José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
19 de octubre de 2005

“El portal de Alicia”, libro póstumo de

Roberto Estrada Navarro

José Luis Hereyra Collante
Cumpliendo con el amor fraterno y la solidaridad al semejante, Ricardo Vergara Chávez ha gestionado y logrado la publicación del libro póstumo de Roberto Estrada Navarro, entrañable amigo desaparecido absurdamente en plena producción poética y cuando aún le sonreía la vida. Las noticias de la muerte de Roberto aparecieron mezquinamente en los diarios, como si hubiera muerto un motociclista anónimo y no el poeta fino e importante a quien Sucre y el país le debían honores en el momento de su partida definitiva. Lo triste fue que el caso sólo fue reseñado como una fría estadística de los motociclista que mueren accidentados, por imprudencia propia o ajena. Pero al poeta se le debía un inmenso homenaje, inmenso como inmensos fueron el silencio, la finura personal, la chispeante mordacidad y la legendaria nobleza y bonhomía de Roberto, por lo que me ha sorprendido muy emocionadamente el lanzamiento de esta edición póstuma con tan excelsos y sinceros curadores.

A la quijotesca pero generosa y solidaria empresa de la publicación de este libro, "El portal de Alicia", por parte de Ricardo, se sumaron los aportes comprometidos con la belleza y la cultura del Instituto Nacional Simón Araújo, la Asociación de Educadores de Sucre –a quienes Roberto Estrada les entregó muchos años de su vida y la mayor parte de su ser– , el Fondo Mixto de Cultura de Sucre, la Fundación Verde & Blanco, y, en la edición de esta bella y significativa obra, la editorial que tanto ha entregado y construido a pulso por la cultura de Sucre, Multigráficas, con su director Silvio Severiche a la cabeza, y el arte sustantivo, atemporal y misterioso de nuestro gran artista Moisés Paternina en la creación de alta estética de la portada.

Sobre el libro en sí, prefiero dejar en manos de otros –aquellos que quizá posean más distancia afectiva con el autor tempranamente desaparecido para ejercer una aproximación crítica de verdad objetiva– la labor de ponderar las sutiles y refulgentes gemas en que hoy está constituido su legado. Quiero, sí, referirme a la soledad y abandono de los artistas –en especial de los poetas– por parte del poder económico del Estado y de los que manejan los destinos y las arcas de nuestra sociedad, como viene sucediendo también con casi todos nuestros creadores, en especial con dos de los más grandes escritores nuestros: el gran poeta, verdaderamente universal, Jorge Marel y el indomeñable poeta y gestor cultural Ricardo Vergara Chávez. Hombres de vasta cultura, de erudición inconmensurable, Ricardo y Jorge vienen sufriendo el ostracismo laboral más aberrante porque no poseen "títulos" que los acrediten como "licenciados" para poder enseñar español y literatura siquiera en una escuela primaria o en un colegio de bachillerato o en una facultad de educación de las tan modestas universidades sucreñas. Sé que a Roberto le sería profundamente grato en la vastísima eternidad saber o contemplar que su muerte haya servido para llamar la atención sobre sus compañeros aún vivos, que padecen la angustia del infructuoso pan de cada día sin la legalidad de un amparo laboral en lo que es el escenario natural del conocimiento superior de los creadores aplicado a la vida, a la sociedad a la que pertenecemos y a las generaciones que ya constituyen el porvenir: la educación, en cualesquiera los ámbitos o niveles adonde llegaría mejor un trabajador de la palabra, un oficiador genuino del verbo, que tantos que están allí sólo por haberse pegado a un salario y a una pensión de vejez muchas veces más por sobaquería politiquera que por idoneidad alguna. Que estas palabras puedan tocar la indiferencia de muchos que pueden ayudarlos, como Cecar o la Universidad de Sucre, donde hay personas con potestad para nominarlos a un Honoris Causa o para invitarlos a terminar sus estudios y "titularse" para lo laboral legalista, así sea con homologaciones, con bendiciones o con lo que sea, pero que extrañamente han guardado un silencio cicatero, en lugar de tenderles la mano sin que tengan que, como siempre, pedirles el favor. Las instituciones superiores demostrarían inteligencia si encarnaran los procesos de crecimiento de su región y su posteridad. Y el amparar académicamente a sus grandes creadores es uno de los fundamentales.

14 de octubre de 2005

José Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com

 
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