A la política internacional de Chávez ya dediqué un artículo
(La
Jornada, 7/9/06), pero creo oportuno volver sobre ella en la medida
que cobra mayor relevancia tanto para la creciente y cada vez más
combativa rebelión antimperialista latinoamericana, como para las que se
alzan o incuban en otros confines del planeta. Esta política sólo es
concebible como fruto de la revolución social más profunda ocurrida en la
parte continental de América Latina y es inseparable del singular empaste
entre el gran movimiento de masas venezolano y las excepcionales
cualidades de su líder.
Desde antes de llegar a Miraflores y de la radicalización ulterior del
proceso que encabeza, Chávez dio muestras de una clara concepción que
ataba indisolublemente la suerte de su proyecto para Venezuela al de la
emancipación de América Latina y el Caribe. Lo explica en gran parte su
admiración, desde muy joven, por Bolívar, Martí, Fidel Castro y la
revolución cubana, a las culturas originarias de nuestros pueblos y sus
resistencias, así como su dedicación al estudio de la historia
latinoamericana, no por mero ejercicio académico, sino como arma
fundamental, así se constata diariamente, en la lucha por la liberación
nacional y social a escala de la región.
Entre sus primeros pasos como presidente realizó un periplo por los
países integrantes de la OPEP, en ese momento agonizante, tejiendo
voluntades de gobiernos de muy distintas orientaciones ideológicas a la
suya. Con su tenacidad logró revitalizar la organización y el rescate de
precios dignos para la reina de las materias primas de la civilización
surgida de la revolución industrial. Mirando hacia atrás, ahora se
advierte diáfanamente que actuaba muy lejos de una visión nacionalista
burguesa. Vio que un precio más ventajoso del hidrocarburo era una palanca
para la redistribución urgente del ingreso entre los pobres y su inclusión
definitiva con plenos poderes en la sociedad venezolana, sin olvidar el
desarrollo a futuro de una economía autónoma liberada del rentismo
petrolero. Pero a la vez, para cimentar la unidad e integración de los
pueblos latinoamericanos sobre bases de justicia social y fraternidad. Y
no sólo. También estaba implícito, lo ha demostrado la historia posterior,
el fomento de la unidad y solidaridad con todos los pueblos agredidos por
el imperialismo, como se evidencia en su rechazo vertical a la invasión de
Irak y la relación establecida con Irán, incomprensible todavía por muchos
que no entienden la necesidad imperiosa de amplias y audaces alianzas
entre culturas distintas como requisito indispensable para derrotar a los
gestores del saqueo y de la guerra capitaneados por Washington. La
concertación de la Venezuela chavista con Irán puede muy bien servir de
modelo para acometer el necesario gran frente con sus homólogos islámicos
de los pueblos, fuerzas y estados que enfrentan en Occidente los embates
del capitalismo imperialista. En este contexto, toman exacta dimensión las
propuestas de Chávez en la última reunión de la OPEP en favor de que la
organización ofrezca a todas las naciones dependientes no petroleras el
trato preferencial que da Venezuela a sus hermanos caribeños y en relación
a desligar el precio del petróleo de la tiranía del exangüe dólar. No es
casual la rabia de la servil oligarquía venezolana y de los voceros de la
dominación –entre ellos más de un revolucionario autojubilado– contra una
ejecutoria internacional que estremece su piso de banales certezas e
insensibilidades, donde hasta hace poco transitaban tan seguros.
La conducta de Chávez en política exterior es la de un revolucionario
internacionalista en la tradición de Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo y
Trotsky, pero sus nutrientes raigales hay que buscarlos en Miranda,
Bolívar, Martí, Mariátegui y el Che Guevara.
Publicado en
La Jornada el 22 de noviembre de 2007