Lo que singulariza este proceso electoral es que ha estado marcado por
el crudo y nada complaciente discurso del vicepresidente Raúl Castro del
pasado 26 de julio y el consiguiente debate nacional en torno al mismo.
Impulsado por el Partido Comunista y las organizaciones de masa, de él
emana una voluntad nacional de cambio, como subrayan los medios de prensa
corporativos, pero también –esto lo omiten– de continuidad de la
revolución.
Continuidad de las ideas de soberanía, autodeterminación, justicia
social, dignidad, democracia, patriotismo y solidaridad internacionalista,
que en Cuba se resumen en la palabra socialismo. Es palpable que éstos son
los ejes que dan sentido y propósito al cambio que desea una gran mayoría.
Por consiguiente, no forma parte de la discusión una involución social –el
regreso más o menos maquillado al capitalismo–, sino el cuestionamiento y
la recreación de aquellas concepciones, métodos, instituciones y tácticas
caducas, en pos de alcanzar los objetivos socialistas, que implican
también la construcción de un nuevo consenso político. El debate actual
podría iniciar un ciclo de cambios en la isla, constitutivos, a la postre,
de un hito histórico; que no debe sorprender, pues si se repasa
cuidadosamente la trayectoria de la revolución cubana se constatará que la
tendencia dominante ha sido de continuidad y ruptura, aunque, como en toda
transformación social, se observen momentos de estancamiento o
retroceso.
La concurrencia de más de 96 por ciento de los electores a las urnas,
donde el sufragio no es obligatorio, y el ejercicio del “voto unido” por
91 por ciento de ellos demuestra el refrendo de la confianza ciudadana a
la capacidad del sistema político cubano y sus líderes de marchar por el
rumbo de continuidad y ruptura revolucionarias. El voto unido es un
principio político planteado por Fidel Castro en las elecciones que
coincidieron con el tramo más adverso de la crisis originada por la
desaparición del aliado soviético y la intensificación por Washington de
su agresividad contra Cuba. Ahora, frente al redoblamiento de las acciones
hostiles e injerencistas de Bush con la consigna de lograr un “cambio de
régimen” en la isla, Fidel reiteró el llamado, el cual se traduce en que
los ciudadanos renuncien conscientemente al derecho legal de votar por los
candidatos de su preferencia y, en aras de la estrecha unidad nacional
indispensable frente a la amenaza externa, lo hagan por todos los que
aparecen en la boleta.
El ejercicio está sustanciado por un proceso que arranca desde los
barrios, donde los vecinos –no el Partido Comunista– proponen libremente
en cada circunscripción electoral a los candidatos a delegados a las
asambleas municipales. Posteriormente son electos los que obtengan más de
50 por ciento de los votos: en primera, segunda o tercera vuelta, según la
cantidad de candidatos. No es raro que alcaldes en ejercicio no resulten
relectos en la base, requisito para seguir en el cargo.
De los así elegidos sale aproximadamente la mitad de los delegados a
las asambleas provinciales y diputados a la Asamblea Nacional. El resto es
propuesto por comisiones de candidatura integradas por las organizaciones
de masa, pero todos al final son sometidos al escrutinio del sufragio
directo y secreto. Nadie más que su conciencia acompaña al ciudadano en la
soledad del acto de votar. De allí la contundencia de que 91 de cada 100
electores hayan ejercido el voto unido en una población de larga tradición
de rebeldía y, salvo algunos sectores, muy politizada, de la que se
escuchan duras críticas y reclamos a la gestión gubernamental. Raúl Castro
ha confirmado la tónica actual al declarar que el nuevo Parlamento está
llamado a tomar decisiones “trascendentales, paulatinamente, paso a paso”.
Pero ha insistido en que no habrá soluciones espectaculares y en la
necesidad de trabajar duro.
Publicado en
La Jornada el 24 de enero de 2008