Son novedosos
apoyos como el de Nicaragua, todo un símbolo de la rebeldía en ascenso en
América Latina, y Costa de Marfil, que significó el respaldo total de
África Subsahariana. De América Latina y el Caribe únicamente El Salvador,
al ausentarse de la sala, no endosó la resolución. Sólo tres votos
acompañaron a Washington: el de Israel y los de dos seudoestados: Islas
Marshall y Palau. Micronesia, otro protectorado yanqui, fue la única
abstención.
La condena casi unánime del mundo a la barbarie y extraterritorialidad
del bloqueo implica también su repudio al plan de reconquista de Cuba de
George W. Bush. Recordemos que hace una semana éste llamó vehementemente a
la comunidad internacional a sumarse a asfixiar económicamente a la isla y
al derrocamiento del gobierno revolucionario.
El bloqueo y toda la gama de agresiones contra Cuba fueron concebidos
desde su inicio con el propósito de exterminar al pueblo cubano si no se
rendía, como prueban documentos oficiales estadunidenses ya
desclasificados y los dichos de Bush, aunque, aparte de las
consideraciones morales, existen muy pragmáticas razones económicas y
políticas por las que resultan inaceptables para los propios aliados de
Washington.
Otro tanto ocurre en Estados Unidos a excepción de los sectores más
cavernícolas y de los políticos presidenciables en busca de los 29 votos
electorales de Florida, controlados todavía por la contrarrevolución
(anti)cubana de Miami. Ello explica la censura a la citada postura de
Bush, con frecuencia en tono de burla, reflejada en medios de difusión
estadunidenses. No hay que llamarse a engaño: la mayoría de esas opiniones
están animadas por una manera de ver el mundo que se niega a aceptar la
existencia independiente y soberana de un pequeño país como Cuba en las
mismas narices del imperio. Lo que las hace significativas es el
reconocimiento de que casi medio siglo de terrorismo de Estado y guerra
económica –recrudecida por Bush a extremos enfermizos– aunque haya
provocado sufrimientos a la población de la isla no ha servido en lo más
mínimo al propósito imperialista, éste sí irrenunciable, de acabar con la
revolución. En otras palabras, se rinden a la evidencia de que la táctica
empleada hasta hoy ha sido derrotada por el pueblo cubano y que es
necesario cambiar por otra. La amenaza de una intervención militar de
Estados Unidos estará presente todavía por mucho tiempo, pero la continua
y esmerada preparación de la isla para enfrentarla y su creciente
prestigio internacional fuerzan al adversario a considerarla cada vez con
más cautela.
De allí el concepto de que probablemente sería más conveniente a sus
fines invadir la isla con turistas, mercancías, dólares e ideas que
–piensan– socavarían las concepciones socialistas con los irresistibles
atractivos del american way of life. Obviamente, este curso de
acción es animado por círculos empresariales ávidos de colocar sus
productos y capitales en el vecino mercado, así como por la voracidad de
los intereses petroleros hacia los hidrocarburos en aguas profundas
cubanas del Golfo de México. En ambos casos acicateados, respectivamente,
por el pesimismo prevaleciente sobre la salud de la economía estadunidense
y el inexorable agotamiento a plazo fijo de las reservas mundiales de
energía fósil.
Que Washington instrumente esta perspectiva es impensable con la actual
pandilla gobernante y tampoco puede inferirse del discurso de los actuales
contendientes a la presidencia de 2008, aunque no debe excluirse como
posibilidad plausible a mediano y largo plazos. Frente al
perfeccionamiento y robustecimiento económico en marcha del proyecto
socialista cubano y la profundización de sus lazos fraternales con
Venezuela y otros países de América Latina, a un Estados Unidos
deteriorado económicamente, apabullado y desprestigiado por sus aventuras
coloniales, difícilmente le queda otra alternativa.
Cuánta razón tiene Fidel. Es en el campo de las ideas donde se libra la
batalla decisiva contra el capitalismo.
Publicado en
La Jornada el 1 de noviembre de 2007