Méritos revalidados durante 12 meses de enfermedad del jefe de la
revolución en que ha mantenido firmemente el timón con serenidad, tacto,
trabajo sistemático, espíritu de equipo y distribución de
responsabilidades, atento al sentir de sus compatriotas. Su proverbial
discreción no ha impedido apreciar al sabio estadista. A Raúl y a la unida
dirección revolucionaria y al culto y consciente pueblo de Cuba hay que
atribuir la liquidación de los delirios del imperialismo y sus
intelectuales tarifados acerca del inminente derrumbe de la revolución en
las nuevas circunstancias, pues uno de los rasgos sobresalientes de estos
tiempos ha sido la entrañable identificación entre ambos.
Dos días después de la proclama de Fidel, informando la intervención
quirúrgica que lo apartaría de sus responsabilidades por tiempo
indeterminado, un editorial de The New York Times rezaba en el
encabezado: "El principio del fin", evocación de aquel panfleto, firmado
por Andrés Oppenheimer, que anunciaba "La hora final de Castro"... hace ya
15 años.
En Miami la mafia desbordaba en gozosos alaridos en la calle Ocho,
mientras en Washington la contentura no podía ser mayor. Ya se veían de un
momento a otro mandando en Cuba, como en los buenos tiempos, jugando en
los casinos y disfrutando los prostíbulos reabiertos. Nuestro compañero
David Brooks reportaba desde la capital del Potomac: "Es posible que nunca
se haya dado un debate tan público, explícito y abierto en una nación
sobre la mejor manera de intervenir en otra". Tal era el clima de
enajenación de que eran presa la Casa Blanca y numerosos políticos
imperiales ante lo que suponían el colapso inminente, ahora sí, del
"castrismo".
Experimentado en enfrentar esas peligrosas patologías, el gobierno de
la isla ya había tomado las medidas de movilización y preparación militar,
que se han mantenido y, anunció Raúl, se mantendrán hasta después de las
elecciones en Estados Unidos. En Cuba, lejos de producirse las protestas
masivas anunciadas, ha reinado la calma y se ha reiterado de mil maneras
el apoyo popular a la revolución.
Claro que hay problemas y muchos. El salario no alcanza, por ejemplo.
Ya Fidel había planteado el más grave de todos en su discurso de noviembre
de 2005 en la Universidad de La Habana: la posibilidad de la
reversibilidad de la revolución. No por obra del imperialismo, sino de los
fenómenos de involución ideológica y extensión de la corrupción a
consecuencia principalmente de las medidas de liberalización a que se vio
forzado el país para reactivar la economía después del derrumbe soviético
y el recrudecimiento del bloqueo. Raúl se refirió a varios de estos
problemas el pasado 26 de julio y aseguró que todos se están estudiando
para encontrarles solución con premura, pero evitando las improvisaciones.
Los empleados de la maquinaria mediática se han devanado los sesos para
llegar a la conclusión de que fue el discurso de un "pragmático", en el
sentido que le dan ellos al vocablo: alguien dispuesto a introducir
"reformas" ajenas al rumbo socialista y que evita la postura
antimperialista. Mientras más leo el discurso, y lo he hecho varias veces,
más constato que es todo lo contrario. Raúl, por supuesto, tiene su estilo
personal de actuar y de formular las ideas; no es ni pretende ser -lo ha
dicho reiteradamente- una copia de Fidel. Sólo todos nosotros podríamos
sustituirlo, ha expresado. También ha dicho que cada decisión importante
le ha sido consultada al comandante.
Cuba necesita renovarse y en esa dirección marcha; es la esencia de una
revolución auténtica. Raúl lo confirmó el 26 de julio al estimular el
cuestionamiento a lo realizado y el rechazo al anquilosamiento: habrá que
introducir los cambios estructurales y de conceptos que resulten
necesarios, dijo refiriéndose a las deficiencias de la economía. Lo único
que no cuestionará "jamás" un revolucionario cubano, añadió, es la
decisión irrenunciable de construir el socialismo.
Publicado en
La Jornada el 2 de agosto de 2007