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Brzezinski supo formularlo años ha: Asia central es clave para
dominar el mundo por sus reservas de petróleo y gas natural. En su libro The
Grand Chessboard-American Primacy and it’s Strategic Imperatives (Basic Books,
Nueva York, 1997), quien fuera asesor de Carter, Reagan y Bush padre señala que
en Eurasia (Rusia, Medio Oriente, India y China) se concentran “las tres cuartas
partes de los recursos energéticos mundiales conocidos” y saca las conclusiones:
para dominar al mundo entero, EE.UU. debe controlar esa extensa región. No otro
sentido tienen la invasión de Irak y Afganistán, la proyectada de Irán y la
promoción de “cambios democráticos” en Ucrania y otros ex miembros de la
disuelta Unión Soviética que, casualmente, también poseen importantes reservas
de oro negro. La realización del proyecto se está tornando difícil para la Casa
Blanca y el vice Dick Cheney visitó Kazajstán a principios de mayo con el
designio de imponerlo. El día anterior había criticado a Moscú “por su uso del
petróleo y del gas natural como herramientas de intimidación y chantaje” (The
New York Times, 6/5/06).
El presidente kazako, Nursultan Nazarbayev, gobierna su país con mano de
hierro desde hace 12 años. En diciembre del 2005 ganó su tercer mandato sexenal
con el 91 por ciento de los sufragios, una votación que recuerda las de la época
soviética. Pero Kazajstán produce 1.200.000 barriles de crudo por día y se
estima que llegará a 3 millones en el 2015, cuando la demanda mundial habrá
crecido un 50 por ciento en comparación con 1993. De manera que Cheney, el gran
impulsor de “la libertad” en todo el mundo, olvidó sus veleidades democráticas
para expresar “admiración” por el dictador con la esperanza de que aceptara la
construcción –por empresas yanquis, desde luego– de un oleoducto que atraviese
Azeibarján y desemboque en Turquía evitando el paso por Rusia. Le fue mal: el
ministro de Energía kazako no tardó en garantizar a Moscú el transporte de
petróleo ruso a China por el ducto Atasu-Alashankou recientemente
inaugurado.
En junio del 2001 nació la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS)
formada por Rusia, China y cuatro ex repúblicas soviéticas de Asia Central:
Kazajstán, Tadjikistán, Uzbekistán y Kirguisistán. El mes que viene Irán, hasta
ahora país observador, será invitado a ingresar a la OCS como miembro pleno, y
Lio Tan, embajador de China en Teherán, anunció en abril pasado la pronta firma
de un acuerdo de no pequeña dimensión: se estima que su valor será al menos de
100.000 millones de dólares. Incluye la explotación conjunta del rico yacimiento
marino iraní de Yadavarán y la compra por China de 250 millones de toneladas de
gas natural líquido en 25 años (www.globalre search.ca, 7/5/06). Por algo Pekín
se opone a las sanciones contra Irán que EE.UU. quiere imponer al Consejo de
Seguridad de la ONU.
En el encuentro de la OCS que tendrá lugar el 15 de junio próximo se
analizará el diseño de una estrategia común de esos países asiáticos, que
incluye proyectos conjuntos de trazados de oleoductos y de prospección de
reservas petrolíferas, y se invitará a Mongolia, Pakistán y la India a
participar en el organismo. La OCS podría convertirse en un obstáculo formidable
para los sueños imperiales de los “halcones-gallina”. Por otra parte, los
ministros de Energía de Irán, Pakistán y la India se volverán a reunir para
examinar la propuesta de construir un gasoducto que una las tres naciones y
suministre gas natural iraní a las dos últimas. La Casa Blanca, que siempre
consideró a Nueva Delhi el contrapeso de Pekín en la región, presiona duro para
impedirlo. El dolor de cabeza más grande para los diseñadores de la geopolítica
energética norteamericana es, en efecto, China.
El 18 de abril, el presidente chino Hu Jintao inició una visita de cuatro
días a EE.UU. y tuvo que padecer un par de insultos deliberados de la Casa
Blanca. El más grave se produjo al encontrarse con Bush: resonó el himno chino,
pero el de Taiwan, no el de la República Popular. Hu no se inmutó: terminada su
estadía en Washington fue a Arabia Saudita –que la Casa Blanca considera una
piedra fundamental de su política energética– donde firmó un acuerdo por valor
de 5200 millones de dólares destinados a construir una refinería de petróleo y
una petroquímica en el nordeste de China. Luego anduvo por Nigeria, Kenia y
Marruecos, países que se ubican dentro de la esfera de influencia
estadounidense. Hace un par de meses el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld,
estuvo en Rabat para vender armamento. Hu ofreció financiar la prospección de
las reservas marroquíes de petróleo y gas natural.
Brzezinski señala en su libro que uno de “los imperativos de una
geoestrategia imperial” consiste en “impedir que los bárbaros se unan”. Parece
que se están uniendo y tal vez se cumpla antes de lo previsto una profecía del
que hoy es un neoconservador “realista”: “A largo plazo, las políticas globales
serán cada vez más incompatibles con la concentración del poder hegemónico en un
solo estado. EE.UU. no sólo es la primera y única superpotencia verdaderamente
mundial que haya existido nunca, sino que probablemente también será la última”.
Amén.