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de Argentina - 10 de febrero de 2005
Haced
lo que yo digo
Juan
Gelman
El Pentágono
anunció la retirada de 15 mil de los 150.000 efectivos militares
que depositó hasta ahora en Irak. Fueron enviados para reforzar
la seguridad durante las elecciones del 30 de enero y se irán en
marzo, en principio y tal como estaba proyectado. Los 135.000 restantes,
quién sabe cuándo: “Queda por recorrer un camino muy difícil”
para derrotar a los insurgentes, aseveró Paul Wolfowitz en una audiencia
que el Comité de Servicios Armados del Senado estadounidense celebró
la semana pasada (The Washington Post, 5-2-05). El segundo de Donald Rumsfeld
adelantó también que no habrá más recortes
de invasores en todo el 2005 y reiteró que el cese de la ocupación
dependerá de la rapidez con que militares y policías iraquíes
reciban el entrenamiento y el equipo adecuados para cumplir sus funciones
sin ayuda ajena, apenas como escudo de la ayuda ajena. El general Richard
B. Myers, jefe del Estado Mayor conjunto, puntualizó en la misma
audiencia que el “ausentismo” –nombre elegante de la deserción–
es del 40 por ciento en el ejército iraquí y que apenas el
30 por ciento de los 136.000 enrolados en las fuerzas de seguridad locales
está en condiciones de combatir. El senador demócrata Joe
Biden, figura destacada del Comité de Relaciones Exteriores, achicó
esa evaluación: “El número de iraquíes preparados
para luchar contra la insurgencia oscila entre 4000 y 18.000” (The Washington
Post, 6-2-05). Pareciera que el camino a recorrer, además de muy
difícil, será largo.
O permanente. La Casa Blanca no
renuncia a su sueño imperial y Wolfowitz anticipó que las
fuerzas armadas norteamericanas aumentarán en número, algo
ya previsto por el Pentágono para el 2006: 17.500 millones de dólares
se destinarán a la compra de vehículos y cañones y
a la creación de dos nuevos batallones de infantería, tres
compañías de exploradores y varias unidades de apoyo en el
cuerpo de marines (Star and Stripes, 8-2-05). Otros 5000 millones de dólares
permitirán establecer y equipar tres nuevas brigadas de combate
del ejército. Todo esto se financiará en virtud de una práctica
que el gobierno Bush inició en el 2004 en materia de gastos militares:
presenta al Congreso un presupuesto de defensa ligeramente modificado respecto
del que se aprobara el año anterior y por cuerda separada agrega
miles de millones de dólares a título de partidas complementarias.
Aparte de las sumas ingentes del presupuesto de defensa “oficial” de este
año, Bush hijo ha pedido 81.000 millones de dólares más
para las operaciones en Irak y Afganistán durante el 2005. El Congreso
ha aprobado ya “complementos” por valor de 203.000 millones de dólares
desde el 11/9. Ese disfraz presupuestario a nadie engaña.
Los “halcones-gallina” siguen atendiendo
a los consejos de sus mentores ideológicos agrupados en el Proyecto
para el Nuevo Siglo Estadounidense, uno de los think-tanks que con más
contumacia abogan por el dominio norteamericano del planeta. “Las fuerzas
armadas de EE.UU. son demasiado limitadas para asumir las obligaciones
que les estamos pidiendo que asuman”, pontifican dirigentes del Proyecto
en carta dirigida a varios representantes y senadores (Veterans Against
the War, 7-2-05). Les exigen que el Congreso autorice un incremento de
al menos 25.000 efectivos cada año para “sostener la guerra contra
el terrorismo y cumplir con nuestras otras responsabilidades en todo el
mundo”. Se conoce la naturaleza de esas “otras responsabilidades”, pero
de dónde saldrá tanta tropa. Por primera vez desde 1995,
los marines incumplieron su meta de reclutamiento para enero pasado. El
jefe de la Guardia Nacional del ejército, general Roger C. Schultz,
reconoció que en el mismo mes sólo se enroló un 56
por ciento del personal requerido por el cuerpo (CNN, 6-2-05). El Pentágono
ofrece ahora incentivos especiales a los militares con mayor experiencia
de combate: aumentos de salario y una prima de 150.000 dólares a
quienes se reenganchen por seis años más (The New York Times,
6-2-05). Al terminar sus contratos, no pocos suboficiales y asimilados
eligen la vida civil y se convierten en agentes de seguridad de las empresas
extranjeras que instalaron filiales en Bagdad o Kabul después de
las respectivas invasiones. Se explica: un boina verde con 20 años
o más en las filas recibe un sueldo básico de 50.000 dólares
anuales y las compañías privadas pagan hasta 200.000. Este
drenaje no cesa desde mayo del 2003.
Hay más. EE.UU., tan alarmado
por el desarrollo nuclear de Irán, se apresta a renovar y aumentar
su arsenal nuclear. En los tres laboratorios del ramo –Lawrence Livermore,
Los Alamos y Sandia–, unos cien especialistas diseñan calladamente
armas más potentes en el marco de un programa que aprobó
el Congreso y supervisa la Administración Nacional de Seguridad
Nuclear. Es éste no más que el comienzo de un vasto proyecto
que conducirá ineluctablemente a la realización de ensayos
con las nuevas armas nucleares, prohibidos por las convenciones internacionales
de las que EE.UU. es Estado Parte. Pero eso no arredra a la Casa Blanca.
En Abu Ghraib y Guantánamo demostró que tampoco los Convenios
de Ginebra le impiden violar los derechos humanos. La ley es ley para todo
el mundo, no para la potencia autoungida guardián de la democracia
y la libertad en todo el mundo. |
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