Angel Guerra Cabrera - rodelu.net |
27 de septiembre de 2007
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Ahmadinejad en Nueva York
La trepidante estancia en Nueva York del presidente iraní Mahmud
Ahmadinejad hace pensar temas de gran actualidad: el ocaso del imperio
estadunidense, el lugar de Irán en Medio Oriente y en la arena
internacional, y el sistema de relaciones internacionales vigente.
Angel Guerra Cabrera
En la decadente superpotencia se estereotipan el odio y el miedo al
diferente, sobre todo si no acepta incondicionalmente su política. Pocos
tienen idea de la antiquísima civilización antecesora de Irán, ni del
movimiento nacionalista de Mossadegh, derrocado por la CIA en 1953 para
instalar al pro yanqui sha Rehza Pahlevi. Tampoco conocen las raíces de la
revolución de los ayatolas y el régimen que originó en Teherán, en fin de
cuentas continuador histórico de aquel movimiento de liberación del
imperialismo.
La ignorancia en historia de muchos estadunidenses ha sido argumentada
brillantemente por Howard Zinn y Gore Vidal. Es terreno fértil para la
instigación de la xenofobia por los medios de (des)información,
abastecidos de gigantescas mentiras por cabilderos israelí-estadunidenses,
los más interesados junto al vice Richard Cheney en iniciar el ataque a
Irán cuanto antes.
Era de esperarse la intolerancia y grosería del presidente de la
Universidad de Columbia, quien cubrió a su “huésped” Ahmadinejad de
improperios al presentarlo al público, así como la actitud macarthista del
periodista de la CBS que lo entrevistó de costa a costa. En contraste, el
visitante mostró aplomo, voluntad de diálogo y argumentó sus puntos de
vista con serenidad y paciencia. Dejó aparte su insólita y desafortunada
negación de la existencia del homosexualismo en Irán, que rebasa el
espacio de este análisis.
Ya en el hemiciclo de la ONU, el iraní denunció el inequitativo orden
internacional que dio pie al surgimiento de la organización y al club de
potencias que forman el Consejo de Seguridad (CS). Con datos del propio
organismo internacional explicó el creciente foso de atraso económico y
social en que esos poderes mantienen sumida a la mayoría de la humanidad.
En consecuencia, proclamó la voluntad de Teherán de continuar sometiendo
su programa nuclear “con fines pacíficos” a la vigilancia de la
Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) y declaró finiquitado
el contencioso sobre la injusta e ilegal prohibición del CS a que su país
produzca combustible nuclear con fines pacíficos, prerrogativa de todos
los miembros de la OIEA y del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP).
Cabe insistir en que el CS no le pide cuentas a Israel, India y Pakistán,
poseedores de arsenales nucleares fuera de la supervisión de ambas
instancias.
Mientras, Washington encamina nuevas medidas unilaterales de asfixia
económica y prepara una tercera tanda de sanciones del CS contra Irán
cuando el prestigioso director egipcio de la OIEA Mohamed el Baradei se
empeña en lograr una solución política al conflicto y puntualiza que sus
inspectores no han encontrado nada amenazante en el programa atómico
iraní. El Baradei fue enfático frente a las belicosas declaraciones del
mandatario francés Nicolas Sarkozy, nuevo perro faldero de Bush: “...yo
esperaría que todo el mundo haya aprendido la lección después de (...)
Irak, donde 700 mil civiles inocentes han perdido la vida debido a la
sospecha de que un país tiene armas nucleares”. No es casual que la
fábrica estadunidense de embustes le haya enfilado las baterías.
La masiva agresión aérea contra Teherán fue decidida el año pasado por
la Casa Blanca, pero aplazada por la habilidad de la diplomacia iraní que
forjó entendimientos con Arabia Saudita y otros países de la región y
solidificó sus acuerdos energéticos con China y Rusia. También influyó la
derrota por su aliado Hezbollah del ataque sionista a Líbano.
Sin embargo, el batir de tambores de guerra de Washington y Tel Aviv a
París es típico de la guerra sicológica precedente a una aventura militar
estadunidense, que no conviene a Rusia y China, pero en última instancia
se llevará a cabo sin consultarlos.
La ejecutoria de Ahmadinejad como incansable abogado de la causa
palestina y de la independencia y la justicia social para los países
pobres, ratificada en el propio corazón del imperio, acrecenta su estampa
de paladín de los pueblos islámicos en vísperas de una guerra sin frentes
geográficos definidos, que puede estimular a esa porción tan importante de
la humanidad a acciones de respuesta violenta sin precedentes. Al parecer
Bush no se conforma con hundir a Estados Unidos en los pantanos iraquí y
afgano.
Publicado en
La Jornada el 27 de septiembre de 2007
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra_123@yahoo.com.mx
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