n pueblo apasionado tiene, necesariamente, una lingüística apasionada. De allí que cuando nos asomamos al español “sabanero”, es decir, el que se habla en las Sabanas de Bolívar y Sucre –perfectamente extensible hasta esas, también mágicas, tierras del Sinú– nos encontramos con formas lingüísticas que perfectamente encajan dentro de la picaresca más castellana y ancestral que podamos encontrar. A cada instante me sorprenden y emocionan, con un deleite intelectual y afectivo, esas expresiones que conforman el diario acervo de las tierras iluminadas por el epicentro oral de Sincelejo, Sucre, Colombia.
Si se trata de amor, de afecto o de cortesía, por ejemplo, el trato normal es un “mi vida” lleno de afectuosas tonalidades. Pero el mismo “mi vida” puede tornarse mordaz con sólo el cambio de entonación semiológica. Sin embargo, el superlativo expresado del “mi vida” es “mi vida entera”, el cual, en especial las sabaneras, convierten en una bandera de afecto hacia las personas apreciadas, abarcando, según el estado anímico, una creciente avalancha de seres bendecidos por la marejada afectuosa. “¡Hola, mi vida entera!”, es la expresión que va acompañada por un beso de saludo que se da en el aire, como si en el fondo fuese el símbolo del beso que no toca la otra mejilla, ya que, sospecho, el que da el beso no se acerca totalmente para no contaminarse. Afecto e ironía gestual; camaradería y distancia interpuesta; “juntos pero no revueltos”.
Algunas expresiones son mixtas: llevan media carga verbal y son sostenidas en su otro porcentaje por una gestualidad más o menos contundente, de acuerdo con la intensidad semiológica necesaria para cumplir el mensaje a cabalidad. Es el caso del “¡mira!” como respuesta de actitud hacia una proposición previa: “Él cree que yo voy a ser ‘pendeja’, pero ¡mira!”, y la frase va acompañada con el obsceno gesto del dedo del corazón que semeja un falo enhiesto, expresión gestual también llamada “hacer pistola”. Si se trata de desmerecer al otro interlocutor masculino o inhabilitarlo moralmente, lo más demoledor es decir que el tal tipo “¡tá juggao!”, lo cual es la forma golpeada de “¡está hurgado!”, equivalente a que el contrincante oral ha sido ”penetrado”, lo que podemos reafirmar al escuchar las variantes “¡Está roto!” y “¡Está puya’o!”
Y ya que hablamos del arte oral de inhabilitar moralmente al contrincante, nadie como el sabanero para dejar “quieto en primera” a la víctima de sus andanadas. Para muestra un botón. Si un tipo disputa una mujer o un puesto laboral con otro, por ejemplo, lo más demoledor es difundir la especie de que el otro es un “charlatán” (con su variante “hablón”), es decir, que no merece ninguna credibilidad, que no es confiable y que, por lo tanto, es mal negocio para la mujer o para el patrono permitirse relación alguna con él. Si un sujeto determinado tiene éxito social, laboral, académico o con las mujeres, al rato se regará el rumor de que tal sujeto es “petulante” y, si se trata de alguien audaz, en vez ser virtuoso se le anotaría que es “arbitrario”.
Un profesor que conozco, acusado por otros de hablar exacerbadamente de la promiscuidad de una amante ocasional, trataba de convencer a ésta de que él nunca se había expresado de ella en términos deshonrosos y, entonces, en un raptus de inspiración astuta le gritó a ella: “¡Cómo se te ocurre creer que yo soy capaz de hablar mal de ti! ¡Hablar mal de ti sería como hablar mal de la “mae” (madre) mía!” Quedé atónito de ver ese intento de salvarse de su locuacidad insana. Como no me los he vuelto a encontrar como para saber el desenlace de esta historia truculenta, no sé si ella se creyó la abnegada y “sublime” comparación.