingo 26. El día anterior, France 3 daba a
conocer Diana y los fantasmas del Alma, un documental bien diferente, dirigido
por Francis Gillery.
Gillery cuestiona tanto la versión oficial como la hipótesis del complot en
la que insiste el padre de Dodi, el multimillonario Mohammed al Fayed –dueño de
la cadena Harrod’s pero rico sobre todo por el mismo comercio que practicaba su
hijo, la venta de armas–, convencido de que la Corona no iba a permitir que
Diana se casara con un árabe. El documental sugiere que no hubo accidente sino
crimen y que el objetivo podría haber sido Dodi –tal vez por sórdidas razones de
negocios–, una muerte oscurecida y aun borrada por el magnetismo mediático de
Diana y el cariño que le tenía –y le tiene– el pueblo inglés. Tampoco esto
interesa centralmente a Gillery. Tras siete años de investigación concluye que
tanto el silencio francés como el relato británico obedecerían a los imperativos
del secreto de Estado. Buceó en papeles, interrogó a testigos y descubrió cosas.
Raras.
Gillery había evocado años atrás en Lady Died –un libro primero, luego un
documental– la conversación que sostuvieron en París James Andanson, el
fotógrafo preferido de Diana, y Frédéric Dard, el escritor más leído de Francia,
inventor del comisario San-Antonio y autor de cuentos, dramas y novelas
policiales. Andanson circulaba por el túnel del Alma cuando se produjo el hecho,
se acercó, tomó fotos y observó detalles que comentó con su amigo en la comida
que éste le ofreció en su casa. Andanson habría sido suicidado a comienzos de
mayo del 2000: su BMW negro apareció incendiado en un bosquecito del sur de
Francia y lo curioso es que no habría aparecido el cuerpo carbonizado, como
suele suceder, sólo cenizas y huesitos. Hubo filtraciones a los medios que
explicaban el “suicidio”: que el fotógrafo se había matado al descubrir la
infidelidad de su mujer, o que su vinculación con el M16 británico y los
servicios franceses le había traído la desgracia. Lo primero lo desvinculaba de
cualquier relación con la muerte de Diana. Lo segundo, todo lo contrario. A
continuación, y sólo un mes después, falleció Dard. Casualidades son
casualidades.
Una instancia judicial interrogó durante horas a la viuda y a la hija de
Dard, presentes en la conversación de marras, primero por separado, luego
juntas. “Como mantenían su testimonio, fueron acosadas hasta que les hicieron
decir que se habían levantado de la mesa para servir los platos y que tal vez
habían entendido mal la conversación. Sin embargo, los Dard tenían meseros”,
relató Gillery en una entrevista reciente que otorgó al periodista y escritor
Thierry Meyssan, presidente del Réseau Voltaire. No hay por qué pensar mal: nada
impide que se ayude al personal de servicio, aunque la conversación sea muy
interesante.
Gillery subrayó otros hechos: en el legajo judicial francés no figuran las
investigaciones de los servicios del primer ministro de entonces, el socialista
Lionel Jospin, ni las de la brigada antiterrorista. No hubo autopsia del cadáver
de Dodi: se partió del presupuesto de que era un accidente. Nunca se localizó al
Fiat 1 blanco –ni a su dueño– cuya lentitud en el túnel habría provocado la
maniobra fatal. Dodi no estaba paseando por París –como se dijo–, concurría a
una cita de negocios. Los resultados del análisis de sangre del conductor, Henri
Paul, son dudosos: además de alcohol, se detectó una cantidad de monóxido de
carbono “que no le habría permitido estar de pie y todavía menos conducir un
vehículo”. No sería su sangre la que se analizó, propone Gillery. Un segundo
análisis realizado días después arrojó los mismos resultados, “lo cual es aún
más ridículo, pues el índice de alcoholemia tendría que haber variado con el
tiempo”. Ni en los análisis de sangre se puede ya creer.
Henri Paul era jefe de seguridad del Hotel Ritz en el que la pareja se
alojaba. Según la policía británica, había sido informante de los servicios de
inteligencia franceses y poco antes de morir depositó mucho dinero en una de sus
15 cuentas bancarias. Otro misterio que no aborda el informe británico oficial.
Se limita a mencionar que el conductor perdió el control del auto, pero no
explica la razón. “Era importante analizar la caja eléctrica –señala Gillery– y
en el informe se asegura que todo estaba en muy mal estado y que no se podía
examinar. Evidentemente, no es creíble en el caso de la caja.” A su juicio, Lord
Stevens –ex comisionado de la Policía Metropolitana agraciado con el título de
barón de Kirkwhelpington en 2005, en plena preparación del informe– descartó los
hechos discordantes con la versión buscada y no ahondó en los que no podía
descartar. Y guarda silencio Trevor Rees-Jones, guardaespaldas que fuera de Dodi
y único testigo de la tragedia: afirma que la amnesia le impide recordar lo
sucedido.
Todos estos elementos llevan al cineasta y escritor francés a manifestar que
su empeño no sólo comprueba nuevamente la existencia del secreto de Estado: es,
en el caso Diana, “un estudio del mecanismo de la mentira de Estado. Solo y sin
recursos, logré reunir mucha información –apunta–. No puedo creer que Scotland
Yard, con una decena de investigadores dedicados al tema a jornada completa y
con los medios considerables de que dispone, no la haya obtenido en tres años de
pesquisa”. Francis Gillery revela cómo se fabrica un secreto de Estado. Le
resultó posible –con mucho trabajo, claro– porque tres personas pueden guardar
un secreto sólo si dos de ellas están muertas, pensó Benjamin
Franklin.
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