José Luis Hereyra Collante José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
26 de febrero de 2006

Del libro "Casa de luz"

Poemas

José Luis Hereyra Collante

Casa de luz

Sé que estaremos juntos otra vez.

Que sí tendremos una casa con jardín,
con patio, con fuente
y el murmullo del agua
al rodar entre las piedras.

Un cielo azul lleno de pájaros sueltos,
revoloteando en tus ojos de miel.

Sé que tendremos otra vez las noches
para hablar y abrazarte.

Pero esta vez ya no me iré
a ninguna parte sin ti.

Sé que volveremos a salir abrazados
y cruzaremos todas las calles
que nos falta cruzar, de la mano,
como cuando comenzamos.

Sé que otra vez veremos a la niña
despertar a nuestro lado
y la cubriremos de besos.

Y tendremos más domingos, por fin,
muchos días de mar y de pescado,
de lagos y nieves y montañas.

Y muchos viajes juntos dormitando
los tres, el uno contra el otro.

Yo entendí para siempre que nadie
me interesa sino tú en este mundo.

Que son tus manos las manos adoradas
y son tus pies los pies que beso.

Que es tu voz el sonido de luz
que me hace temblar con solo oírte
y me hace llorar
desde cuando estamos lejos.

Sé que no te arrepentirás nunca
de que volvamos a estar juntos.

Desde que estamos separados
a ti también se te nota un aire
de tristeza.

El aire de luto, de desgracia,
que he cargado yo
desde que no estoy contigo.

Por eso piensa en esa casa de luz
que tanto necesitamos los tres.

Y no dudes más de mí.

Que el tiempo de muerte
que nos ha tocado vivir
habla bien claro de mis sentimientos,
inderruíbles ante el tiempo y el dolor.

De este amor que está más allá
del bien y del mal y de la muerte.

Pero que es el bien para los tres:
tú, la niña y yo.


Circos de muerte

Ahora, al final de las vueltas
del alucinante circo,
cumplido el carrusel y el vértigo
de la montaña rusa también,
salgo del complejo parque de diversiones.

Pero al llegar a la calle,
frente al ruido de los autos ajenos a mí,
frente a tantas ventanas que se iluminan
al llegar la noche
y puertas que no están tranquilas
si no ha llegado su alguien,
no sé adónde ir.

Nadie me espera
en ningún lugar del mundo.

A veces, cuando he pensado
en desaparecerme
veo que no tiene sentido:
que no hay necesidad
de querer irse aquel quien para muchos
ya no existe.

Yo, quien fui cliente de todas las urgencias,
hoy no tengo prisa.

Y con mi ser
palpo el desfile de seres que se suceden
en mi corazón temblante.

Estoy tan lejos del riesgo
porque mi corazón siguió derecho
después de la muerte.
Y, además, porque lo que llaman “vida”
nunca ha sido suficiente
para convencerme.

No creo en la grandeza que nace
del no desear nada.

Porque llegar a no sentir
es haber negado hasta la luz
y el calor y el aire
donde siempre se ha guardado
el fuego.

Porque, ¿para qué vivir sin estaciones,
sin el verano que nos hace
palpar la fruta jugosa,
que nos hace de la fluyente sangre
un altar sucesivo
donde oficiar aún lo que no nos pueden
sostener como promesa?

Promesa alada, parte más de los sueños
que de lo que podemos retener.

Ahora, cuando las luces titilan
no sólo en el cielo
de los poetas muertos,
tengo la noche por delante
derramándose en el resto de mi vida.

Me extraña que yo, quien tanto buscó,
no corra ahora detrás de nada.

Ni me angustie frente a los espejismos
que alguna vez asolaron mi voluntad
e hicieron de mi, claro que otro buey.

El problema no es sino del toro,
sin bravura suficiente
para librarse de los circos de muerte.


Canción de la lluvia
Nocturna

La fina lluvia barre el techo
y no se decide a caer
de una vez por todas.

Lejos está mi hogar.
Lejos está mi techo.

Pero la noche es un ritual
de uno de los dos rostros
del Universo.

Está del otro lado del mundo el sol
que ahora a otros ilumina.
Sobre mi corazón el silencio.
Y la tiniebla.

Y no acierto a saber si quiero seguir vivo
o si empujaría un poco las sombras
hacia el descanso eterno.

¡Que falta me hacen María Teresa,
con su carita de koala,

Almita con su voz recién nacida
cada vez que habla
y Orianita con su decisión
de ganadora sentada en la ternura!

Truena, y es entonces cuando cae la lluvia.
Pero hasta los truenos se han ido quedando
muy solos.

Rasga la noche uno que otro relámpago.
Ya muy lejos.
Yo me he levantado a escribir
sobre la lluvia fugitiva.

Sé que nunca la lluvia
ha lamido la noche para destruir,
pero éste es un país lleno de sangre.

Y no es suficiente la lluvia
para lavar la muerte.

Entre nosotros el pan de cada día
y el café caliente persisten
aún a pesar de la sangre derramada.

Truena a lo lejos.

Yo amo la lluvia.
Y el silencio.
Y llueve.


Santa Marta

A Luis Fernando Patín García

De niño veníamos
con mi madre a lo de la Virgen,
patrona de Santa Marta.

Era una fe que viajaba
con su hijo a bendecir,
a tocar los mantos
de yeso de la escultura
en azul y estrellas.

A pedirle mi madre
a la Virgen
lo que nunca se ha cumplido:
que su hijo estuviera fuera
de los peligros.

Porque ya por su hogar,
por su esposo, mi padre,
Teresa, mi madre, no rogaba.

Si acaso entrábamos
al azul de la bahía.

Las conversaciones
volvían sobre Bolívar
–su muerte solitaria y heroica
por lo tísica y traicionada–
por la proximidad de la Quinta
de San Pedro Alejandrino.

Mi madre nunca habló mucho
de los años de hambre
en Ciénaga y Puebloviejo.

Donde se le cerró el estomago
para siempre, acortando,
además de sus años,
permanentemente la fuerza
de su alegría y su esperanza.

Cada vez que vuelvo a ver
un suelo de mar pobre,
con sus chuvas boca arriba vacías,
adobadas por un podrido olor de sal
y restos de pescados putrefactos,
la imagino subiendo desde el abandono
de esas playas,
donde el salitre también se come el alma,
a estudiar en una ciudad
–ahora cercana, pero entonces tan remota–
donde encontró flores,
silencio, libros y cariño.

Su ferocidad de a veces
hay que entender que era un miedo ancestral
de quien no quiere volver a contar conchas de mar
en una playa interminable,
siempre marcada en su ser
con progresiones inevitables
de olvido.

Hemingway, Azorín, Balzac,
la geometría de Euclides,
El Tesoro de la Juventud,
Las Confesiones de San Agustín,
y los boletines mensuales
de la Academia Colombiana de la Lengua
me apuntalan su recuerdo
a diario doblaba sobre el escritorio
donde corregía exámenes de sus alumnas,
mientras me obligaba, angustiada,
a leer a Jonathan Swift
y a James Fenimore Cooper.

Escribo estas palabras aquí en Santa Marta,
donde el recuerdo de mi madre
es más fuerte que el de los “vivos”,
que hoy hablan de cultura
mientras se disputan un puesto
con el político padrino
o traidor.

La bahía, sus aguas,
han cambiado para mal,
por un derramen diario e imperceptible
de pequeños Exxon-Valdéz
que ya no dejan a nadie
de verdad querer bañarse
en las aguas que fueron azules
en aquellos años en la bahía
cuando mi madre venía más
a tocar el manto de la Virgen,
a pedirle que yo sirviera para algo.


Urna de un día,
estepa de tiempo

La sierpe, el mal antiguo
fustiga la paz de los amantes.

Sin sujeción, la memoria
devuelve una marea de detritus.

Revive lacerante escenas del pasado,
en carne viva tiene el alma
que parece sana al mirarla.

El mal se pasea por los sueños.
Tan dolorosamente que parece permanecer
ante la luz del día.

Borra las horas.
Instala su propio tiempo
que es a todas horas.
Y tiende a la penumbra.

La estatua de sal, la que fue mujer
gime ciega desde el interminable desierto.

Sé que en sus ojos de arena
está la ciudad vivida.

El perro que no tuvieron.
La alberca donde los voraces peces
sellaban en su ser las larvas de aedes aegypti
para impedirles interceptar nuestra sangre.

Las hamacas que tímidamente
fueron escasos escenarios de amor.

Las sucesivas fotografías
nacidas para morir.

No se sabe qué tiempo prima.
No hay sucessión, no hay porvenir
en sus más instantes.

Las ausencias son mutuas caricias
hondas, pero al volver sus cuerpos
se maravillan en urna de un día.

No parece el sortilegio durar más
frente a los desgarramientos
que constituyen extensas estepas
del tiempo.

Creo que ya está instituida
esa proporción fluyente:
un instante de aroma tan intenso
que acaso sea el pago, el único equilibrio
de éxodos interminables.

O quizá su instantáneo manantial
de donde siempre
nacen los largos destinos
de los ríos.

Porque de nuestros destinos
es posible que en su razón sean pasos
que sigan en el universo
alguna vez ya sin detención.

Que ya no se haga vivo el aroma
en nosotros algún día.
Que tengamos que sustituirlo
por la conjunción
de nuestros recuerdos
fluyendo en la imaginación serena
de nuestro único horizonte.


Ritual de los náufragos
ciegos

Deberíamos volver al ritual
de lo ajustado,
en el casar lo vivo con lo vivo suyo
que de tan cercano al absoluto
logren ser uno
en una emoción donde los ojos vean
desde su verdadera simiente
ajena a la luz, a las optometrías de la nada.

En un lugar de lo humano
sólo sostenido, al igual que el aire
densa su equilibrio con respecto
a sus cimientos ascendientes,
desde el palpitar mineral
hasta las organizaciones de sangre
y mugidos de miedo y temblor
cercanos a la inminencia del perder,
en ese misterio donde se revela
algo más profundo
que niega la necesidad de los sentidos,
en ese territorio
vuelves siempre.

De ti me han sido llenantes centellas a mi ser
tus siempre presentes presencias.

Hoy, una imagen de tu piel
o de tus nobles e incondicionales ojos claros.

Otra vez acaso un ahogo doloroso
en mis más oscura penumbra.

En otras es tu voz quien lame ronca
los bordes de mi angustioso sueño.

O puedo también sentirte
sin ningún apoyo en el recuerdo.

Va rodando el llamado “tiempo”
contado por los órdenes humanos.

Y no sé si algún día podré mirar
dentro de tí
como en un doloroso naufragio infinito
que no entregue playas de alivio
para amainar la condena del agua
al invadir pesada nuestra luz de aire,
sino una inagotable, creciente frontera
que no nos revele nunca
si hemos sido bendecidos
con la prórroga de la vida
en el abismal universo del sueño
donde seamos siempre todo instante
del resbalar mutuo de las luces y las sombras.

De tanto tantear los aires
que hemos prendido en los recuerdos
sé que es posible que nos estemos
acercando.

No herir a nadie o no permitir que se represente
un escenario de innaturales tragedias
es nuestro silencioso acercamiento.

Se hunde la mecedora
en el aire que acaricia y cede
a tus espaldas.

Y tu calor fluye desde tus cabellos
por entre tus labios,
rosado a muy rojo rostro final de tu vientre.

Y vuelves a sentirme sufrir
como náufragos ciegos.


Memoria y anhelo de sus
formas en la luz

Desde esa mañana iluminada por el sol
que le dibujó las formas
supe de su soledad llamadora de mi ser.

Supe que después de su vida vivida usted sigue viva.

Y hay hebras de su cabello brillante y oscuro
que despiertan a este ser
como si estuviera dormida a mi lado
usted, roce de los amaneceres.
Hebras que enhebran con dulzura resignada,
desde ese día de sol,
a través del aire de esa mañana
a un hombre
que usted sabe bien que la mira y la siente
dibujando demasiado vivas
cercanías aún desde hondas lejanías.

Sólo con estar cerca a su abertura de calor
olvido el resto del universo
entre sus muslos renacidos,
al mirarla dentro de su arbusto negro
que abre su húmeda canción enrojecida.

Oh canción de fuego negada por los órdenes fríos
de los normales, los eternos decentes asesinos.

Los que nunca han mirado ni vivido ni hecho nacer unos ojos.
Pero vacían ojos a diario y secan mirares.
Mujer verdadera, completa y cumplida
el día negado hasta ahora cuando el cielo nos una en secreto.
Y me otorgue el placer de sondearle su vientre
negramente salvaje, iluminado por lunares
que me dibujan hacia su temblante y verdadero corazón.
Y sienta que me incrusto de muerte en usted,
encallando en los quebrados corales de su alma.

Sé que en sus carnes plenas,
intensas como las uvas maduras
enterraré mi báculo solo y auscultante
y al despertarle a usted sus hondos manantiales
me embriagaré de su olor
ungiéndome en sus ungüentos sagrados
como un ciervo ciego conducido por su aroma,
señora hermosa,
primavera que debe florecer para que no primen
más inviernos en invierno
sobre un lecho de hojas secas y barro subyacente de arroyo olvidado,
o en el húmedo callejón de las casas del trópico atardeciente.

Sé que usted, hermosa, nunca ha recibido,
junto con su vientre antes cargado irremediablemente,
la paz de una caricia sobre su suave cabello.

Más sin haberla tenido
siento la suave luna de selva inflamada en usted,
no lamida ni bebida nunca
a pesar del pasado de su vientre utilizado.

Dígame si es verdad que los años existen,
si el tiempo es registrable cuando llegamos a sentir.

No es mejor al descubrir
nuestro mutuo y revelado milagro
que usted entrecierre sus ojos
en la hora que oro al infinito sea cumplida
para que mi ser, preciosa señora, le llore
por dentro un temblante silencio
bajo el grito de su selva abierta y empapada.

Apostemos a vivir y a ser felices
ya que ni usted ha sido feliz ni yo lo he sido.

Bebamos un vino que moje el pan abierto
a ver cuántos se mueren mirando de soslayo.

Resucitemos desde el pan y el vino ofrendados
un día de trigales en flor y vendimias propagantes.

Pero cuán hermosa me parece usted señora,
ahora que por primera vez la nombro
con palabras necesitadas de usted,
sólo de usted, créalo, palabras
de rumor de acequia abierta por las manos
llenas de afilado hierro y el sudor oxidante.

No sé cuántas mañanas nos quedan
frente al fluyente infinito.

Qué nos importa el último instante
celebrado y sepultado en flores
por los que ya están muertos.

Sólo sé que a su caliente ser lo necesito.

Y que se cumplirá esta comunión de luz
aun entre las celebraciones de los muertos
oficiadas muchas veces entre los capullos.

Mire hacia el oscuro cielo de las noches
y reconocerá que ese abismo oscuro
no otorga esperanza alguna
para nuestros cuerpos destruibles.

Pero yo acaricio con luz sus hondas penumbras.
E ilumino la oscura tierra al esperarla.

25 de enero de 2006

José Luis Hereyra Collante

Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
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