e impactó
el titular del periódico: “Londres ríe, Paris llora”, haciendo
referencia a la sede de los Juegos Olímpicos 2012, otorgada a esa
ciudad. Pero aún más me impactó al día siguiente
el paradójico titular “Londres llora”, por los atentados terroristas
que acababan de masacrar en el terror y la muerte indiscriminada a miles
de seres inermes en el Londres que festejaba, todavía tibio, ese
triunfo que se murmura fue manipulado por el Primer Ministro Tony Blair
en contra de la favorita Paris.
Sin embargo, no se cree que los atentados
en Londres hayan sido producto del otorgamiento de la sede olímpica
de 2012, ya que los expertos dudan que un atentado de semejante magnitudes
–como todos los de Al Qaeda– haya podido ser fraguado y ultimado en 24
horas. Es más obvio que la “protesta” islámica era contra
el G-8, o grupo de países ricos del mundo. Por supuesto, siguiendo
el estilo habitual de estos asesinos, los atentados de Londres pueden serles
atribuidos al grupo extremista islámico, así no los “reivindicaran”
nunca, porque fueron emplazados a través de medios masivos de transporte
(aviones, trenes, omnibuses); porque los blancos fáciles, por supuesto,
fueron civiles inermes; y por la sevicia de escoger las “horas pico”, donde
la población civil –inmigrantes o no, pero pobres todos– corre
a buscar el sustento de cada día y se encuentra allí en masa,
servidos en bandeja para los guadañadores monstruosos de la muerte.
Sabemos que el odio extremista es
irracional y muestra la cobardía de los gobiernos por un lado y
de la insania terrorista por el otro. Tras la desaparición del mundo
bipolar, el llamado Nuevo Orden Mundial ha resultado ser el de un mercado
capitalista operando sin control alguno sobre un mundo globalizado, y defendido
por un imperio militar dispuesto a intervenir en cualquier sitio donde
dicha hegemonía sea cuestionada. De todas maneras siempre las víctimas
serán los silenciados corderos que ofrendan su sangre para que un
Alá de odios y un neoliberalismo sin asomo de corazón alguno
chapoteen en el charco de sangre del mundo. Si no, que lo digan las madres
de Irak, las viudas de Afganistán, los huérfanos de Colombia,
las niñas víctimas del "turismo sexual" de Cartagena de Indias
o de las Indias oceánicas –sexo oral por el equivalente a
un dólar–, y los millones de niños del mundo muertos de inanición.
Y, en lugar del clamor de justicia escuchado y subsanado, persiste el juego
armamentista y el sicariato universal. A las potencias habría que
pedirles cuenta de haber sembrado esos odios, pero ¿sí habrá
justificación para que las respuestas de terror sólo cobren
víctimas inocentes, corderos inmolados?
Coincido, entonces, con Letelier
al decir: “Nuestros enemigos no son las policías, ni los militares,
ni los aparatos judiciales; pues estos son un mero brazo inquisidor de
las oligarquías, que desde las sombras negocian las vidas de mareas
humanas y privilegiadas por los estatutos jurídicos que dictan
(leyes, constitución, etc.) someten y rigen los destinos de nuestras
vidas. Nuestros enemigos no son los lacayos, sino las oligarquías
que corrompen y dirigen los golpes de estados, masacres, bombardeos contra
la población civil en Nicaragua, en Irak, en Panamá, en Afganistán,
en Chile, Argentina, Turquía, Perú, Bolivia y contra cuanto
pueblo que se rebela y trabaja por la conquista de la justicia social.
Pese a la responsabilidad que cabe al estado de Inglaterra –responsable
de este bumerang terrorista al haber puesto a su pueblo en manos de una
guerra contra una nación a la que insiste en arrebatarle su riqueza
energética– el acto terrorista realizado en Londres, formando parte
del espectro militarista del capitalismo, es un crimen contra la humanidad
y lo condenamos tajantemente”.
8 de julio de 2005