Se confirma el rotundo rechazo del pueblo a las organizaciones
políticas que han gobernado durante décadas contra los intereses de las
mayorías. Un fenómeno creciente en América Latina, que tiene sus
expresiones más nítidas en Venezuela, Bolivia, la sorprendente Costa Rica
y el propio Ecuador, ratificado ahora con el tercer triunfo electoral
consecutivo de Correa desde su elección en noviembre de 2006. Antes debió
ganar la presidencia en segunda vuelta a la derecha, que juntó contra él
sus ingentes recursos económicos y mediáticos en apoyo a la candidatura
del potentado bushista Noboa; y en marzo de este año lograr la aplastante
aprobación a la convocatoria de una Constituyente con plenos poderes.
Correa ha cosechado en la extendida conciencia y experiencia popular
ecuatoriana en la lucha por la soberanía, contra las políticas
neoliberales y la llamada partidocracia, que llevó a un mar de pueblo a
sacar de la silla a tres presidentes neoliberales en los últimos años.
Pero hay que destacarlo, su sensibilidad social, intuición política,
conocimiento de la realidad del país y capacidad de liderazgo han sido
determinantes para organizar y encausar esas potencialidades hacia la
transformación del país. Es un hombre digno y valiente políticamente, de
lo que acaba de dar otra prueba al negarse a asistir a la cena ofrecida
por Bush a los mandatarios asistentes a la Asamblea General de la ONU en
repudio a las arrogantes palabras del emperador ante ese foro.
El discurso del inquilino de la Casa Blanca evidenció la desesperación
de los círculos dominantes en Washington ante la rebelión de América
Latina y el ejemplo inconmovible de Cuba, pero también reveló en su odio e
insolencia las peligrosísimas acciones que el imperio está dispuesto a
emprender en cualquier parte del mundo, y en particular en nuestra región,
contra los que no se le subordinen. Cabe esperar un feroz redoblamiento de
la natural hostilidad de la oligarquía y de Washington contra un acto de
suprema soberanía nacional como será la Constituyente ecuatoriana.
Los ataques contra el gobierno de Correa y la Constituyente comenzaron
desde antes que este asumiera la presidencia y se han intensificado en los
últimos días como se aprecia al leer la prensa dominante ecuatoriana e
internacional. Un botón de muestra lo tenemos en El País,
altoparlante ibérico del bushismo.
Y es que lo que está en juego en un Estado de la importancia
geopolítica de Ecuador es la instrumentación de un programa de liberación
nacional y justicia social, que unido a los que se aplican en Bolivia y
Venezuela, ejercerá gran influencia transformadora en los pueblos de
América Latina. Cada país lo hace con características y criterio propios
pero con un común denominador antineoliberal, como se aprecia en el caso
ecuatoriano: control estatal de los recursos naturales para el bienestar
de la nación y revisión de los contratos petroleros que no cumplen la
norma, no al libre comercio, derecho a la educación y salud gratuitas de
alta calidad, democracia participativa, preservación del medioambiente,
banca para impulsar la producción y no la especulación y el monopolio,
cobrar impuestos a las grandes empresas hoy evasoras, rediseño territorial
en función de atender mejor a la gente, evacuación de la base yanqui de
Manta, rechazo al Plan Colombia, integración latinoamericana y duras
medidas contra la corrupción, la impunidad, el racismo y el machismo.
Correa necesitará mantener y profundizar el apoyo de masas para ganar esta
batalla y se echa de menos al movimiento indígena, cuya reorganización es
indispensable en un Ecuador renovado.
Publicado en
La Jornada el 4 de octubre de 2007