Una encuesta similar
en los países pobres sería ociosa, dado el notorio y ascendente repudio
a la globalización protagonizado en éstos desde hace más de dos
décadas. Especialmente en América Latina, donde no se le ve el final a
las protestas, desde locales y sectoriales hasta rebeliones populares
nacionales, expresadas en las calles y mediante el sufragio.
Pero,
¿qué se entiende por globalización? La respuesta depende del punto de
vista de quien la ofrezca. Están la versión del poder, ya no tan
almibarada como en los primeros tiempos, aunque ahora más tramposa, y
la alternativa, basada en el interés de los pueblos y la lectura
objetiva de los datos de la realidad social. Trataré de resumir la
última, ya que la primera es ampliamente conocida y machacada a diario
por los medios dominantes.
La globalización neoliberal, sí,
con apellido, no es una fase ineludible y fatal del progreso
que opera ciegamente. Es una política deliberada de las potencias
imperialistas encabezadas por Estados Unidos, cuyo auge se enmarca
históricamente a partir del inglorioso derrumbe del socialismo
soviético, que pretende llevar hasta sus últimas consecuencias la
mundialización capitalista, ampliada sucesivamente desde el siglo XV.
El derrumbe pareció condenar al mundo a la voluntad de expolio,
dominación y guerra de una sola potencia, produjo enormes deserciones
en la izquierda comunista o radical y una gran confusión ideológica,
que permitió al imperialismo desencadenar una ofensiva planetaria por
la obtención máxima de ganancia, el fin de las soberanías nacionales de
los países pobres, el saqueo recolonizador de sus recursos y la
marginación y pauperización aceleradas de cientos de millones de
trabajadores, indígenas, desempleados y sus familias, tanto en los
centros imperiales como en las regiones pobres. Los imperialistas y sus
socios locales se sintieron con las manos libres para poner en práctica
medidas que ya habían desechado mucho antes como muy peligrosas para el
propio sistema capitalista debido a sus explosivas consecuencias
sociales y políticas. Se desmantelaron en todas partes derechos
conquistados a fuerza de grandes luchas de los trabajadores y cundió la
depredación ecológica.
El proyecto fue concebido aprovechando
viejos y nuevos instrumentos, entre ellos el Banco Mundial y el Fondo
Monetario Internacional, el novel Consenso de Washington, la
Organización Mundial de Comercio, el Pentágono, la CIA, la OTAN, el
sistema escolar a todos los niveles y los llamados medios de
comunicación de masas, cada vez más centralizados y emponzoñados en
medio de un periodo sin precedente en la concentración capitalista. Ha
abarcado regresivas transformaciones económicas, ideológicas,
políticas, sociales, culturales -las famosas "reformas"-, apoyadas en
una creciente militarización y la criminalización del pensamiento
cuestionador y la protesta social. Se difundieron los mitos de la
ineficacia del Estado y la necesidad de su achicamiento, la bondad de
las privatizaciones y la "desregulación" de las actividades económicas,
supuestamente llamadas a crear una "derrama" general de bienestar. En
efecto, los Estados se achicaron, pero para liquidar su función de
redistribución de la riqueza, ya que los aparatos militares y
represivos crecieron como nunca antes como parte del objetivo de
esclavizar a la humanidad. Lo más reaccionario del "paquete" neoliberal
es que no fue consultado a los pueblos, en la acción más
antidemocrática llevada a cabo por los Estados imperialistas. El
atentado terrorista del 11/S fue aprovechado para recrudecerlo mediante
el lanzamiento de genocidas guerras de conquista en Afganistán, Irak y
Líbano, cuyo fracaso ha acelerado la evidencia incontrovertible de su
inviabilidad.
Publicado en
La Jornada el 26 de julio de 2007