José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
10 de junio de 2005
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Alberto Hernández Gómez,
poeta de la vida
José Luis Hereyra Collante
Llegué a Sincelejo el 13 de abril de 1991, contratado por El Pintoso Box de Iván Feris Chadid como traductor. Se suponía que iba a trabajar sólo una semana, pero esos designios misteriosos, que algunos llaman destino y otros los caminos de Dios, me han permitido sentir en la Sabana esa profunda emoción de vivir y amar plenamente, de manera tal que ya llevo catorce años cumplidos aquí y respiro con alivio cuando regreso de Bogotá, de Barranquilla o de Nueva York, lo mismo da.

En Sincelejo, desde el principio, sentí que mi vida cambiaría. Cuando tenía que trabajar hasta tarde con Iván cuadrando en las comunicaciones internacionales en inglés las peleas de título mundial, siempre nos acompañaba Alberto Hernández, quien se prodigaba hasta las madrugadas con su fino humor, su conocimiento metódico y estridente del ajedrez –que exasperaba a Iván, hasta hacerle casi siempre proponer tablas precoces o trampas a veces escandalosas– y su lealtad pendenciera. Alberto estaba allí siempre para percibir como un oráculo la iluminación financiera en negocios que sólo él vislumbraba, para encender y alimentar la conversación filosófica o la tenida poética, o para rematar toda la grandeza anterior con una de sus típicas irreverencias, como quien derrama la champaña más fina y le importa un comino. Estaba firme siempre a la hora de conseguir el trago, a la hora de determinar buenas amistades, a la hora de conseguir el sitio o, si no, hasta invitar a su propia casa para seguirla. Insolente hasta el delirio, pero fiel amigo  hasta lo imposible.

Alberto, además, me impresionó más de una vez al leerme sus poemas. Verdaderos poemas, que no sé qué hizo. Venido de una familia de intelectuales limítrofes entre el desafuero y la genialidad,  no me extrañó y menos me pareció imposible, dado su talento natural extraordinario, que le permite seguir hablando con los grandes hasta hacerlos sentirse pequeños. Nacido, como yo, en Barranquilla, nos burlábamos de que este par de nacidos en La Arenosa llevábamos en el alma la tierra sabanera, sus costumbres, sus gentes, su música, sus mujeres y su sabor único e irremplazable, como quizá muy pocos de los paridos entre el verde esmeralda, el suero blanco, el ajonjolí parduzco y este cielo más azul.

Hace pocos días me preguntaba las razones obvias o subyacentes que me habían hecho quedar en la Sabana y amarla tanto. Encontré, sin extrañeza, al fondo, casi con una sonrisa cómplice, el rostro de Alberto y su carcajada alborotadora e irreverente. Vi hasta que punto toda mi última poesía y el grueso de mis artículos cargan mucho de esa iconoclastia y esa paz de los que no pretendemos ser más de lo que humildemente somos; que muchas veces, como no somos sabios de nada, no sabemos ni para dónde vamos, pero miramos al cielo con un silencio de pequeños, que es lo que somos, y nos acogemos, entrecerrando los ojos, a su respiración eterna, navegantes más del infortunio que de la razón.

Estas modestas palabras son para este inmenso amigo, ya que, como nunca me ha sido fácil aconsejar nada, labor divina y alejada de mi alcance, sólo lo recuerdo siempre para agradecerle –en las pequeñas, pero grandes cosas– la fraternidad de su amistad inigualable. Si el mundo ideal fuera en un futuro tan aburrido como el de los grandes sermoneadores, tengan ustedes por seguro que retornaría a la cofradía donde monseñor Alberto es oficiante sagrado sin saberlo, ya que su iglesia, su “religare”, es la estruendosa alegría, su humor centelleante y a veces mutilante, y sólo neutralizable por la inteligencia superior. Pero me acogería a ese universo donde mi amigo Alberto Hernández Gómez eleva el cáliz de una fraternidad ilímite sin jamás posar de sacerdote, tan contrario a tantos otros que ni siquiera poseen su relampagueante don de la ironía o su sátira fustigante, pero se creen que pueden suplantar –en lo universal– al verdadero amor humano con la burda sagacidad o la codicia descarada.

9 de junio de 2005

José Luis Hereyra Collante

Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
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