Porque en marcado contraste con el mundo capitalista neoliberal
fascistizante, donde las decisiones las toma la minoría opulenta, Chávez
encabeza el movimiento de masas más resuelto y novedoso por la democracia,
en su acepción etimológica de gobierno (cracia) del pueblo (demos), cuyo
ejemplo atrae cada vez más simpatizantes en América Latina y el planeta.
La elite imperial, sus socias europeas, las serviles e ignorantes clases
dominantes de los países dependientes –y sus voceros intelectuales, a
sueldo o inconscientes– hacía mucho tiempo que no sentían tan
peligrosamente amenazado su sistema de control económico, político y
militar de las mayorías. Han entrado en pánico ante la repercusión
continental e internacional del chavismo, mientras América Latina se
rebela, Irak es incontrolable y las bolsas se desploman.
Como dice el pueblo en Venezuela, Chávez los tiene locos. Ha virado el
país al revés. Los pobres, los negros, los mulatos, los indios, las
mujeres humildes, los trabajadores y los campesinos –los que antes no
contaban– cada día adquieren más poder de decisión sobre su destino.
Caracas determina su política interior y exterior en función de los
intereses no sólo de Venezuela, sino de los pueblos de nuestra América,
sin olvidar los del resto del mundo, conducta respaldada por votaciones
crecientes en cantidad y calidad en una sucesión de impecables victorias
electorales. Porque si la revolución bolivariana es campeona en democracia
participativa, sus credenciales en democracia electoral guardan un
armónico equilibrio con aquella.
Con Chávez no pueden medirse ni de lejos en sufragios, y menos por la
fuerza. A más contrarrevolución, más se radicaliza la revolución
bolivariana.
Como prometió el presidente desde meses antes de arrasar en las
elecciones de diciembre pasado, Venezuela marcharía hacia el socialismo
con base en una importante reforma constitucional. Un socialismo desde
abajo, de consejos comunales y de obreros, campesinos y estudiantes
constituidos en poder popular, con facultades para gobernar en su esfera
de acción. Una nueva organización político-geográfica encaminada a
liquidar las asimetrías entre regiones y entre campo y ciudad, y a un
desarrollo económico y social armónico, proclive a una distribución justa
del poder.
Un ejército “patriótico popular” para defender la soberanía. Un nuevo
Estado socialista, que remplazará al actual, lastrado por la burocracia y
la corrupción. Una economía regida por el interés colectivo y la propiedad
social y comunal, donde la propiedad privada tendrá participación si se
sujeta a esa regla, y un banco central y reservas internacionales
subordinados a esos fines. La jornada laboral será de seis horas para dar
a los trabajadores tiempo para instruirse, cultivarse y aportar a la
comunidad, creando decenas de miles de nuevos empleos que pongan fin a la
economía informal. Los trabajadores por cuenta propia y de la cultura
tendrán acceso a los beneficios de la seguridad social.
Todo eso va incluido en la propuesta de reforma constitucional, que
debe aprobarse próximamente por la Asamblea Nacional y es debatida al
mismo tiempo exhaustivamente por el pueblo venezolano y las bases del
partido revolucionario en construcción, con el fin de someterla a
referendo en diciembre de este año.
Se propone la relección presidencial continua, pero sujeta a
revocación, como todos los cargos electivos. Nada de copiar el sacrosanto
patrón yanqui de mudar de gerente del capitalismo cada x años, aunque
mirando a otro lado ante regímenes que le son afines, como las
petromonarquías árabes.
Será el pueblo venezolano el que decida cuánto tiempo gobernará el
actual mandatario, pero está claro que la mayoría no sacrificará las
excepcionales cualidades de estratega y de conductor de su líder por
complacer a sus enemigos. Hay Chávez para rato.
Los capitalistas, por cierto, no han tenido reparo en alargar el
mandato de sus caudillos cuanto les ha convenido. Ergo Roosevelt,
Adenauer, Felipe González, et al.
Publicado en
La Jornada el 23 de agosto de 2007