Angel Guerra Cabrera - rodelu.net |
15 de junio de 2007
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Bush: el diagnóstico exacto
George W. Bush se lució en la cumbre del G8 y en su periplo europeo.
Destrozó la cándida expectativa de que la cita aportara algo constructivo
al destino del planeta y, además de memorables protestas, dejó a su paso
una estela de terror. Al emperador en turno -lo comprobamos desde Nueva
Orleáns hasta Irak, Palestina, Afganistán, Somalia y Sudán- le importa un
comino la vida de los seres humanos. Lo sabíamos desde su criminal
negativa a firmar el Protocolo de Kyoto y lo corroboramos por su oposición
a toda iniciativa que implique el control internacional sobre sus
crecientes arsenales de armas de destrucción masiva. Pese a que sus
soldados mueren en Irak como moscas persiste en mantenerlos allí. Gasta
una millonada en construirles bases militares permanentes, lo que hace
puro parloteo la discusión en el Capitolio y la prensa de Estados Unidos
sobre la eventual retirada.
Angel Guerra Cabrera
El desdén declarado del pequeño sátrapa por el derecho internacional es
equivalente al que siente por los intereses y opiniones de sus propios
aliados y socios. En la reunión del G8 dio una bofetada a la anfitriona
Angela Merkel y a otros miembros del grupo que habían anunciado la
adopción del compromiso de reducir a la mitad las emisiones contaminantes
para 2050. No era más que un paliativo a una tragedia cuyos efectos
tangibles son ya aterradores pero habría constituido un alentador paso
para contrarrestarla.
Nada de disminuir el calentamiento global, ordenó el Calígula
contemporáneo. Eso sí, impulso enloquecido a la carrera armamentista
nuclear con sus provocaciones a Rusia, como en los momentos más
apocalípticos de la guerra fría. En su paseo por Europa, Bush me
hizo recordar la famosa frase inscrita por la imaginación de Dante a las
puertas del infierno, que seguramente ignora. Abandonad toda esperanza de
solución, quiso decirnos, a las dos graves amenazas a vuestra existencia
misma: el cambio climático y la proliferación atómica.
Los demás miembros del llamado club de los ricos, con la salvedad de
Vladimir Putin, asistieron al encuentro como convidados de piedra. El ruso
desnudó el plan bushista de apuntar a bocajarro contra su país los cohetes
de la OTAN al contraproponer un dispositivo compartido por las dos
potencias como alternativa al "escudo" estadunidense a dislocarse en
Polonia y la República Checa. La respuesta del ocupante de la Casa Blanca
no se hizo esperar al proclamar la virtual independencia de Kosovo, como
acertadamente la percibieron los separatistas de Pristina. El premier de
Serbia, Vojislav Kostunica, lo acusó de "ofrecer" territorios de ese país.
Para subrayar su rango de dueño del mundo y su manía injerencista, Bush
llegó a prometer a Belgrado el ingreso a la Unión Europea a cambio de
aceptar la mutilación territorial. La nueva ofensa a Rusia no podía ser
más irresponsable, aunque difícilmente su autor tenga ni idea de lo que
significa Kosovo para los serbios y Serbia para los rusos.
De las promesas de ayuda a Africa de "los ocho", siempre incumplidas, o
su consabida monserga sobre el comercio internacional, mejor ni hablar. No
me inspira simpatía ningún líder de la Unión Europea, me repugna su
sumisión a Washington. Pero no dudo que la canciller alemana, hasta por
elemental instinto maternal, se tomara en serio la propuesta de reducir el
calentamiento global. Es cierto, los que se reúnen en el club de los ricos
representan, con la excepción canadiense y la neocapitalista rusa, a las
mismas potencias imperialistas que se repartieron el planeta a finales del
siglo XIX. Las que más tarde lo condujeron a las dos mayores carnicerías
de la historia -culminadas con el genocidio de Hiroshima y Nagasaki-, que
hoy continúan disputándose los recursos del tercer mundo y son las grandes
responsables del envenenamiento atmosférico.
Sin embargo, ante la abrumadora evidencia presentada por la comunidad
científica sobre las catastróficas consecuencias que depara el cambio
climático de no tomarse ya medidas drásticas, no es imposible que algunos
en esa elite comiencen a darse cuenta de que el modelo de producción y
consumo, encarnado hoy en el paradigma estadunidense, conduce en unas
cuantas generaciones al extermino del género humano.
Excluyo de aquella posibilidad al matarife de iraquíes, presa de la
idea de "sangre por petróleo" y sin más noción de la política que la
fuerza bruta. Fidel Castro le clavó el diagnóstico exacto: "Bush lo espera
todo de un zambombazo".
Publicado en La Jornada el 14 de junio de 2007
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra_123@yahoo.com.mx
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