Alberto
Hernández Gómez,
poeta de la vida
José
Luis Hereyra Collante
Llegué
a Sincelejo el 13 de abril de 1991, contratado por El Pintoso Box de Iván
Feris Chadid como traductor. Se suponía que iba a trabajar sólo
una semana, pero esos designios misteriosos, que algunos llaman destino
y otros los caminos de Dios, me han permitido sentir en la Sabana esa profunda
emoción de vivir y amar plenamente, de manera tal que ya llevo catorce
años cumplidos aquí y respiro con alivio cuando regreso de
Bogotá, de Barranquilla o de Nueva York, lo mismo da.
En Sincelejo, desde el principio,
sentí que mi vida cambiaría. Cuando tenía que trabajar
hasta tarde con Iván cuadrando en las comunicaciones internacionales
en inglés las peleas de título mundial, siempre nos acompañaba
Alberto Hernández, quien se prodigaba hasta las madrugadas con su
fino humor, su conocimiento metódico y estridente del ajedrez –que
exasperaba a Iván, hasta hacerle casi siempre proponer tablas precoces
o trampas a veces escandalosas– y su lealtad pendenciera. Alberto estaba
allí siempre para percibir como un oráculo la iluminación
financiera en negocios que sólo él vislumbraba, para encender
y alimentar la conversación filosófica o la tenida poética,
o para rematar toda la grandeza anterior con una de sus típicas
irreverencias, como quien derrama la champaña más fina y
le importa un comino. Estaba firme siempre a la hora de conseguir el trago,
a la hora de determinar buenas amistades, a la hora de conseguir el sitio
o, si no, hasta invitar a su propia casa para seguirla. Insolente hasta
el delirio, pero fiel amigo hasta lo imposible.
Alberto, además, me impresionó
más de una vez al leerme sus poemas. Verdaderos poemas, que no sé
qué hizo. Venido de una familia de intelectuales limítrofes
entre el desafuero y la genialidad, no me extrañó y
menos me pareció imposible, dado su talento natural extraordinario,
que le permite seguir hablando con los grandes hasta hacerlos sentirse
pequeños. Nacido, como yo, en Barranquilla, nos burlábamos
de que este par de nacidos en La Arenosa llevábamos en el alma la
tierra sabanera, sus costumbres, sus gentes, su música, sus mujeres
y su sabor único e irremplazable, como quizá muy pocos de
los paridos entre el verde esmeralda, el suero blanco, el ajonjolí
parduzco y este cielo más azul.
Hace pocos días me preguntaba
las razones obvias o subyacentes que me habían hecho quedar en la
Sabana y amarla tanto. Encontré, sin extrañeza, al fondo,
casi con una sonrisa cómplice, el rostro de Alberto y su carcajada
alborotadora e irreverente. Vi hasta que punto toda mi última poesía
y el grueso de mis artículos cargan mucho de esa iconoclastia y
esa paz de los que no pretendemos ser más de lo que humildemente
somos; que muchas veces, como no somos sabios de nada, no sabemos ni para
dónde vamos, pero miramos al cielo con un silencio de pequeños,
que es lo que somos, y nos acogemos, entrecerrando los ojos, a su respiración
eterna, navegantes más del infortunio que de la razón.
Estas modestas palabras son para
este inmenso amigo, ya que, como nunca me ha sido fácil aconsejar
nada, labor divina y alejada de mi alcance, sólo lo recuerdo siempre
para agradecerle –en las pequeñas, pero grandes cosas– la fraternidad
de su amistad inigualable. Si el mundo ideal fuera en un futuro tan aburrido
como el de los grandes sermoneadores, tengan ustedes por seguro que retornaría
a la cofradía donde monseñor Alberto es oficiante sagrado
sin saberlo, ya que su iglesia, su “religare”, es la estruendosa alegría,
su humor centelleante y a veces mutilante, y sólo neutralizable
por la inteligencia superior. Pero me acogería a ese universo donde
mi amigo Alberto Hernández Gómez eleva el cáliz de
una fraternidad ilímite sin jamás posar de sacerdote, tan
contrario a tantos otros que ni siquiera poseen su relampagueante don de
la ironía o su sátira fustigante, pero se creen que pueden
suplantar –en lo universal– al verdadero amor humano con la burda sagacidad
o la codicia descarada.
9 de junio de 2005
José
Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
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