Angel Guerra Cabrera - rodelu.net |
15 de noviembre de 2007
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Venezuela: hora de definiciones
Un plan orquestado por Washington para derrocar a corto plazo al
presidente Hugo Chávez está en acción hace varias semanas. Concebido en
los laboratorios de la CIA y con ramificaciones en Europa y América
Latina, prevé la desestabilización interna de Venezuela mediante
manifestaciones vandálicas de hijos de papá y otros jóvenes enajenados
hasta arrastrar a las calles a sectores de clase media que rechazarían el
resultado del referendo del 2 de diciembre. La maquinaria mediática
imperial amplificaría paulatinamente, como ya lo esboza, la imagen de un
país alzado contra el presidente.
Angel Guerra Cabrera
El choque de posiciones ideológicas irreconciliables, provocado por el
jefe del gobierno de España en su pretensión de decir la última palabra en
la Cumbre Iberoamericana y el histérico “¿Por qué no te callas?” de Su
Majestad borbónica, sacado de sus casillas por la convincente réplica de
Chávez, se inscriben en el diseño subversivo que, aunque enfilado
principalmente contra Venezuela, busca aplastar la insurgencia
contemporánea de sus antiguas colonias y los líderes revolucionarios
surgidos de ella. Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y
Carlos Lage cuestionaron sólidamente los livianos enfoques sobre las
causas de la desigualdad en América Latina y la patraña del libre
comercio. Pero Rodríguez Zapatero pretendió cerrar la reunión haciendo
zalamerías a Aznar e insistiendo en las bondades del neoliberalismo,
desentendido del notorio apoyo del primero al golpe de Estado en
Venezuela, de la criminal regresión social ocasionada por el segundo en la
región y de los graves trastornos estructurales que la aquejan
históricamente debido al expolio sucesivo del colonialismo ibérico y de
los imperialismos británico y estadunidense. Zapatero actuó como un
empleado de las corporaciones españolas y del capitalismo global ante un
Chávez portavoz de los pueblos latinoamericanos que le recordó la
conquista y genocidio de los pueblos originarios, la trata negrera, el
saqueo y las agresivas injerencias foráneas en sus asuntos internos.
La nueva arremetida contra la Venezuela bolivariana es únicamente
comparable por su envergadura con la que en su momento sufrió la
revolución bolchevique y la que resiste Cuba desde hace casi medio siglo.
Intenta aprovechar los puntos débiles del profundo proceso democrático en
ese país, pero está sustentada, sobre todo, en el uso descarado de la
mentira apoyándose en la matriz satánica de Chávez, estereotipada desde
hace años por los medios de (des)información dominantes. Uno de sus
ingredientes fundamentales es la violencia, como se ha visto en las
recientes demostraciones contrarrevolucionarias en Caracas y otras
ciudades, con la intención de incrementarla progresivamente hasta
conseguir que corra la sangre, mientras más mejor. Ofreciendo ríos de
dinero y prometiéndoles el oro y el moro una vez que triunfe el golpismo,
los conspiradores aspiran a estimular nuevas traiciones entre funcionarios
del gobierno y jefes militares corruptos o vacilantes.
Como todo proceso revolucionario que se radicaliza, el venezolano
experimenta ya la deserción más o menos encubierta de los que sólo querían
cambios cosméticos, aterrorizados al ver venir, con la aprobación de la
reforma constitucional por los electores, una transferencia del poder a
las comunidades en detrimento de la oligarquía, pero también del Estado
burgués y, por consiguiente, de los privilegios enquistados en la
burocracia gubernamental. Éste es el punto que quita el sueño a los
imperialistas, pues unido a la organización desde abajo del partido de la
revolución convertirá en imbatible al pueblo bolivariano y sentará en
América Latina un ejemplo muy contagioso de democracia de veras.
El más grave peligro a conjurar en Venezuela, ha advertido la voz
autorizada de Fidel Castro, es el magnicidio. Su alerta me ha hecho
recordar cuando los combatientes y jefes de la Sierra Maestra le pidieron
por escrito no continuar exponiendo su vida en la primera línea por el
rudo golpe que su muerte podía significar en aquel momento para la
revolución cubana. De la misma manera, un líder de la talla de Chávez es
insustituible hoy para la revolución, en Venezuela y en América
Latina.
Vivimos una hora de definiciones. Lo que está en juego en Venezuela es
la alternativa entre democracia o fascismo en el futuro de nuestra
América, aunque algún señorón de la pluma opte ante ella por la invectiva
y la banalidad.
Publicado en
La Jornada el 15 de noviembre de 2007
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra_123@yahoo.com.mx
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